lunes, 24 de agosto de 2015

MARIANA ENRIQUEZ , CUENTO "CARNE"

Carne
Por Mariana EnrÍquez
Un ídolo, dos fans, un disco, un suicidio, muchos más fanáticos, carne, rock, medios de comunicación, antropofagia:
la suma de estos elementos da un cuento que se pasea por los abismos de la atracción y la locura.
Un cuento deslumbrante de la autora de la novela Cómo desaparecer completamente.
So some of him lived but the most of him died.
Rudyard Kipling
Todos los programas querían hablar con ellas. Los móviles seINSTALARONhttp://cdncache-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.png afuera de la clínica psiquiátrica donde quedaron internadas, pero no consiguieron nada. Cuando fueron dadas de alta, los camarógrafos las persiguieron corriendo, algunos se enredaron en los cables y muchos cayeron despatarrados sobre el pavimento; pero ellas no huyeron. Sólo los miraron con una sonrisa que después fue descrita como "aterradora" y "mística", y se fueron en el auto que manejaba el padre de Mariela, la mayor. Los padres tampoco hablaban: las cámaras sólo pudieron registrar sus nerviosos paseos por los pasillos de la clínica, sus miradas temerosas, y el llanto de la madre de Julieta, la menor, cuando salía de su casa con un bolso lleno de ropa.
El silencio provocó la mayor histeria jamás vista. Las tapas de los diarios hablaban del caso de fanatismo adolescente más impactante no sólo de Argentina, sino del mundo. Fueron convocados expertos psiquiatras y psicólogos, el tema monopolizó los noticieros, los programas de chimentos, los magazines y talk shows de la tarde; en la radio no se hablaba de otra cosa. Julieta y Mariela, dieciséis y diecisiete años, dos chicas de Mataderos fanáticas de Santiago Espina, la estrella de rock que en menos de un año había dejado atrás el suburbio para llenar teatros y estadios; Santiago, a quien la prensa especializada amaba y odiaba en partes iguales: genio, pretencioso, artista inclasificable, artefacto comercial para hipnotizar niñas alienadas, futuro de la música argentina, idiota caprichoso. El Espina, como lo llamaban idólatras y detractores, dejó estupefacta a la crítica con su segundo disco, Carne, once canciones que dividieron las aguas aún más: de un lado lo llamaban obra maestra; del otro, anacronismo autoindulgente. Un mes después, la ciudad empapelada con su rostro recibía la noticia de la desaparición del Espina, días antes de la presentación de Carne en el Estadio Obras. Las fans –porque eran sobre todo chicas, lo que aumentaba el desprecio de los detractores– lloraban en espontáneas reuniones callejeras, organizaban marchas y recitaban las letras de Carne en una letanía extática, arrodilladas frente a pósters del Espina pegados con cinta scotch a monumentos y árboles en todas las plazas de Buenos Aires, como si le rezaran a un dios moribundo.
Cuando la desesperación se contagió a las adolescentes del interior del país, el hallazgo del cuerpo del Espina provocó un terror desconocido en los padres desorientados. Santiago apareció en una habitación deHOTELhttp://cdncache-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.png de Once, con todo el cuerpo cortajeado: había usado una gillete y un Tramontina a conciencia para despellejarse los brazos, las piernas, el vientre. En el brazo izquierdo, había cortado hasta el hueso. En el pecho era posible ver el esternón. Y, posiblemente seminconsciente, se había cortado la yugular con un tajo audaz y preciso. Uno de los policías encargado de forzar la cerradura de la habitación abajo declaró que le había recordado a una cámara frigorífica: era pleno invierno, y además Santiago había dejado encendido el aire acondicionado. Hubo teorías conspirativas sobre un posible asesinato, pero fueron desechadas cuando trascendió que la habitación estaba cerrada con llave desde adentro, y se difundió la nota suicida casi ilegible por la letra nerviosa y las manchas de sangre. Decía: "Carne es comida. Carne es muerte. Ustedes saben cuál es el futuro". Delirios agónicos, dijeron los expertos. Y las fans callaron, encerradas en habitaciones donde se mezclaban los osos de peluche, los diarios íntimos con tapas rosas y las fotos del Espina más hermoso que nunca, ahora que la muerte le brillaba en los ojos.
El país esperó una epidemia de suicidios adolescentes que nunca llegó. Las chicas volvieron al colegio y a los boliches, y apenas se registró un caso de depresión grave en Mendoza aunque todas escuchaban "Carne" como la última voluntad y testamento de su ídolo, tratando de descifrar las letras en foros de Internet y largas conversaciones telefónicas. La prensa despidió a Santiago Espina con titulares y elegías, y por un tiempo sólo se habló de suicidio, drogas y rocanrol. El entierro en la Chacarita fue mucho menos concurrido y más triste de lo esperado, y el duelo se aplacó una vez terminado el desfile del entorno de la estrella por los programas de televisión. La cirugía estética de una modelo resultó desastrosa; un galán declaró ser gay; secuestraron a un adolescente de San Fernando y renunció el director técnico de River. Santiago Espina pasó a las efemérides, listo para ser desenterrado cuando se cumpliera un año de su nacimiento, o de su muerte.
Nadie podía suponer que algo se estaba gestando en Mataderos, entre dos chicas, una foto arrugada de la nota suicida y Carne en el equipo, de principio a fin, una y otra vez.
Mariela había sido una de las primeras espinosas (así llamaban los medios a las fans, las chicas con los ojos delineados de negro mortuorio, baratas boas de plumas al cuello y pantalones que imitaban la piel de los leopardos). Lo había seguido durante un año, noche tras noche; en el baño de un local de Burzaco conoció a Julieta, la más célebre de las espinosas porque se había tatuado el nombre del ídolo en el cuello; de lejos, las letras parecían una cicatriz, como si la cabeza estuviera cosida al cuello. Julieta y Mariela vivían a apenas diez cuadras de distancia y el suicidio del Espina las unió tanto que empezaron a parecerse físicamente, como las parejas que conviven durante décadas o los solitarios que adquieren la expresión de sus mascotas.
Ese parecido mimético había sorprendido al cuidador del cementerio que las encontró de madrugada, cuando trataban de saltar el paredón. "Estaba oscuro todavía", dijo, "pero nunca pensé que eran chorros. De lejos se notaba que eran pibitas, y cuando me acerqué vi que además eran gemelas". Julieta y Mariela no lucharon con el cuidador. Aparentemente atontadas, se dejaron llevar hasta la oficina; el hombre creía que estaban drogadas, y supuso que habían pasado la noche en el cementerio para velar al Espina. Él y sus compañeros habían encontrado chicas antes, escondidas en los pasillos de los nichos y detrás de los árboles cerca de la hora del cierre, pero ninguna logró acompañar al ídolo hasta el amanecer. El cuidador creyó que Julieta y Mariela habían tenido suerte, pero mientras las retaba y les pedía el teléfono de sus padres, observó que las chicas estaban sucias de tierra, sangre y una película de mugre que apestaba y les cubría las manos y la ropa y los rostros. Entonces llamó a la policía.
Por la tarde, la noticia se filtró a los medios. Dos adolescentes habían desenterrado el cajón de Santiago Espina con una pala y sus propias manos. La sepultura, apenas un mes después de su entierro, aún no tenía el mármol definitivo que les hubiera dificultado la tarea. Pero la inhumación era apenas el principio. Las chicas habían abierto el féretro para alimentarse de los restos del Espina con devoción y asco; alrededor del hueco daban testimonio de su esfuerzo los charcos de vómito. Uno de los policías también vomitó. "Dejaron los huesosLIMPIOShttp://cdncache-a.akamaihd.net/items/it/img/arrow-10x10.png" le dijo a la televisión, y el conductor, estremecido, se quedó sin palabras por primera vez en su carrera.
Hablar con ellas, con sus familias, con sus médicos, se convirtió en una prioridad. Pero todos callaban. La familia del Espina decidió no demandar a Julieta y Mariela "para que no siga este horror". La madre de la estrella, decían, vivía sobrecargada de tranquilizantes. Las fans se sentaron malhumoradas en livings y paneles televisivos a pelear con conductores y psicólogos. Una de ellas lloró abiertamente y gritó: "Las envidio". "¡Ellas lo entendieron!". Y balbuceó sobre la carne y el futuro, que Julieta y Mariela estaban más cerca que cualquiera de ellas del Espina, lo tenían en su cuerpo, en su sangre. Hubo un programa especial sobre los adolescentes caníbales de Liberia que creen obtener la fuerza de sus enemigos devorados y usan collares de huesos. El canal que lo emitió fue denostado como ejemplo de mal gusto y simplismo. Se habló de la necrofilia como perversión nacional, y los canales de cable programaron ¡Viven! y Voraz. Hasta Carlitos Páez Vilaró participó de una mesa redonda y se vio obligado a diferenciar su antropofagia "por necesidad" de "esta locura".
Julieta y Mariela, mientras tanto, permanecían en sus casas de Mataderos, separadas por diez cuadras; les habían prohibido volver a comunicarse. Dejaron el colegio. El padre de Mariela amenazó a los camarógrafos con un arma desde la terraza, y los medios retrocedieron hasta la esquina.
Mientras tanto, en todo el país, en cada cyber, las espinosas se reunían frente a las pantallas de las computadoras, porque comenzaron a llegar los mails. Ninguna podía jurar que fueran de Julieta y Mariela, pero todas lo sabían, lo deseaban, y guardaban el secreto celosamente. Los mails hablaban de dos chicas que cumplirían dieciocho años y se liberarían de padres y médicos para tocar las canciones de Carne en sótanos y garages. Hablaban de un culto subterráneo imparable, de las que tenían al Espina en el cuerpo. Las fans esperaban con brillantina en las mejillas, las uñas pintadas de negro y los labios manchados de vino tinto el mensaje que les diera la fecha y el lugar de la segunda venida, el mapa de una tierra prohibida. Y escuchaban en secreto la última canción de Carne (donde el Espina susurraba "Si tenés hambre, comé de mi cuerpo. Si tenés sed, bebé de mis ojos") soñando con el futuro.


ENTREVISTA A MARIANA ENRIQUEZ

ENTREVISTA A MARIANA ENRIQUEZ
Cuentos de terror de Mariana Enriquez
En "Los peligros de fumar en la cama", la escritora argentina reúne 12 relatos para temblar.



Duerme con la luz apagada, con lo cual da a entender que no le teme a la oscuridad. Pero no hay fuerza en el mundo que la convenza de hacerlo con un pie fuera de los seguros límites de su colchón. Nunca se sabe qué puede haber bajo la cama.
Mariana Enriquez es adicta a los miedos “de mentira”, en casi todas sus formas y soportes. La lista incluye el juego de la copa, San La Muerte, altares para difuntos, cementerios. Y, por su puesto, los viejos y nuevos exponentes de la literatura que persigue temor y temblor, comenzando por ese sumo sacerdote del terror llamado Stephen King.
Ella puede inventar historias de chicas caníbales que se alimentan del cadáver de una estrella de rock, o imaginar que los huesitos de una beba muerta cobran vida para solicitar algo que quedó pendiente. Pero hay cosas que la pueden a ella: le teme a algunos insectos y a cierto tipo de perros, a las enfermedades graves, a las multitudes. Podría decirse que le tiene miedo a sentir miedo en serio. Como si la tranquilizara que se rompa la continuidad de los parques de la ficción y la realidad.
A Mariana no le gustan las armas ni las situaciones violentas. Lo que sí le gusta es lanzar zarpazos a la imaginación de sus lectores, o crear burbujas de inquietud en sus mentes. En Los peligros de fumar en la cama (Emecé), su flamante libro, lo hace con una docena de cuentos. La carta de manjares espeluznantes presenta niños espectrales cuya pestilencia es tan brutal como desoladora, mujeres que se tocan hasta la autoflagelación poseídas por un ente maligno o que sueñan con tener un corazón caliente latiendo en la mano, un ciruja cuyo carrito desata una maldición en un barrio.
Y hay más. El aljibe del relato homónimo hace tambalear la frontera entre la alucinación de origen psíquico, lo sobrenatural y las creencias supersticiosas en un litoral embrujado. Mariana se anima, incluso, a contar un cuento de fantasmas en el que los espíritus que se manifiestan son desaparecidos.
El cuento de la tía
–¿De dónde viene tu atracción por los cuentos de terror?
–Siempre me gustaron las historias de fantasmas. Cuando era chica me enloquecían los cuentos de aparecidos, y las historias más macabras de las mitologías o de los libros para chicos –pienso en los pasajes de miedo de
 La historia interminable de Michael Ende, o Ulises tratando de pasar entre Escila y Caribdis. Un poco más grande empecé a leer a Stephen King, relatos fantásticos con ramalazos de terror, mucho gótico hasta hoy –me encantan las Brönte y todo el gótico sureño, de Flannery O'Connor a Cormac McCarthy–. Leí todo lo que pude de vampiros... Pero el germen fue escuchar historias de fantasmas contadas por familiares, otros chicos, amigos: los aparecidos en la casa abandonada de la cuadra, por qué de noche se escuchaba el ruido de las cadenas de las hamacas, las historias de aparecidos en el campo que contaba la abuela, los cuentos de fantasmas de mis tías.
–En el caso de esa veta impregnada de supersticiones que casi todos hemos escuchado alguna vez, ¿investigaste, tomaste recuerdos? ¿Hay por ahí alguna abuela que vivió en el campo y te contó alguna historia?
–Investigué sin método toda la vida, porque siempre me gustó que me cuenten tradiciones mitológicas de diferentes lugares y cuando puedo compro o consigo algún libro: sobre la brujería de Chiloé, sobre los mitos mapuches, sobre San La Muerte, el Alma Mula... Parte de mi familia viene de Corrientes, algunos viven ahí, y me contaron cantidad de cosas. Muchas que les pasaron a ellos. Mi abuela también contaba historias, y en efecto tomé muchos de esos recuerdos y de esos relatos. Además, los grandes personajes del terror vienen de cuentos folklóricos, como los vampiros, que provienen del folklore de Europa del Este.
–¿Creés que el cine de terror tiene alguna presencia en tus cuentos?
–Muy poca porque cada vez me gusta menos el cine en general, y el de terror en particular, salvo excepciones brillantes como
 Let The Righ One In de Tomas Alfredson (basado en una novela que también es extraordinaria) o El Orfanato de Juan Antonio Bayona, o cosas de Dario Argento. Hay grandes películas de terror, obviamente: El exorcista es un clásico más allá del género, pero en general el cine de terror, aunque me divierte, casi siempre me decepciona. Las que sí me encantan son las películas de terror de David Lynch –para mi Carretera perdida o Mulholand Drive son de terror, por lo menos a mí me dan miedo– pero no creo que me influencien; además él es un genio, tiene una visión tan particular y un estilo tan acabado que es muy difícil elegirlo como influencia, siempre uno va a quedar como una copia inferior.
–Cuando leés este tipo de narrativa, ¿sentís temor, o esa emoción está neutralizada por el hecho de saber que estás consumiendo una ficción?
–No hay muchos que me hagan sentir miedo, es muy difícil causar terror, me parece. El escritor que casi siempre logra asustarme aunque sea con una escena es Stephen King. Recuerdo haber dejado por la mitad –después lo retomé–
 Cementerio de animales porque me aterrorizaba en serio, me provocaba sensaciones físicas. Mis otros escritores de terror y géneros aledaños favoritos –Clive Barker, Patrick McGrath, M. John Harrison, Peter Straub, Joseph Sheridan Le Fanu, Ramsey Campbell, Neil Gaiman, Joe Hill, Kelly Link, el Cortázar fantástico, los relatos de horror de Bernardo Kordon o Silvina Ocampo– me deslumbran pero rara vez me dan miedo. Los que sí llegan a aterrarme son los cuentos de juventud de Ray Bradbury, para mí un genio del terror.
–Oren Peli, el director de la ultra barata y súper taquillera “Paranormal activity”, dijo en una entrevista que “el miedo más primigenio es sentirte vulnerable”. ¿Estás de acuerdo?
–A medias. Es ciertamente uno de los miedos primigenios, pero en ese caso tiene mucho que ver con la cultura estadounidense, que se aterroriza frente a la vulnerabilidad, tanto que su invulnerabilidad es un mito nacional. Yo sigo creyendo que la vulnerabilidad es fundamental, pero igual de atávico es el miedo a lo desconocido, y en esto entra la muerte, lo diferente (el otro, el distinto), lo siniestro, lo disruptivo.
Pelitos de punta
"Donde estás corazón", "Carne" y "Ni cumpleaños ni bautismos" tienen personajes que superan la categoría de freakies y son, en cierto sentido, monstruos. Y más allá del padecimiento que puede implicar, su rareza es la vía hacia una intensidad vital inaudita. Está ese dicho de que en el infierno también hay cielo. Es cierto. En un puñado de cuentos de
 Los peligros de fumar en la cama se impone un erotismo mórbido, y el tren del terror que conduce Enriquez recoge personajes a los que les gusta viajar por los ramales solitarios del placer.
–¿Creés que a determinadas “anormalidades” les pueden corresponder ciertos goces fuera de lo común?
–Sí. Esos cuentos, donde casi no existe el elemento sobrenatural, se relacionan con un tipo de relato que tiene más que ver con la violencia y la voluptuosidad, el fetiche, la obsesión, el fanatismo; más cerca de la enfermedad. Hay en esas obsesiones y fetiches, aunque pueden producir mucho sufrimiento psicológico, un enorme placer. La protagonista de "Dónde estás corazón" es una criminal sexual, una rara serial killer caza corazones.
–En varios cuentos se juntan el erotismo bastante y la situación de miedo o peligro... 
–Sí. El sexo es un estado de vulnerabilidad muy alto: estamos desnudos en una cama a veces con alguien que conocemos poco, totalmente a su merced. El amor, dijo alguna vez Nick Cave, es una forma de locura. Vulnerabilidad, locura, una emoción tan incontrolable como el amor... es material perfecto para un relato de terror.
–Se ponen en escena actos que normalmente se entienden como perversiones, y hay varias chicas jugando al solitario de manera bastante ruda. Si te preguntara hasta qué punto hay detalles autobiográficos, ¿me dirías: "no, eso le pasó a una amiga"?
–No, claro que no, ¡soy una mujer grande! Ya no le echo la culpa a las amigas de nada.
–En tus relatos, a menudo lo sobrenatural le cede el lugar a un fenómeno más ambiguo, de paranoia o de alteración psicológica. Una mancha de humedad puede ser un diablo, como en “Ángel de la guarda”, que abría la antología In fraganti, o como pasa en “Ni cumpleaños ni bautismos”, donde hay una piba que alucina un ente que la posee y la lastima. ¿Te interesa trabajar eso que es como una zona media, una región de incertidumbre entre una amenaza exterior y lo que sucede en la cabeza de un personaje, cosas con las que la propia mente se alimenta?
–Es muy difícil, creo, tratar la locura, las alteraciones de la percepción, en el terror; salvo que se haga con personajes desaforados. Pero es apasionante, porque en las desestabilizaciones emocionales el miedo es constitutivo, y porque quienes tienen una enfermedad psiquiátrica o incluso una desestabilización emocional importante, le provocan miedo a los demás. Un miedo a lo diferente, un miedo al contagio. La mejor manera que encontré de contar la locura en un relato de terror es en esa zona fronteriza entre la amenaza externa y la interpretación distorsionada de la realidad, que debe ser absolutamente desesperante.
"El territorio ideal del terror es la infancia"
–¿Tuviste algún escrúpulo o dudaste a la hora de meterte con el tema de los desaparecidos en el registro de un cuento de fantasmas, como hacés en "Cuando hablábamos con los muertos"?
–No a la hora de escribirlo, pero si de publicarlo. Después pensé: mi posición frente a la última dictadura es clara: total repudio al terrorismo de Estado y juicio y castigo a los genocidas. El territorio ideal del terror es la infancia. Así que era también un sinceramiento: crecí en la dictadura, en el horror y después en el alfonsinismo, con el horror destapado: recuerdo haber leído las entrevistas a torturadores en revista
 La Semana, el Nunca Más, artículos sobre La Noche de los Lápices, Rodolfo Walsh, niños restituidos... me dejaban leer todo. En mi casa, durante la dictadura, se respiraba un miedo palpable, no era un hogar ignorante de lo que pasaba. Creo que el género literario del terror es adecuado para contar esa época. No me interesa tanto, sin embargo, la discusión sobre encontrar otras formas para contar la década de 1970 y el terrorismo de Estado, que está tan presente en la literatura y la crítica literaria actual. Me parece interesante, claro, pero no me desvela. Sencillamente quería escribir un cuento de fantasmas con sensaciones absolutamente cercanas y vívidas, tratando de liberarme de las discusiones que circulan sobre las formas de contar esa época. Cuando estuvo terminado, dudé en incluirlo: no quería subirme a ninguna "moda". Y después me dio bronca: si lo había escrito con total libertad, ¿por qué tenía que censurarme y no incluirlo en el libro? Fue el último con entregué y con bastante dudas, pero todas por la reacción externa, ninguna por el relato en sí, que me gusta y me conforma y es sincero -incluso tiene elementos realistas, tomados de situaciones que sucedieron de verdad.
El libro. Los peligros de fumar en la cama, por Mariana Enriquez, Emecé,    .
La autora. Mariana Enríquez nació en Buenos Aires en 1973. Publicó dos novelas:Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004). Sus cuentos aparecieron en las antologías La joven guardia (2005), Una terraza propia ((2006),En celo (2007) e In Fraganti (2007). Trabaja como subeditora del suplemento Radarde Página/12 y colabora en varias revistas (La Mano, Lamujerdemivida).


martes, 18 de agosto de 2015

MARIANA ENRIQUEZ

La casa de Adela
  MARIANA ENRÍQUEZ
 

Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, sus botitas de gamuza— siempre regresa de noche, en sueños. Los sueños de Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada de su enorme chalet inglés insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un castillo, sus habitantes los señores y nosotros los siervos en nuestras casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque ella tenía los mejores juguetes importados. Y porque organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 3 de enero, poco antes de Reyes y poco después de Año Nuevo, al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenía un proyector y usaba las paredes blancas del living para ver películas mientras el resto del barrio todavía penaba con televisores blanco y negro.
Era fácil hacerse amigo de Adela, porque la mayoría de los chicos del barrio la evitaba, a pesar de su casa, sus juguetes, su pileta y sus películas. Era por el brazo. Adela tenía un solo brazo. A lo mejor lo más preciso sea decir que le faltaba un brazo. El izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba desde el hombro; tenía ahí una pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de músculo, pero no servía para nada. Los padres de Adela decían que era un defecto de nacimiento. Muchos otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían que la iban a contratar de un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina. A ella no le importaba. Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba ser observada y nunca ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de alguien, era capaz de refregarle el muñón por la cara o de sentarse muy cerca y rozar el brazo del otro con su apéndice inútil, hasta humillarlo, hasta dejarlo al borde las lágrimas.
Nuestra madre decía que Adela tenía un caracter único, era valiente y fuerte, un ejemplo, una dulzura, qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero Adela contaba que sus padres mentían. Sobre el brazo. No nací así. Y qué pasó, le preguntábamos. Y entonces ella daba su versión. La había atacado su perro, un Doberman negro llamado Infierno. El perro se había vuelto loco como a veces les pasa a los Doberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro, entonces les dolía siempre la cabeza y se enloquecían. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. Se acordaba, el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la sangre manchando el pasto, mezclada con el agua de la pileta. Su padre lo había matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el disparo, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Mi hermano no creía esta versión.
—A ver, y la cicatriz donde está.
—Se curó re bien. No se ve.
—Imposible. Siempre se ven.
—No quedó cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida.
—Obvio. Igual tendría que haber cicatriz. No se borra así nomás.
Y le mostraba su propia cicatriz de apendicitis, en la ingle, como ejemplo.
—A vos porque te operaron médicos de cuarta. Yo estuve en la mejor clínica de capital.
—Bla bla bla —le decía mi hermano y la hacía llorar. Era el único que la enfurecía. Y sin embargo nunca se peleaban del todo. Él disfrutaba sus mentiras. A ella le gustaba el desafío. Y yo solamente escuchaba y así pasaban las tardes después de la escuela hasta que mi hermano y Adela descubrieron las películas de terror y cambió todo para siempre.
No sé cuál fue la primera película. A mi no me daban permiso para verlas. Mi mamá decía que era demasiado chica. Pero Adela tiene mi misma edad, insistía yo. Problema de sus papás si la dejan: vos no, decía mi mamá y era imposible discutir con ella.
—¿Y por qué a Pablo lo dejás?
—Porque es más grande.
—¡Porque es varón! —gritaba mi papá, entrometido, orgulloso.
—¡Los odio! —gritaba yo, y lloraba en mi cama hasta quedarme dormida.
Lo que no pudieron controlar fue que mi hermano Pablo y Adela, llenos de compasión, me contaran las películas. Y cuando terminaban de contarlas, contaban más historias. Cuando Adela hablaba, cuando se concentraba y le ardían los ojos oscuros, el parque de la casa se llenaba de sombras, que corrían, que saludaban burlonas. Yo las veía cuando ella se sentaba de espaldas al ventanal, en el living. No se lo decía. Pero Adela sabía. Mi hermano no sé. Él podía ocultar mejor que nosotras.
Supo ocultar hasta el final, hasta su último acto, hasta que solamente quedó de él ese costillar a la vista, ese cráneo destrozado y, sobre todo, ese brazo izquierdo en el medio de las vías, tan separado de su cuerpo y del tren que no parecía producto del accidente –del suicidio, le sigo diciendo accidente a su suicidio—; parecía que alguien lo había centrado entre dos rieles para exponerlo, como un saludo, un mensaje.
La verdad es que no recuerdo cuáles de las historias eran resúmenes de películas. Nunca pude ver una película de terror. Después de lo que pasó en la casa les tengo fobia. Si veo una escena por casualidad o error en la televisión, esa noche tengo que tomar pastillas para dormir y durante días tengo náuseas y recuerdo a Adela sentada en el sillón, con los ojos quietos y sin su brazo, y mi hermano mirándola con adoración. Algunas de las historias que recuerdo: un perro poseído por el demonio —Adela tenía debilidad por las historias de animales—, otra sobre un hombre que había descuartizado a su mujer y ocultado sus miembros en una heladera; esos miembros, por la noche, habían salido a perseguirlo, piernas y brazos y tronco y cabeza rodando y arrastrándose por la casa, hasta que la mano muerta y vengadora mata al asesino, apretándole el cuello –Adela tenía debilidad, también, por las historias de miembros mutilados y amputaciones—; otra sobre el fantasma de un niño que siempre aparecía en las fotos de cumpleaños, el invitado terrorífico que nadie reconocía, de piel gris y sonrisa ancha.
Solamente me acuerdo en detalle de las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé cuando comenzó la obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde después de la escuela mi hermano y yo la acompañamos hasta el supermercado. Ella apuró el paso cuando pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra del negocio. Nos dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo de la risa de mi madre, lo joven que era esa tarde de verano, el olor a champú de limón de su pelo y la carcajada de chicle de menta.
—¡Soy más tonta! Me da miedo esa casa, no me hagan caso.
Trataba de tranquilizarnos, de portarse como una adulta, como una madre.
—Por qué –dijo Pablo.
—Por nada, porque está abandonada.
—¿Y?
—No hagas caso hijo.
—¡Decime, dale!
—Me da miedo que se esconda alguien adentro, un ladrón, cualquier cosa.
Mi hermano quiso saber más, pero mi madre no tenía argumentos, solamente su aprehensión. La casa había estado abandonada desde que mis padres llegaron al barrio, antes del nacimiento de Pablo. Ella sabía que, apenas meses antes, se habían muerto los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso saber Pablo. Qué morboso estás hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno atrás del otro. Les pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere el otro se apaga enseguida. Y desde entonces los hijos se están peleando por la sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se están peleando a ver quién se queda con la casa. Pero es una casa bastante chota, dijo Pablo, y mi mamá lo retó por usar una mala palabra.
—¿Qué mala palabra?
—Sabés perfectamente: no voy a repetir.
—Chota no es una mala palabra.
—Pablo, te reviento eh.
—Bueno. Pero está que se cae la casa, mamá.
—Qué se yo hijo, querrán el terreno, es un problema de la familia.
—Para mi que tiene fantasmas.
—¡A vos te están haciendo mal las películas!
Yo creí que se las iban a prohibir, pero mi mamá no volvió a mencionar el tema. Y, al día siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa. Ella se entusiasmó: una casa embrujada tan cerca, en el barrio, a dos cuadras apenas, era la pura felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Salimos corriendo. Bajamos las escaleras de madera del chalet, muy hermosas, tenían de un lado ventanas con vidrios de colores, verdes, amarillos y rojos y estaban alfombradas. Adela corría más lento que nosotros y un poco de costado, por la falta del brazo; pero corría rápido. Esa tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me acuerdo de que, cuando corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de bracito y ella lo acomodaba sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de pelo.
La casa no tenía nada especial a primera vista, pero si se le prestaba atención, había detalles inquietantes. Las ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente, con ladrillos. ¿Para evitar que alguien entrara o que algo saliera? La puerta, de hierro, estaba pintada de marrón oscuro; parece sangre seca, dijo Adela.
Qué exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes amarillos. Eso sí me daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba los dientes; y además era muy pálida y la piel traslúcida hacía resaltar ese color enfermizo, como pasa en los rostros de las geishas o de los mimos. Entró al jardín, muy pequeño, de la casa. Se paró en el camino de baldosas que llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—¿Se dieron cuenta?
No esperó nuestra respuesta.
—Es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
Mi hermano la siguió, entró al jardín y, como si tuviera miedo, también se quedó en el sendero de baldosas que llevaba de la vereda a la puerta de entrada.
—Es verdad –dijo. —Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré. Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó después: estoy segura de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado. Arrasado. Era amarillo, corto: ni un yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al mismo tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco, como un mosquito gordo. Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mis hermano y Adela se burlaran de mi, pero tenía ganas de escapar hasta mi casa, hasta mi mamá, de decirle tenés razón, esa casa es mala y no se esconden ladrones, se esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que salir.
Adela y Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban por el barrio sobre la casa. Preguntaban al quiosquero y en el club; a Don Justo, que esperaba el atardecer sentado en una silla sobre la vereda, a los gallegos del bazar y a la verdulera. Nadie les decía nada de importancia. Pero varios coincidieron en que la rareza de las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les daba escalofríos, tristeza, a veces miedo, sobre todo de noche. Muchos se acordaban de los viejitos: eran rusos o lituanos, muy amables, muy callados. ¿Y los hijos? Algunos decían que peleaban por la herencia. Otros que nunca visitaban a sus padres, ni siquiera cuando se enfermaron. Nadie los conocía. Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien tuvo que tapiar las ventanas –le dijo mi hermano a Don Justo.
—Vos sabés que sí, ahora que decís. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los hijos.
—A lo mejor los albañiles eran los hijos.
—Seguro que no. Eran bien morochos los albañiles y los viejitos eran rubios, transparentes. Como vos, Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser.
La idea de entrar a la casa fue de mi hermano. Estaba fanatizado. Tenía que saber que había pasado en esa casa, qué había adentro. Lo deseaba con un fervor muy extraño para un chico de once años. No entiendo, nunca pude entender qué le hizo la casa, cómo lo atrajo así. Porque lo atrajo a él, primero. Y él contagió a Adela.
Se sentaban en el caminito de baldosas amarillas y rosas que partía el jardín reseco. El portón de hierro oxidado estaba siempre abierto, les daba la bienvenida. Yo los acompañaba, pero me quedaba afuera, en la vereda. Ellos miraban la puerta, como si creyeran que podían abrirla con la mente. Pasaban horas ahí sentados, en silencio. La gente que pasaba por la vereda no les prestaba atención. No les parecía raro o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre.
O, a lo mejor, la casa no me dejaba hablar. La casa no quería que los salvara.
Seguíamos reuniéndonos en el living de la casa de Adela, pero ya no se hablaba de películas. Ahora Pablo y Adela –pero sobre todo Adela— contaban historias de la casa. De dónde las sacan, les pregunté una tarde. Parecieron sorprendidos, se miraron.
—La casa nos cuenta las historias. ¿Vos no la escuchás?
—Pobre –dijo Pablo. —No escucha la voz de la casa.
—No importa –dijo Adela. —Nosotros te contamos.
Y me contaban.
Sobre la viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el patio de atrás.
Sobre el patio de atrás, igual de seco y muerto que el jardín, lleno de pequeños agujeros como madrigueras de ratas.
Sobre una canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba agua.
A Pablo le costó un poco convencer a Adela de entrar. Fue extraño. Ella parecía tener miedo. Ella parecía entender mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del único brazo y hasta la sacudía. Decidieron entrar a la casa el último día del verano. Fueron las exactas palabras de Adela, una tarde de discusión en el living de su casa.
—El último día del verano, Pablo –dijo. —Dentro de una semana.
Quisieron que yo los acompañara y acepté porque no quería dejarlos. Yo tenía 9 años. Era más chica que ellos pero sentía que debía cuidarlos. Que no podían entrar solos a la oscuridad.
Decidimos entrar de noche, después de cenar. Teníamos que escaparnos pero salir de casa de noche, en verano, no era tan difícil. Los chicos jugaban en la calle hasta tarde en el barrio. Ahora ya no es así. Ahora es un barrio pobre y peligroso, los vecinos no salen, tienen miedo de que los roben, tienen miedo de los adolescentes que toman vino en las esquinas. El chalet de Adela se vendió y fue dividido en departamentos. En el parque se construyó un galpón. Es mejor, creo. El galpón oculta las sombras.
Un grupo de chicas jugaba al elástico en el medio de la calle; cuando pasaba un auto paraban para dejarlo pasar. Más lejos, otros pateaban una pelota y donde el asfalto era más nuevo, más liso, algunas adolescentes patinaban. Caminamos entre ellas, desapercibidos. Adela esperaba en el jardín muerto. Estaba muy tranquila.
Conectada, pienso ahora.
Nos señaló a puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
—¿Cómo? —preguntó Pablo.
—La encontré así.
Mi hermano se sacó la mochila y la abrió. Traía llaves, destornilladores, palancas; herramientas de mi papá, que había encontrado en una caja, en el lavadero. Ya no las iba a necesitar. Estaba buscando la linterna.
—No hace falta –dijo Adela.
La miramos confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro de la casa había luz.
Recuerdo que caminamos de la mano, bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el techo, donde debía haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los huecos como ramas secas. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Adentro hacía frío y olía a desinfectante y la luz era como de hospital.
La casa no parecía rara, al principio. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros abuelos.
Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo que recé, que repetí en voz baja, con los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que parecía desde afuera. Y zumbaba, como si detrás de las paredes vivieran colonias de bichos ocultos bajo la pintura.
Adela se adelantaba, entusiasmada, sin miedo. Pablo le pedía “esperá, esperá” cada tres pasos. Ella hacía caso pero no sé si nos escuchaba claramente. Cuando se daba vuelta para mirarnos, parecía perdida. En sus ojos no había reconocimiento. Decía “sí, sí”, pero yo sentí que ya no nos hablaba a nosotros. Pablo sintió lo mismo. Me lo dijo después.
La sala siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el polvo. Contra la pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y llenos de pequeños adornos, tan pequeños que tuvimos que acercarnos para verlos. Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más bajos, los que alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
Al principio no supe lo que estaba viendo. Eran objetos chiquitísimos, de un blanco amarillento, con forma semicircular. Algunos eran redondeados, otros más puntiagudos. No quise tocarlos.
—Son uñas –dijo Pablo.
Sentí que el zumbido me ensordecía. Abracé a Pablo, pero no dejé de mirar. En el siguiente estante, el de más arriba, había dientes. Muelas con plomo negro en el centro, como las de mi papá, que las tenía arregladas; incisivos, como los que me molestaban cuando empecé a usar el aparato de ortodoncia; paletas como las de Roxana, la chica que se sentaba adelante mío en la escuela; le decíamos Coneja
Cuando levanté la cabeza para mirar el tercer estante, se apagó la luz.
Adela gritó en la oscuridad. Yo solamente escuchaba mi corazón: latía tan fuerte que me dejaba sorda. Pero sentía a mi hermano, que me abrazaba los hombros, que no me soltaba. De pronto vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije “salgamos, salgamos”. Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en la casa. Lo acompañé. Quería irme, pero no sola.
La luz de la linterna iluminaba cosas sin sentido. Un libro de medicina, de hojas brillantes, abierto en el suelo. Un espejo colgado cerca del techo, ¿quién podía reflejarse ahí? Una pila de ropa blanca. Pablo se detuvo: movía la linterna y la luz sencillamente no mostraba ninguna otra pared. Esa habitación no terminaba nunca o su límites estaban demasiado lejos para ser alcanzados por la luz de una linterna.
—Salgamos –volví a decirle y recuerdo que pensé en irme sola, en dejarlo, en escapar.
—¡Adela! —gritó Pablo. No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna.
—Acá.
Era su voz, muy baja, cercana. Estaba detrás nuestro. Retrocedimos. Pablo iluminó el lugar de donde venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada junto a una puerta. Después se dio vuelta, abrió la puerta que estaba a su lado y la cerró detrás suyo. Mi hermano corrió pero cuando alcanzó la puerta, ya no pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la mochila, para abrir la puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería rescatarla: solamente quería salir y lo seguí, corriendo. Afuera llovía y las herramientas estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la noche. Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un minuto, asustados, sorprendidos, alguien cerró la puerta desde adentro.
La casa dejó de zumbar.
No recuerdo bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrir la puerta. En algún momento escuchó mis gritos. Y me hizo caso.
Mis padres llamaron a la policía.
Y todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres, los padres de Adela, la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
Nunca la encontraron. Ni viva ni muerta. Estuvieron dentro de la casa durante horas, toda esa noche y hasta la madrugada. Adela no estaba. Nos pidieron la descripción del interior de la casa. Se la dimos. La repetimos. Mi madre me dio un cachetazo cuando hablé de los estantes y de la luz. “¡La casa está llena de escombros, mentirosa!”, me gritó. La madre de Adela lloraba y pedía por favor dónde está mi hija.
En la casa, le dijimos. Abrió una habitación de la casa, entró y ahí debe estar todavía.
Los policías decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que pudiera ser considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las paredes interiores habían sido demolidas.
Recuerdo que lo escuché decir “máscara”, no “cáscara”. La casa es una máscara, escuché.
Creían que mentíamos. O que estábamos shockeados. No querían creer, siquiera, que habíamos entrado a la casa. Mi madre no nos creyó nunca. La policía rastrilló el barrio entero, allanó cada casa. Incluso detuvieron a algunos vecinos por sospechosos, pero tuvieron que dejarlos libres muy pronto: nada los relacionaba con un supuesto secuestro. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los noticieros y leer las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de Adela nos visitó varias veces y siempre decía: “A ver si me dicen la verdad, chicos, a ver si se acuerdan”.
Nosotros volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba. Yo la convencí, yo la hice entrar, decía.
Una noche, mi papá se despertó en medio de la noche, escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Se levantó de la cama, agazapado, pensando que encontraría a un ladrón. Encontró a Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura –esa cerradura siempre andaba mal—; llevaba herramientas y una linterna en la mochila. Los escuché gritar durante horas y recuerdo que mi hermano le pedía por favor, que quería mudarse, que si no se mudaba, se iba a volver loco.
Nos mudamos. Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los 22 años. Yo reconocí el cuerpo destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones en la costa cuando se arrojó frente al tren, bien lejos de nuestra casa, cerca de la estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus sueños, nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus manos.
Desde que Pablo se mató yo vuelvo a la casa. Entro al jardín, que sigue quemado y amarillo. Miro por las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó los ladrillos que las tapiaban hace quince años y así quedaron, abiertas. Adentro, cuando el sol la ilumina, se ven vigas, el techo agujereado, y basura. Los chicos del barrio saben lo que pasó ahí dentro. Los chicos creen nuestra versión. Nunca se pudo probar un secuestro. Nunca hubo pistas. Durante una época cambiaban al equipo de investigadores, echaban a policías, temblaba el gobernador. Ahora el caso está cerrado. Adentro de la casa, en el piso, los chicos del barrio pintaron con aerosol el nombre de Adela. En las paredes de afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una pintada. Otra, más pequeña, escrita en fibra, repite el modelo de una leyenda urbana: hay que decir Adela tres veces a la medianoche, frente al espejo, con una vela en la mano, y entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano, que también visitaba la casa, vio estas indicaciones e hizo este viejo ritual, una noche. No vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos que llevarlo al hospital.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. “Acá vive Adela, ¡cuidado!”, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste, o en desafío, para asustar. Pero yo sé que tiene razón. Que esta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla.

domingo, 12 de julio de 2015

SELECCIÓN DE POESÍAS

SELECCIÓN DE POESÍAS

YA NO

Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.

Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.
IDEA VILARIÑO

HAY UN NIÑO EN LA CALLE
A esta hora exactamente,
hay un niño en la calle...
¡Hay un niño en la calle!

Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate
poniéndole una estrella en el sitio del hambre.

De otro modo es inútil, de otro modo es absurdo
ensayar en la tierra la alegría y el canto,
porque de nada vale si hay un niño en la calle.

Todo lo tóxico de mi país a mí me entra por la nariz.
Lavo auto, limpio zapato, huelo pega y también huelo paco
Robo billeteras pero soy buena gente, soy una sonrisa sin dientes
Lluvia sin techo, uña con tierra, soy lo que sobró de la guerra
Un estómago vacío, soy un golpe en la rodilla que se cura con el frío
El mejor guía turístico del arrabal por tres pesos te paseo por la capital
No necesito visa para volar por el redondel porque yo juego con aviones de papel
Arroz con piedra, mango con vino y lo que falta me lo imagino

No debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada.

No debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez arriesgada a una estrecha ganancia
porque entonces las manos son inútiles fardos
y el corazón, apenas, una mala palabra.

Cuando cae la noche duermo despierto, un ojo cerrado y el otro abierto
Por si los tigres me escupen un balazo mi vida es como un circo pero sin payaso
Voy caminando por la zanja haciendo malabares con cinco naranjas
Pidiendo plata a todos los que pueda en una bicicleta en una sola rueda
Soy oxígeno para este continente, soy lo que descuidó el presidente
No te asustes si tengo mal aliento, si me ves sin camisa con las tetillas al viento
Yo soy un elemento más del paisaje los residuos de la calle son mi camuflaje
como algo que existe que parece de mentira, algo sin vida pero que respira

Pobre del que ha olvidado que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños que viven en la calle
y multitud de niños que crecen en la calle.

Yo los veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todas con fábula en los ojos.
Un relámpago trunco les cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido, como un niño en la calle.

Oye: a esta hora exactamente hay un niño en la calle
Hay un niño en la calle

POEMA XX
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
¡Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos!

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

¡Qué importa que mi amor no pudiera guardarla!
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Yo no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise..
Mi voz buscaba al viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda, poeta chileno (1904-1973)




sábado, 16 de mayo de 2015

CLASIFICACIÓN DE CUENTOS

Realistas: son aquellos que relatan historias donde los hechos que ocurren son presentados como posibles de que sucedan. Podrían ocurrirle a cualquiera. Entre sus características más importantes encontramos que: sus personajes son seres comunes, como cualquiera en el mundo real. Los hechos ocurren en lugares que existen o posibles de que existan. Abundan las descripciones claras y detalladas, dándole así a la historia mayor realismo. Los hechos que ocurren, así también como las acciones llevadas a cabo por los personajes son posibles de que sucedan o de realizar. Los diálogos de los personajes, reproducen la forma y manera de hablar de las personas en el mundo real.

Fantásticos: estas historias combinan las dos anteriores ya que en el mundo real, cotidiano, normal, aparece de repente un suceso inexplicable que genera dudas en cuanto a lo sucedido. Permite encontrar dos explicaciones a lo ocurrido: la lógica y realista, (por ejemplo, que lo sucedido haya sido solo un sueño), o la fantástica, por medio de lo sobrenatural (por ejemplo, lo que el personaje vio realmente era un fantasma y no su sombra). Generalmente posee finales abiertos, caracterizados, como se dijo anteriormente por la duda en el lector.
De ciencia ficción: relatan hechos que hoy no pueden ocurrir, pero que en un futuro (cercano o lejano), con el avance de la ciencia y la tecnología, podrían suceder. Los temas de estos tipos de historia se relacionan con: la conquista del espacio, seres extraterrestres, la lucha entre el hombre y las máquinas, viajes en el tiempo, creaciones, transformaciones, experimentos científicos.
Policiales: en estos relatos se comete un delito que debe ser resuelto. La investigación puede estar a cargo de cualquier personaje y no necesariamente de policías o detectives. Los dos requisitos indispensables que deben cumplirse para encontrarnos frente a un cuento policial son que se produzca un crimen o delito (de cualquier tipo: robo, asesinato, etc.) y alguien que trate de resolverlo por medio de una investigación.



miércoles, 18 de marzo de 2015

PAUTAS DE TRABAJO 2017

COLEGIO BEATA IMELDA
LENGUA Y LITERATURA  

PAUTAS DE TRABAJO

AÑO 2017
Prof. Patricia Bonaffini

1.  Los alumnos deberán tener en clase, sin excepción, los materiales de trabajo ( cuadernillo, libros etc)
2. Se exigirá el cumplimiento en la tarea domiciliaria y en las de clase.  Se corregirán individualmente o a través de la autocorrección grupal. Sólo se aceptarán dos disculpas. El tercer incumplimiento será evaluado con un 1 ( uno)
3. Los trabajos grupales que se realizan en clase deberán estar en la carpeta de cada alumno, sin excepción.
4. La ortografía se evaluará en forma global, en todos los trabajos y evaluaciones. Se restará 1 punto cada 5 faltas de ortografía.  
5. Las evaluaciones y trabajos prácticos, como así también las tareas deberán ser presentadas en forma correcta. No podrán ser entregados en lápiz.
6. Es importante para el desarrollo de la clase que haya un clima de calma y colaboración en el aula. Que se respete el derecho a estudiar, prestar atención, participar e incluso, enseñar y dialogar entre todos en el aula: alumnos y profesora. Para esto es indispensable respetar los turnos en el diálogo. Este punto será un factor importante en la evaluación actitudinal.
7. Deberá respetarse el momento del comienzo de la clase evitando demoras innecesarias.
8 Los alumnos deberán respetar los llamados de atención de la profesora ya que contribuyen a mejorar el desarrollo de la clase y el aprendizaje.

OBSERVACIÓN :
El incumplimiento de los puntos 6,7 y 8 recibirán las sanciones previstas en el acuerdo de convivencia Institucional.