ANTOLOGÍA
FELICIDAD
Él le propuso matrimonio//Ella no
aceptó//Y fueron felices.
Hugo Salas
Metacuento
El escritor,
frente a una hoja en blanco, buscó en su memoria aquella idea que por la mañana
lo había estremecido, la misma que le hizo enchinar la piel. Este será un
cuento perfecto, pensó, tiene que ser meta literatura, no puede ser de otra
manera.
Entonces escribió:
“Decidí matarlo. Lo hice con una daga. Lo tomé por la espalda y enterré el filo
en la suavidad de su carne. Perforé su pulmón y cayó casi tan lento como su
propia sangre que escurría a cuenta gotas desde las costillas hasta la parte
más baja de su espina dorsal. Ni siquiera notó el sueño que le provocaba el
vacío”. Apenas terminó de apuntar, sintió un dolor agudo en su espalda. El
sangrado era ya muy avanzado y la respiración se le hizo dificultosa. Murió a
los pocos segundos de dejarse caer. Ni siquiera le dio tiempo de sacar la pluma
que, de manera dolorosa, quedó encajada en su pulmón.
Gustavo Gamboa
El flautista de Hamelin
Como no quisieron
pagarle sus servicios, el flautista, furioso, decidió vengarse raptando a los
niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas
montañas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamás
volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más
poderoso. Optó, entonces, por prender el aparato televisor: los niños
encantados lo siguieron hacia su perdición.
René Avilés
Fabila
Otra vez “El cuervo y el zorro”
El cuervo subido a
un árbol, estaba, no con un queso según dice la fábula clásica, sí con un
sangriento pedazo de carne en el corvo pico. Llegó el zorro. El olor le hizo
levantar la cabeza, vio al cuervo banqueteándose y rompió a hablar:
-¡Oh, hermoso
cuervo! ¡Qué plumaje el tuyo! ¡Qué lustre! ¿No cantas, cuervo? ¡Si tu voz es
tan bella como tu reluciente plumaje, serás el más magnífico de los pájaros!
¡Canta, hermoso cuervo!
El cuervo se
apresuró a tragar la carne y dijo al zorro:
- He leído a La
Fontaine.
Álvaro Yunque
Más vale pájaro en mano que cien volando
Eso le enseñaron.
Lo mamó desde la cuna. Lo oyó desde sus primeros pininos. Se hizo carne en él.
Entonces dejó volar los noventa y nueve pájaros y apretó fuerte, bien fuerte,
el que tenía en la mano. El pájaro murió asfixiado.
Isidoro
Blaisten
Cenicienta III
Advertidas por sus
lecturas, las hermanastras de Cenicienta logran modificar, mediante costosas
intervenciones, el tamaño de sus pies, mucho antes de asistir al famoso baile.
Habiendo tres mujeres a las que le calza el zapatito de cristal, el príncipe
opta por desposar a la que ofrece más dote. La nueva princesa contrata escribas
que consignan la historia con su dictado.
Ana María
Shua
Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco
Estabas a ras de
tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.
Gabriel García
Márquez
El pozo
Mi hermano Alberto cayó al pozo
cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares
que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy
sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.
En el caldero descubrió una pequeña
botella con un papel en el interior.
"Este es un mundo como otro
cualquiera", decía el mensaje.
Luis Mateo Díez
El nunca correspondido amor de los fuertes
por los débiles
Hasta el fin de
sus días Perseo vivió en la creencia de que era un héroe porque había matado a
la Gorgona, a aquella mujer terrible cuya mirada, si se cruzaba con la de un
mortal, convertía a éste en una estatua de piedra. Pobre tonto. Lo que ocurrió
fue que Medusa, en cuanto lo vio de lejos, se enamoró de él. Nunca le había
sucedido antes. Todos los que, atraídos por su belleza, se habían acercado y la
habían mirado en los ojos, quedaron petrificados. Pero ahora Medusa, enamorada
a su vez, decidió salvar a Perseo de la petrificación. Lo quería vivo, ardiente
y frágil, aún al precio de no poder mirarlo. Bajó, pues, los párpados. Funesto
error el de esta Gorgona de ojos cerrados: Perseo se aproximará y le cortará la
cabeza.
Marco
Denevi
EL MIEDO
Una mañana, nos
regalaron un conejo de indias.
Llegó a casa
enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula.
Volví a casa al
anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los
barrotes, temblando del susto de la libertad.
Eduardo Galeano
LA CITA DE SU VIDA
El lunes sueña con
la cita. El martes se entusiasma pensando que se acerca. El miércoles comienza
el nerviosismo. El jueves es todo preparativos, revisa su vestuario, va a la
peluquería. El viernes lo soporta como puede, sin salir de su casa. El sábado,
por fin, se echa a la calle con el corazón rebosante. Durante toda la mañana
del domingo llora sin consuelo. Cuando nota que vuelve a soñar, ya es lunes y
hay trabajo
Andrés Neuman
LA
TRISTEZA
(cuento)
Rosario
Barros Peña (España, 1935)
El profe me ha dado una nota para mi
madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se
la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la
mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el
supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la
mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos
que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada.
Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice
que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto.
Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el
lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está
encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al
principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”,
pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre
ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no
puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y
lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te
quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.
LITERATURA
(cuento)
Julio Torri (México, 1889-1970)
El
novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de
papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el
mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no
había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a
vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas;
oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de
albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.
La lucha que
sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el
abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las
olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en
su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo
fascinante, mágica, sobrenatural.
FIN DE BAILE
(cuento)
Miguel Ángel Hurtado (España)
Acaban de
bajar las luces del salón de baile. La banda comienza a tocar la última
canción: una balada. Siempre odié la música lenta, pero ésta significa “te quiero”, y hay poco
más que decir.
Nunca unos
ojos me habían mirado así. Nunca había sentido mi cuerpo vibrar a cada nota, ni
mis ojos mirar más fijos a algo.
Estas notas
que envenenan el aire me han henchido el pecho, hiriendo mi alma de muerte. Me
noto temblar cuando nuestras manos se unen, y sus enormes ojos azules se clavan
como preciosas aristas de poliedros de amor en mi mente, en mi corazón, en mi
recuerdo.
Mientras,
suavemente, el cantante me demuestra que todo lo que ocurre es real, y por
ello, estrecho mi lazo, atenazando mis brazos a su espalda, acercando su pecho
al mío. Noto su respirar entrecortado en mi entrecortado respirar, y entre
medias nuestros pechos, golpeados por nuestro revolucionado corazón. Sólo
quiero que el pianista lea mi mente, y toque para siempre esta melodía, mientras
hago de mis labios una extensión de sus labios. Cierro los ojos para soñar que
este momento es una poesía en nuestros oídos o el sabor del azúcar glasé del
dulce más lindo del mundo.
Cuando abro
los ojos veo los suyos mirándome, pero tienen veinte años más. No existe el
salón de baile, sólo queda en nuestro recuerdo. Y la canción suena en nuestras
cabezas, recordándonos cada día cuánto nos queremos, y que lo que una vez fue
sueño permanece siendo realidad.
TE QUIERO A LAS DIEZ DE LA MAÑANA…”
Jaime Sabines (México, 1926-1999)
Te quiero a
las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda
mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos
de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú
piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no
tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para
mí.
Luego vuelvo
a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún
modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y
que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu
cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un
instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre
o sueño.
Todos los
días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en
que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los
hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti
durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?