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La verdad sobre el caso del señor Valdemar
[Cuento. Texto completo]
Edgar Allan Poe
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miércoles, 7 de septiembre de 2016
LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR, Poe
Etiquetas:
LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR,
Poe
lunes, 5 de septiembre de 2016
LA ORACIÓN SIMPLE II
ESTRUCTURA ORACIONAL - Oración
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La
oración es una unidad de sentido con entonación propia. Su
límite es el punto .[Las luces se encienden.]
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.
ORACIÓN SIMPLE
* con verbos impersonales
Unimembre *acompañadas de
pronombre se : [Sé feliz.]OU
Expreso (explícito)
Tácito (omitido)
Oración: Sujeto Simple (un
solo núcleo)
Compuesto (dos o más núcleos)
Bimembre Predicado verbal
No verbal (la coma reemplaza al
verbo)
Predicado Simple (sólo
un verbo)
Compuesto (varios verbos)
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ESTRUCTURA DEL SUJETO: Construcción
formada por un sustantivo que suele ir acompañado de
subordinados, es decir, de otros elementos
que dependen de él. Estos subordinados pueden ser:
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-Modificador
directo:
adjetivo conectado a su núcleo sin preposición. ―Los sueños premonitorios.”
-Modificador indirecto: sustantivo
conectado a su núcleo por medio de una preposición.
“El debate de los diputados se
prolongó.”
-Aposición: sustantivo
en relación de equivalencia con su núcleo. Si se invierte el orden, la
aposición se convierte en el núcleo del sujeto, y éste en aposición.
“El rubí, una piedra
preciosa, fue robada.‖
-Construcción
comparativa: sustantivo conectado a su núcleo por el
subordinante comparativo “como”.
“Personalidades como aquellas
son inolvidables.”
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ESTRUCTURA DEL PREDICADO verbal: Construcción
que lleva como núcleo un verbo.
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Objeto
directo. Es un sustantivo o construcción sustantiva; cuando se
trata de personas o cosa personificada
está encabezado por ―a. Se transforma en sujeto de la voz pasiva:
El padre exigió una explicación.
O.D.
La explicación fue exigida por el padre.
S.
C. Ag.
Se sustituye por las formas pronominales lo, los, la las.
Complemento
agente:
complemento encabezado por la preposición ―por.
Se transforma en sujeto de la Voz
Activa.
Objeto
Indirecto: complemento encabezado por la preposición ―a o ―para.
Se sustituye por las formas pronominales
―le―les.
Pidió el informe a los
empleados.
Les pidió el informe.
Circunstanciales: complemento o adverbio. Se
clasifica semánticamente:
de
lugar: ¿dónde?
de
tiempo: ¿cuándo?
de
modo: ¿cómo?
de
cantidad: ¿cuánto?
de
causa: ¿por qué?
de
tema: ¿de qué?
de
instrumento: ¿de qué?
de
compañía: ¿con quién?
de
fin: ¿para qué?
de
duda
de
negación
de
afirmación.
Predicativo:
modifica dos núcleos al mismo tiempo: núcleo del sujeto, núcleo del predicado.
Por esta razón concuerda en género y número con el núcleo del sujeto. Esta función es cumplida por sustantivos y adjetivos.
Su hermano es un piloto experimentado.
LA ORACIÓN SIMPLE I
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La oración. Oración bimembre y unimembre. Sujeto
y predicado.
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Cuando nos comunicamos, no lo hacemos con palabras sueltas. . Tejemos
esas palabras, las conectamos entre sí, para armar unidades de sentido que son
las que nos permiten comunicarnos. Estas unidades de sentido se llaman oraciones. Aunque
a veces, una sola palabra puede formar una oración, porque tiene sentido en el
contexto en que la estamos empleando.
-Profe, ¿podría pasar la prueba para la semana que viene?
–No.
Como verás, la primera oración es un grupo de palabras que se relacionan
entre sí produciendo un mensaje con significado. Y la segunda oración está
formada por una sola palabra y... también tiene significado
En el habla, la oración se identifica porque tiene una entonación
propia, es decir que el tono de la voz asciende al comienzo de la
misma, se sostiene y presenta un descenso al final (podés comprobar ese
descenso diciendo dos oraciones seguidas en este mismo momento). Por lo tanto,
vos interpretás perfectamente cada unidad de sentido u oración. Los tonos
pueden ser enunciativos (de afirmación/negación), de interrogación, de
exclamación, de duda, de orden. En la escritura no hay
tonos, por lo tanto el comienzo de la oración se indica con una mayúscula, y el
final se debe representar con un punto, para indicar que la oración
finalizó (vos colocás mayúsculas y puntos cuando escribís
Redondeá la respuesta correcta
de Verdadero o Falso, y prepárate para justificar oralmente en clase tu
elección:
En el habla, las oraciones se distinquen por tener una entonación
propia. V F
No nos comunicamos con palabras sueltas. V F
Las oraciones son unidades de sentido. V F
Una sola palabra no puede formar una oración. V F
Cuando se habla, no hay modo de distinguir una oración de otra. V
F
Cuando se escribe, es posible distinguir una oración de otra. V F
Las oraciones, en la escritura, comienzan a veces con mayúscula. V
F
Vos siempre colocás mayúsculas a comienzo de cada oración escrita.
V F
Cuando escribís, vos siempre colocás un punto al final de cada oración.
V F
Oración bimembre y unimembre.
El dulce aroma,
¿de qué flores vendrá?
Bosque estival.
Taigui
¿de qué flores vendrá?
Bosque estival.
El brevísimo poema que acabás de leer es un haiku.
. ¿Cuántas oraciones lo componen? (recordá las características de la
oración):_________
En la primera oración podemos observar que se habla de “El dulce aroma” y se dice algo sobre él: “¿de qué flores vendrá?”
En la primera oración podemos observar que se habla de “El dulce aroma” y se dice algo sobre él: “¿de qué flores vendrá?”
Observá el verbo vendrá: se refiere a el
dulce aroma, ya que concuerda con el sustantivo aroma (que
es el núcleo, es decir, la palabra más importante del sujeto) enpersona (tercera)
y número (singular).
Cuando en una oración se habla de algo, podemos decir que ese es
el sujeto de la misma; pero sólo habrá sujeto, siempre y
cuando se predique (se diga) algo sobre él. Lo que se dice sobre el sujeto se
llama predicado. En este caso la oración es bimembre (tiene
dos partes: sujeto y predicado.)
En la segunda oración, Bosque estival, no se dice, no se predica nada sobre el mismo. Por ese motivo, NO es sujeto, porque no tiene predicado. La oración, en este caso, es unimembre (no tiene ni sujeto ni predicado).
Sujeto tácito
Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.
Jorge Luis Borges
¿De qué se habla en la primera oración? __________________________
¿Qué se predica?____________________________
Delimitá el sujeto y el predicado en la primera oración.
En la segunda oración, se sigue hablando de los almendros de tu huerto. Y se predica de ellos que Son tu recuerdo. Pero no se los menciona, porque no es necesario. Es obvio que se habla de ellos. Por lo tanto, en la segunda oración el sujeto queda tácito, es decir, queda sobreentendido. Si se lo volviera a mencionar, el discurso se tornaría redundante.
Pero la economía del lenguaje en nuestro idioma nos permite saber cuál
es el sujeto de una oración en ciertas circunstancias en la que no es necesario
repetirlo, a través del verbo: observá que está en tercera persona
(porque habla de ellos, de los almendros) y en plural (no es un
almendro, son varios).
Hoy no me alegran /los almendros del huerto. Oración bimembre
predicado sujeto expreso
Son tu recuerdo. ( sujeto tácito: los almendros del huerto ) Oración bimembre
predicado
Es un error indicar expresar un sujeto tácito con un pronombre (él, ella, ellos, etc.) Como hemos visto, el sujeto tácito debe reponerse con todo su significado (como en el caso de los almendros del huerto ) y por ese motivo, porque ya se lo ha mencionado, no es necesario expresarlo.
La oración que tiene sujeto tácito es bimembre, porque tiene dos partes, sujeto y predicado, lo que ocurre es que el sujeto no está mencionado pero está sobreentendido, es decir, tácito.
Conocer cuál es el sujeto de una oración es muy importante, porque es la manera de saber de qué se habla. En oraciones breves es simple, pero te habrá pasado que a veces, en textos extensos, te “perdés”... eso puede deberse a que lo que has perdido es el sujeto, ya que este, al ser tácito, ha quedado sobreentendido para el emisor del texto, pero a vos te ha costado reponerlo. Pues con volver atrás y localizarlo... suficiente ¡Ya sabés de qué se está hablando!
Veamos un ejemplo: en el texto que sigue, hemos destacado los
sujetos con letra cursiva y negrita. Separá las oraciones con corchetes,
subrayá los predicados y clasificá las oraciones como bimembres o unimembres.
Si encontrás algún sujeto tácito, indicá cuál es como lo hemos aprendido.
Durante el Neolítico, las periódicas crecientes de los ríos dieron a los hombres primitivos la idea de la agricultura. De esta manera, la siembra y la espera del fruto convirtieron al hombre nómada, dedicado a la pesca y a la caza, en sedentario.
Y con el almacenamiento de las cosechas y sobrantes de los frutos de las tierras, el hombre encontró en su vida muchos ratos de ocio. No necesitó emplear la actividad de todos los días en la búsqueda del alimento y entonces pudo ocupar sus numerosas horas libres dedicándose a trabajos placenteros. ( En Historia antigua y medieval, ed. Stella, 1966 )
Durante el Neolítico, las periódicas crecientes de los ríos dieron a los hombres primitivos la idea de la agricultura. De esta manera, la siembra y la espera del fruto convirtieron al hombre nómada, dedicado a la pesca y a la caza, en sedentario.
Y con el almacenamiento de las cosechas y sobrantes de los frutos de las tierras, el hombre encontró en su vida muchos ratos de ocio. No necesitó emplear la actividad de todos los días en la búsqueda del alimento y entonces pudo ocupar sus numerosas horas libres dedicándose a trabajos placenteros. ( En Historia antigua y medieval, ed. Stella, 1966 )
Uní según corresponda:
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Ahora resolvé solo el siguiente cuestionario:
Un aguacero.
Se toman de las ramas
los gorriones.
Buzon
Se toman de las ramas
los gorriones.
¿Cuántas oraciones tiene este haiku?
_____________________________
¿De qué se habla en la primera?____________________
¿Se predica algo sobre aquello de lo que se habla? __________________
¿Qué nombre recibe entonces la oración?_______________________
¿Por qué?_______________________
¿De qué se habla en la segunda?___________________
¿Se predica algo sobre aquello de lo que se habla? __________________
¿Cuál es el verbo en ese predicado?_________________________
¿Con qué sustantivo concuerda en persona y número?___________________
¿Qué nombre recibe entonces la oración?_______________________
¿Por qué?_______________________
¿Se predica algo sobre aquello de lo que se habla? __________________
¿Qué nombre recibe entonces la oración?_______________________
¿Por qué?_______________________
¿De qué se habla en la segunda?___________________
¿Se predica algo sobre aquello de lo que se habla? __________________
¿Cuál es el verbo en ese predicado?_________________________
¿Con qué sustantivo concuerda en persona y número?___________________
¿Qué nombre recibe entonces la oración?_______________________
¿Por qué?_______________________
lunes, 15 de agosto de 2016
EJERCITACIÓN INTEGRADORA
TEMAS PARA EL TRIMESTRAL
La literatura
fantástica. Características. DefinIción. Variantes del fantástico: el gótico, el
relato de terror, el relato extraño. Tipos de narrador. Uso del diálogo: ED y
EI.
Clases de
palabras
EJERCITACIÓN INTERGRADORA 1° ECO
Film “Los otros”. A. Amenábar.
1. Leer “El gótico en la literatura” , pág 88 del
cuadernillo.
¿Qué rasgos
de este género observaste en la película “Los otros “ de A. Amenábar? Dar
ejemplos .
2. Leer “El relato de terror” de la pág. 82. Del cuadernillo.
¿ Qué
recursos se emplean en la película para transmitir terror?
3. Leer la definición de fantástico que aparece en la pág.
73 .
a) Enumerar las características que en esa
definición se proponen.
b) ¿En qué
partes de la película se presentan esas características?
4. Leer la clasificación de tipos de fantástico que
aparecen en la pág. 63.
A )¿Por qué
la película no podría incluirse dentro de la variante de “relato extraño”?
jueves, 26 de mayo de 2016
LA FIESTA AJENA, Liliana Heker
Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la
tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre.
¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas
las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la
chica: era por el cumpleaños.
—No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
—Los ricos también se van al cielo—dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
—Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pausa—. Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
—Callate —gritó—. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
—Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
—¿Monos en un cumpleaños? —dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
—Si no voy me muero —murmuró, casi sin mover los labios.
Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
—Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
—Está en la cocina —le susurró en la oreja—. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
—¿Y vos quién sos?
—Soy amiga de Luciana —dijo Rosaura.
—No —dijo la del moño—, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
—Y a mí qué me importa —dijo Rosaura—, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
—¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? —dijo la del moño, con una risita.
— Yo y Luciana hacemos los deberes juntas —dijo Rosaura, muy seria.
La del moño se encogió de hombros.
—Eso no es ser amiga —dijo—. ¿Vas al colegio con ella?
—No.
—¿Y entonces de dónde la conocés? —dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
—Soy la hija de la empleada —dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
—Qué empleada—dijo la del moño—. ¿Vende cosas en una tienda?
—No —dijo Rosaura con rabia—, mi mamá no vende nada, para que sepas.
—¿Y entonces cómo es empleada? —dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
—Viste —le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
—¿Al chico? —gritaron todos.
—¡Al mono! —gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
—No hay que ser tan timorato, compañero —le dijo el mago al gordito.
—¿Qué es timorato? —dijo el gordito.
El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
—Cagón —dijo—. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
—A ver, la de los ojos de mora —dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
—Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
—Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "muchas gracias, señorita condesa".
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
—Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".
Ahí la madre pareció preocupada.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Rosaura.
—Y qué va a pasar —le dijo Rosaura—. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo: —Yo fui la mejor de la fiesta.
Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa.
Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
—Qué hija que se mandó, Herminia. Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento.
Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes. —Esto te lo ganaste en buena ley—dijo, extendiendo la mano—. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.
.
LILIANA HEKER
—No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos.
—Los ricos también se van al cielo—dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
—Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
—Yo voy a ir porque estoy invitada —dijo—. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
—Ah, sí, tu amiga —dijo la madre. Hizo una pausa—. Oíme, Rosaura —dijo por fin—, ésa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
—Callate —gritó—. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
—Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo.
La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
—¿Monos en un cumpleaños? —dijo—. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
—Si no voy me muero —murmuró, casi sin mover los labios.
Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
—Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
—Está en la cocina —le susurró en la oreja—. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: "¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
—¿Y vos quién sos?
—Soy amiga de Luciana —dijo Rosaura.
—No —dijo la del moño—, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
—Y a mí qué me importa —dijo Rosaura—, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
—¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? —dijo la del moño, con una risita.
— Yo y Luciana hacemos los deberes juntas —dijo Rosaura, muy seria.
La del moño se encogió de hombros.
—Eso no es ser amiga —dijo—. ¿Vas al colegio con ella?
—No.
—¿Y entonces de dónde la conocés? —dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
—Soy la hija de la empleada —dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
—Qué empleada—dijo la del moño—. ¿Vende cosas en una tienda?
—No —dijo Rosaura con rabia—, mi mamá no vende nada, para que sepas.
—¿Y entonces cómo es empleada? —dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
—Viste —le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí". Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
—¿Al chico? —gritaron todos.
—¡Al mono! —gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
—No hay que ser tan timorato, compañero —le dijo el mago al gordito.
—¿Qué es timorato? —dijo el gordito.
El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
—Cagón —dijo—. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
—A ver, la de los ojos de mora —dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
—Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
—Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: "muchas gracias, señorita condesa".
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
—Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito".
Ahí la madre pareció preocupada.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Rosaura.
—Y qué va a pasar —le dijo Rosaura—. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo: —Yo fui la mejor de la fiesta.
Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa.
Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
—Qué hija que se mandó, Herminia. Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento.
Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes. —Esto te lo ganaste en buena ley—dijo, extendiendo la mano—. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.
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LILIANA HEKER
Liliana Heker, cuentista y novelista, nació en Buenos Aires en 1943. Fue directora de dos revistas literarias de incuestionable trascendencia: El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. En ellas sostuvo polémicas, publicó ensayos y críticas y participó de los encendidos debates ideológicos y culturales de los últimos veinticinco años. Empezó a escribir desde muy joven. "El poema es pésimo, pero por la carta se nota que sos una escritora", le había dicho Abelardo Castillo al leer los escritos que Heker le había hecho llegar cuando tenía 17 años. Fue entonces cuando Liliana Heker entró a trabajar en la revista literaria El grillo de papel. Unos años después la publicación de Los que vieron la zarza (1966) la consagraría, precoz y definitivamente, como una de las grandes narradoras argentinas contemporáneas. Sus cuentos completos han sido traducidos al inglés y muchos de sus relatos se han publicado también en Alemania, Rusia, Turquía, Holanda, Canadá y Polonia. Ha reunido todos sus cuentos en el volumen Los bordes de lo real (1991). Su última novela, El fin de la historia (1996), una desgarradora historia ambientada en los violentos años '70, fue un suceso literario y cultural, desatando por igual la admiración y la polémica.
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