LOS HOMBRES Y LOS
DIOSES
Estimular la lectura literaria, en nuestros días, implica presentar
una adecuada selección de obras y estrategias lectoras que nos permitan abrir
los cerrojos con que, muchas veces, guardamos nuestra capacidad de aprender.
Lo original de nuestra propuesta, no dudamos en asegurarlo, es,
precisamente, la arquitectura didáctica que se ha levantado alrededor de textos
literarios de hoy y de siempre, vinculados a nuestros alumnos y sus vidas.
Nuestro objetivo es lograr que "funcione" la literatura en el aula.
Seguramente, en algún caso lo habremos alcanzado mejor que en otro, pero en
todos nos hemos esforzado por conseguirlo.
Cada volumen de la
Colección Del Mirador es producido en función
de facilitar el abordaje de una obra o un aspecto de lo literario desde
distintas perspectivas.
La sección Puertas de acceso busca ofrecer estudios preliminares
que sean atractivos para los alumnos, con el fin de que estos sean conducidos
significativamente al acopio de la información contextual necesaria para
iniciar, con comodidad, la lectura.
La obra muestra una versión cuidada del texto y
notas a pie de página que facilitan su comprensión.
Leer, saber leer y enseñar
a saber leer son expresiones que guiaron nuestras reflexiones y nos acercaron a
los resultados presentes en la sección Manos a la obra. En ella
intentamos cumplir con las expectativas temáticas, discursivas, lingüísticas y
estilísticas del proceso lector de cada uno, apuntando a la archilectura y a
los elementos de diferenciación de los receptores. Hemos agregado actividades
de literatura comparada, de literatura relacionada con otras artes y con otros
discursos, junto con trabajos de taller de escritura, pensando que las
propuestas deben consistir siempre en un "tirar del hilo", como un
estímulo para la tarea.
En el Cuarto de herramientas proponemos otro tipo de
información, más vivencial o emotiva, sobre el autor y su entorno. Para ello
incluimos material gráfico y documental, y diversos tipos de texto, con una
bibliografía comentada para el alumno.
La presente Colección intenta tener una mirada distinta sobre
qué ofrecerles a los jóvenes de hoy. Su marco de referencia está en las nuevas
orientaciones que señala la reforma educativa en práctica. Su punto de partida
y de llegada consiste en incrementar las competencias lingüística y
comunicativa de los chicos y, en lo posible, inculcarles amor por la literatura
y por sus creadores, sin barreras de ningún tipo.
1986. Campeonato Mundial de Fútbol en México. El equipo argentino
avanza con éxito hacia la final: Diego Armando Maradona, el capitán del seleccionado,
deja al mundo con la boca abierta ante la habilidad y ante la inteligencia de
su juego. A medida que los rivales quedan en el camino, la fe de los
"hinchas" crece, y la figura del jugador adquiere la dimensión de un
héroe sagrado. De todos los partidos, el que se espera con más ansiedad es el
que enfrenta a la Argentina
contra Gran Bretaña, que había vencido a aquella hacía cuatro años en la
dolorosa Guerra de las Malvinas. El primer gol ante el equipo inglés, Diego lo
ejecuta con la mano, "la mano de Dios"
dirá el futbolista irónicamente. Al decirlo, no imaginaba que, a los ojos de
sus seguidores, no estaba lejos de la verdad. "Rey del mundo, Diego
inmortal", rezará el titular de un diario argentino después de la
victoria. Aun sus mismos rivales lo aceptan: "Vencidos por el hombre
mágico", afirma la primera plana del Daily Mail.
Después de la victoria final contra los alemanes, el ídolo vuelve a Nápoles,
donde lo espera la consagración definitiva:
¿Cómo va a vivir como los demás Maradona en Nápoles si para la gente
es tan patrono de la ciudad como San Genaro?¿Cómo si todo es devoción? [...]
Muchos aficionados se ataron con cadenas a las verjas en plena calle para que
no los desalojaran del lugar donde pasaría Diego.
Maradona se había convertido en un mito.
En el relato anterior, hemos empleado términos como "fe",
"héroe sagrado", "gloria", "la mano de Dios",
"devoción", que nos remiten al universo de los mitos clásicos.
En su definición más simple, el mito es un relato de carácter
sagrado, que resulta siempre fruto de una creación colectiva. Como en el
caso de Maradona, hace falta el consenso de las multitudes para que una figura,
o un hecho, alcance la categoría de mito.
Todo mito encierra, tal como afirma Alonso Martín, "un núcleo de
verdades naturales que se revisten, con la imaginación y las diversas experiencias
históricas de los pueblos, de elementos y escenificaciones más o menos
fantásticas". Tiene como fuente un
hecho real (la victoria deportiva de un país sobre su histórico rival) sobre
el cual la fantasía popular urde el relato mitológico (la colaboración de Dios
con el equipo vencedor).
Con la ayuda de los arqueólogos, los estudiosos se esfuerzan por
comprender estos datos históricos que generaron la explicación mítica. Un caso
curioso es el de los cíclopes, gigantes con un solo ojo que estaban
relacionados con el trabajo de los metales. Sobre ellos, afirma el mitólogo
Robert Graves:
Los cíclopes parecen haber sido un gremio de los forjadores de bronce
de la Hélade
primitiva. Cíclope significa "los de ojo anular" y es probable que se
tatuaran con anillos concéntricos en la frente, en honor del Sol, la fuente del
fuego de sus hornos [...]. Los cíclopes tenían también un solo ojo en el
sentido de que los herreros se cubren con frecuencia un ojo con un parche para
evitar las chispas que vuelan.
Si se considera, además, cuan primitivos debían ser los métodos para
trabajar los metales, es lógico suponer que los herreros fueran hombres
sumamente fuertes, que el lenguaje del mito transformó en gigantes.
Por lo general, las palabras mito y leyenda se utilizan
de modo indistinto. Sin embargo, es posible establecer entre ambos algunas
diferencias, aunque, en muchos casos, los límites entre una y otra sean
imprecisos.
El mito está directamente relacionado con lo sagrado, por lo tanto,
sus protagonistas son dioses y héroes ligados a esos dioses, que los protegen
o los ponen a prueba. Los hechos evocados transcurren en un tiempo impreciso,
en el que las deidades tienen un trato directo y cercano al hombre, como
Atenea, que ayuda a su héroe favorito, Aquiles, en la guerra de Troya.
En las leyendas, no existe tal proximidad a los dioses y, aunque
ocurren cosas maravillosas o aparecen seres sobrenaturales, estos hechos no se
consideran sagrados.
Tomemos como ejemplo la leyenda del conde Drácula, inspirada en un
personaje histórico: el sanguinario príncipe Vlad, que vivió durante el siglo
XVI y luchó contra los turcos. Aunque en su
protagonista abundan los rasgos fantásticos –es un vampiro sobrenatural, un
muerto viviente que sale por las noches a alimentarse de sangre humana, y sólo
se puede acabar con él clavándole una estaca de madera en el corazón–, no se lo
considera una divinidad: no tiene atributos sagrados ni se le rinde culto. Por
estas causas, pertenece al dominio de la leyenda.
En síntesis, el mito posee un carácter sagrado del que la leyenda
carece.
Los griegos, como muchos pueblos de la Antigüedad, eran politeístas. Creían que el destino de los hombres
era gobernado por una multitud de dioses que vivían en el monte Olimpo; por
eso, se los llamaba "los olímpicos". Esta concepción religiosa es el
producto final de una larga evolución en el tiempo que comenzó en la prehistoria.
El hombre siempre se ha preguntado cómo surgió el universo, cuál es el
origen de los hombres, los animales, las plantas. Hoy busca la respuesta en la
ciencia; los pueblos primitivos la encontraban en el mito.
Según la cosmogonía griega,
en el principio de todas las cosas, la Madre Tierra, Gea, emergió del Caos inicial y de
ella surgió Urano, el Cielo. De estos dos seres elementales, nacieron los
gigantes de cien brazos, la raza de los poderosos titanes y los cíclopes. Estos
últimos se rebelaron contra Urano y, por esta causa, fueron encerrados en el
Tártaro, el lugar más profundo de los Infiernos. Ofendida, Gea incitó al más
joven de los titanes cuyo nombre era Cronos, el Tiempo, a destronar a su
padre. Cronos se apoderó del universo y gobernó junto a Rea, otra titán.
De la sangre de Urano, el titán vencido que cayó al mar, nació
Afrodita, la diosa del Amor y de la
Belleza.
Además de rendir culto a las potencias de la naturaleza, todos los
pueblos primitivos adoraron a los animales.
Resabios de este período zoomórfico de la
religión griega aparecen en los relatos de los héroes más antiguos: Heracles (a
quien los romanos llamaron Hércules) y Perseo, pues ambos se enfrentaron con
seres monstruosos que tenían, al menos parcialmente, aspecto de animales. El
infatigable Heracles venció, entre otros, al enorme león de Nemea, que tenía
una piel que ni el hierro, ni el bronce, ni la piedra podían herir y, asimismo,
Heracles destruyó a la Hidra
de Lerna, con cuerpo de perro y nueve cabezas de serpiente. Por su parte,
Perseo, cuyo nombre significa "el Destructor", se enfrentó a Medusa,
que tenía serpientes en lugar de cabellos.
En el año 1400 a.
C. se inició la unificación de los diversos pueblos que habitaban el territorio
griego, y comenzó a gestarse la religión de los dioses olímpicos. Poco a poco,
estos dioses se impusieron a los animales deificados, aunque seguían asociados
a ellos, porque cada deidad tenía un animal, o varios, que le estaban
consagrados.
Cuando las fuerzas de la naturaleza adoradas en la religión primitiva
fueron desplazadas por los nuevos dioses, terminó de organizarse el cosmos, y triunfó la religión olímpica.
Los mitos continúan, de esta manera, la historia de los titanes.
Poco duró la tranquilidad del reinado de Cronos: el destronado Urano
le profetizó que le estaba reservada la misma suerte que a él, pues uno de sus
hijos le quitaría el poder. En consecuencia, Cronos devoraba cada año al hijo
que tenía con Rea para impedir que se cumpliera la predicción.
Rea, furiosa a causa de esta crueldad, escondió a Zeus, su sexto hijo,
y engañó al titán dándole una roca con forma de niño. Zeus fue criado como
pastor y, ya adulto, con la ayuda de su madre logró acercarse a Cronos y lo
convenció para que ingiriera una bebida a la cual le había agregado una pócima
que lo hizo vomitar a sus hermanos vivos: Hestia, Démeter, Hera, Hades y
Poseidón.
Zeus, a menudo llamado "Padre de los dioses", porque fue el
salvador de los Olímpicos, se repartió con sus hermanos el dominio del mundo. Guardó
para sí el cielo, le dio a Poseidón las aguas y a Hades, el dominio de los
muertos, que estaba debajo de la
Tierra.
Otros dioses importantes de la mitología griega eran Apolo, Artemisa,
Atenea, Ares y Hermes, pero la sociedad de los Olímpicos era muy amplia, y aquí
sólo se han mencionado algunas de las deidades principales.
Los dioses griegos tenían forma humana (a esta característica se la
llama "antropomorfismo"). Su
apariencia era semejante a la de los hombres, pero estaban constituidos por una
sustancia más noble, porque no comían pan ni tomaban vino, y por sus venas no
corría la sangre, sino un fluido eterno. Tenían su morada en el monte Olimpo,
excepto Hades y Perséfone, su esposa, que habitaban bajo tierra, en el Reino de
los Muertos, y las divinidades relacionadas con el agua, que se distribuían en
fuentes, ríos y mares.
Se les atribuía la perfección de la belleza y de la inmortalidad. La
inmortalidad de los dioses estaba asociada a la eterna juventud porque, para
los griegos, la vejez sólo era fuente de calamidades y un estado despreciable
para el hombre. Hasta tal punto apreciaban la juventud y la belleza que, para
las estatuas de los dioses, tomaban como modelos a los atletas, y aun los
ancianos eran representados en la plenitud de la fuerza, esbeltos y hermosos.
La historia de Tetis y de Peleo, los padres del héroe Aquiles, ilustra
esta "divinización" de la belleza y de la juventud. La diosa Tetis se
enamoró del joven Peleo, un humano, y solicitó a Zeus que le otorgara el don
de la inmortalidad, mas olvidó pedir para él la juventud eterna. Peleo no
murió, pero se volvió viejo, y Tetis se separó de él.
No parecen estos valores muy alejados de los actuales, si pensamos en
tantos actores y modelos cuya única aspiración es lograr la belleza perfecta y la
eterna juventud. La mayor diferencia radica, quizás, en que los griegos
honraban a sus dioses, pero no trataban de parecerse a ellos. Bien sabían que
el hombre está hecho de una materia muy diferente de la de los seres
inmortales y que tratar de imitarlos puede ser fuente de desdicha, como lo
demuestra el caso de Peleo.
Cada uno de los dioses regía una esfera de la existencia humana: el
Amor, la Guerra,
etcétera. Los dominios de cada divinidad eran muy amplios. Apolo, por citar un
caso, regía las artes, las profecías y los juramentos; el arco y la lira le
pertenecían, al igual que el laurel; influía en el crecimiento del ganado; era
protector de la juventud y de los ejercicios gimnásticos; lo invocaban los
marineros, que lo adoraban representado con la forma de un delfín. El resto de
los dioses tenía una esfera de influencia igualmente amplia. Aunque, a veces,
estas divinidades se peleaban, rápidamente se reconciliaban. No podía haber
entre ellos enfrentamientos duraderos, ya que simbolizaban el orden del
universo, el cosmos.
Como veremos a continuación, el comportamiento de los dioses griegos
carece de la dimensión ética que revisten las divinidades de otras religiones.
Cierta vez, Atenea, venerada como inventora y como protectora de las
artes textiles, se presentó a un concurso de tejido disfrazada de mujer
mortal. Compitió con la princesa lidia Aracne, que había tejido un bellísimo
paño en el cual aparecían representados los amores de los dioses del Olimpo.
Atenea examinó atentamente la obra de su oponente, tratando de encontrarle
algún defecto, pero no pudo hallar ninguno. Entonces rompió el paño
encolerizada y, para vengarse, convirtió a la princesa Aracne en una araña.
Otra peculiaridad de estos dioses es su corporeidad: no se trata de
seres espirituales ni de principios inmateriales, sino que pueden volverse
visibles para los mortales y viven en un lugar geográfico concreto, dentro del
mundo que habitan los humanos.
Esto se comprende si se tiene en cuenta que, para la religión griega,
todas las dimensiones de la existencia humana eran regidas por los dioses. El
mundo se consideraba como una unidad inseparable:
[...] como un todo ordenado en una conexión viva, en la cual y por la
cual cada cosa alcanzaba su posición y su sentido. Es una concepción orgánica
porque las partes son consideradas como miembros de un todo.
Las religiones llamadas "orientales" (la hebrea, la mahometana,
incluso, la budista y la persa) tienen profetas, hombres elegidos por la
divinidad para guiar a sus fieles y revelarles sus designios. Son ellos quienes
escriben las escrituras sagradas (la
Biblia, el Corán) en las que se exponen los preceptos religiosos.
En la civilización helénica, en cambio, son los poetas los encargados
de divulgar los mitos de los dioses. La obra de Homero (quien se supone que
vivió en el siglo IX a. C.) es la fuente principal de los mitos helénicos. Las
musas, divinidades protectoras de las artes, eran quienes inspiraban a los
creadores sus producciones artísticas.
La importante función de estas diosas es referida con claridad en el
"Himno a Zeus", de Píndaro (518-483 a. C.).
Cuando Zeus hubo ordenado el mundo, los dioses se asombraron de su
magnificencia. El padre de los dioses les preguntó si les parecía que carecía
de algo. Ellos le respondieron que faltaba una voz para alabar la creación con
palabras y con música. Entonces, Zeus creó a las musas.
Muchas religiones actuales consideran que el hombre puede acceder,
después de la muerte, a un premio o a un castigo eternos, según su
comportamiento en la vida terrenal.
Esta idea hubiera sonado muy extraña a los oídos de los griegos pues, para
ellos, sólo la vida tenía valor. Cuando el hombre moría, se transformaba en una
sombra que debía vagar eternamente por el reino de Hades. Salvo unas pocas
excepciones, no recibía el hombre un premio o un castigo.
Por eso, la religión olímpica no exigía que se conservasen los cadáveres
por medios artificiales, como hacían los egipcios a través de la momificación.
Los griegos cremaban a los difuntos, porque el muerto pertenecía a otro reino,
y su alma deseaba romper los lazos que lo unían al mundo de los vivos. La
cremación apresuraba esta ruptura y lo liberaba. Ni siquiera los dioses, salvo
los subterráneos, tenían poder sobre los muertos.
Los dioses helénicos no le pedían al hombre que cumpliera con determinados
preceptos morales, pero exigían respeto y honores. Los mortales, además, debían
honrarlos a todos por igual: aquel que despreciaba a un dios en favor de otro,
generalmente, sufría un castigo.
Hipólito, el hijo de Teseo, veneraba a Artemisa, patrona de la caza,
pero despreciaba a Afrodita, diosa de la belleza y del amor, ya que no quería
tener relación con mujer alguna. Esto fue considerado una ofensa por Afrodita,
que acabó con la vida del joven. Algo semejante le ocurrió a Paris, príncipe de
Troya. Cuando debió juzgar la belleza de tres diosas y favorecer solamente a
una con su fallo, atrajo sobre sí la ira de las dos que se sintieron
despreciadas.
Al unirse los dioses con diversos mortales, originaron a los héroes,
también llamados "semidioses". El caudal más importante de los relatos
míticos de la civilización griega gira en torno a estos hombres excepcionales.
Cada grupo social tiene sus propios héroes, que van cambiando de
acuerdo con los diferentes ideales que ese pueblo persigue en su proceso histórico.
Por eso, no existe un único tipo de héroe.
¿Cómo identificarlos? A pesar de su diversidad, los héroes tienen
rasgos que permiten diferenciarlos. En primer lugar, su figura se destaca
porque tiene una marca, al igual que sucede con los superhéroes actuales, como
Superman, Batman o el Hombre Araña.
En algunos casos, la marca es un rasgo físico: el guerrero Aquiles
sobresalía por la velocidad y por la fuerza, y Edipo tenía los tobillos
marcados.
La señal distintiva puede ser también un objeto que se relacione con
el héroe: Heracles cargaba sobre sus espaldas la piel del león de Nemea, que
ninguna arma podía atravesar. En otros casos, la individualización está dada
por un rasgo interno, como en el caso de Odiseo (a quien los romanos llamaron
Ulises), que sobresalía por su astucia.
Además, el héroe debe encarnar los ideales morales de su época. Si
comparamos, por ejemplo, a los protagonistas de las epopeyas atribuidas a Homero,
La Ilíada
y La Odisea, notamos
que, mientras que en Aquiles se valoran las cualidades del guerrero –como la
fuerza y la destreza en el campo de batalla–, en Odiseo, se destaca la
inteligencia por encima de la fuerza física. Esto se comprende porque Aquiles
representa el ideal de una Grecia que se consolida como nación; en tanto que La Odisea, obra
posterior, retrata una sociedad ya afianzada, que valora en mayor medida lo
intelectual.
Otra característica de los héroes griegos es que se hallan ligados a
una determinada región geográfica, y sus lazos familiares aparecen con todo
detalle en los mitos. Esto se debe a que los habitantes de cada ciudad se
enorgullecían de los héroes que le habían dado prestigio y se ufanaban de ser
sus descendientes, o pretendían estar relacionados con ellos. Los héroes
establecían un importante lazo entre la comunidad y los dioses, porque eran
figuras emparentadas tanto con una como con los otros.
Las moiras eran las encargadas de ejecutar el destino que los
dioses determinaban para cada ser humano. Por eso, los griegos le otorgaban
especial importancia a la predicción del futuro y desarrollaron diversos
métodos para conocer la voluntad de los dioses.
Uno de ellos era recurrir a los adivinos; pero el método más popular
para conocer las decisiones de los dioses consistía en consultar los oráculos,
templos en los cuales sacerdotes o sacerdotisas, consagrados a un dios,
comunicaban a los fieles los designios de la divinidad.
El más importante de los oráculos fue el de Delfos, dedicado al dios
Apolo. Las consultas se efectuaban en fechas fijas, según el calendario
religioso del dios, y a quienes acudían se les cobraba un impuesto acorde con
el tipo de asunto que querían consultar. Después de un sacrificio ritual, los
fieles eran admitidos en el templo, y los sacerdotes conducían a la Pitia –como llamaban a la
sacerdotisa– hasta una habitación en la que sólo ella podía ingresar. Desde
allí, transmitía los oráculos que Apolo le inspiraba.
Cómo procedía la sacerdotisa para dar sus oráculos es aún un misterio.
Algunos afirman que entraba en un trance hipnótico provocado por los vapores de
ciertas hierbas que se quemaban en la habitación; otros sostienen que masticaba
hojas de laurel, que tenían un efecto tóxico...; pero nada de esto ha podido
ser comprobado.
A menudo, los oráculos estaban formulados en forma de acertijos que
era necesario descifrar. Estas historias con juegos de ingenio eran muy
apreciadas por los griegos, quienes muchas veces las coleccionaban.
Tanta autoridad tenían los oráculos para los griegos, y también para
los pueblos vecinos, que desde las cuestiones particulares hasta los asuntos de
Estado se decidían según las profecías de los oráculos.
Los mitos griegos han sido estudiados por la Filología, ya que dieron
origen a muchas palabras. Se los ha investigado también desde el punto de vista
de la Historia,
la Psicología
y la Literatura. Pero,
sin excluir el valor de las conclusiones de estas disciplinas, en general, se
ha dejado de lado un aspecto esencial: su relación con lo sagrado dentro del
contexto de la civilización griega. Este trabajo ha tratado, sumariamente, de
revalorizar la mitología como parte de la religión de ese magnífico pueblo que
fue la cuna de la civilización occidental: los griegos.
MiNota
de la editora: se consignan, en la bibliografía, las
fuentes de los mitos seleccionados. En Cuarto de herramientas, se
incluye un breve diccionario mitológico en el que figuran los dioses mencionados
en los relatos, de modo de evitar que excesivas notas al pie de página
entorpezcan la lectura. En la misma sección, ofrecemos un mapa arqueológico de
Grecia.
Orfeo canta.
Canta recorriendo las praderas y los bosques de su país, Tracia.
Acompaña su canto con una lira, instrumento que él perfeccionó agregándole dos
cuerdas... Hoy la lira posee nueve cuerdas. ¡Nueve cuerdas... en homenaje a
las nueve musas!
El canto de Orfeo es tan bello, que las piedras del camino se apartan
para no lastimarlo, las ramas de los árboles se inclinan hacia él, y las flores
se apuran a abrir sus capullos para escucharlo mejor.
De repente, Orfeo se detiene: frente a él, hay una muchacha de gran
belleza. Sentada en la ribera del río Peneo, está peinando su larga cabellera.
Pero se detiene con la llegada del viajero. Ella viste sólo una túnica ligera,
al igual que las náyades que habitan las fuentes. Orfeo y la ninfa se
encuentran cara a cara un instante, sorprendidos y encandilados uno por el
otro.
—¿Quién eres, hermosa desconocida? —le pregunta al fin Orfeo,
acercándose a ella.
—Soy Eurídice, una hamadríade.
Por el extraño y delicioso dolor que le atraviesa el corazón, Orfeo
comprende que el amor que siente por esta bella ninfa es inmenso y definitivo.
—¿Y tú? —pregunta, por fin, Eurídice—. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Orfeo. Mi madre es la musa Calíope y mi padre, Apolo, ¡el
dios de la Música!
Soy músico y poeta.
Haciendo sonar algunos acordes en su instrumento —cuerdas tendidas en
un magnífico caparazón de tortuga—, agrega:
—¿Ves esta lira? La inventé yo y la he llamado cítara.
—Lo sé. ¿Quién no ha oído hablar de ti, Orfeo?
Orfeo se hincha de orgullo. La modestia no es su fuerte. Le encanta
que la ninfa conozca su fama.
—Eurídice —murmura inclinándose ante ella—, creo que Eros me ha
lanzado una de sus flechas...
Eros es el dios del Amor. Halagada y encantada, Eurídice estalla en
una carcajada.
—Soy sincero —insiste Orfeo—. ¡Eurídice, quiero casarme contigo!
Pero escondido entre los juncos de la ribera, hay alguien que no se ha
perdido nada de la escena. Es otro hijo de Apolo: Aristeo, que es apicultor y
pastor. Él también ama a Eurídice, aunque la bella ninfa siempre lo rechazó. Se
muerde el puño para no gritar de celos. Y jura vengarse...
¡Hoy se casan Orfeo y Eurídice!
La fiesta está en su apogeo a orillas del río Peneo. La joven novia ha
invitado a todas las hamadríades, que están bailando al son de la cítara de
Orfeo. De golpe, para hacer una broma a su flamante esposo, exclama:
—¿Podrás atraparme?
Riendo, se echa a correr entre los juncos. Abandonando su cítara,
Orfeo se lanza en su persecución. Pero la hierba está alta, y Eurídice es
rápida. Una vez que su enamorado queda fuera de su vista, se precipita en un
bosquecillo para esconderse. Allí, la apresan dos brazos vigorosos. Ella grita
de sorpresa y de miedo.
—No temas —murmura una voz ronca—. Soy yo: Aristeo.
—¿Qué quieres de mí, maldito pastor? ¡Regresa con tus ovejas, tus
abejas y tus colmenas!
—¿Por qué me rechazas, Eurídice?
—¡Suéltame! ¡Te desprecio! ¡Orfeo! ¡Orfeo!
—Un beso... Dame un solo beso, y te dejaré ir.
Con un ademán brusco, Eurídice se desprende del abrazo de Aristeo y
regresa corriendo a la ribera del Peneo. Pero el pastor no se da por vencido y
la persigue de cerca.
En su huida, Eurídice pisa una serpiente. La víbora hunde sus
colmillos en la pantorrilla de la muchacha.
—¡Orfeo! —grita haciendo muecas de dolor.
Su novio acude. Entonces, Aristeo cree más prudente alejarse.
—¡Eurídice! ¿Qué ha ocurrido?
—Creo... que me mordió una serpiente.
Orfeo abraza a su novia, cuya mirada se nubla. Pronto acuden de todas
partes las hamadríades y los invitados.
—Eurídice... te suplico, ¡no me dejes!
—Orfeo, te amo, no quiero perderte...
Son las últimas palabras de Eurídice. Jadea, se ahoga. Es el fin, el
veneno ha hecho su trabajo. Eurídice ha muerto.
Alrededor de la joven muerta, resuenan ahora lamentos, gritos y
gemidos.
Orfeo quiere expresar su dolor: toma su lira e improvisa un canto
fúnebre que las hamadríades repiten en coro. Es una queja tan conmovedora que
las bestias salen de sus escondites, se acercan hasta la hermosa difunta y unen
sus quejas a las de los humanos. Es un canto tan triste y tan desgarrador que,
del suelo, surgen aquí y allá miles de fuentes de lágrimas.
—¡Es culpa de Aristeo! —acusa de golpe una de las hamadríades.
—Es verdad. ¡He visto cómo la perseguía!
—Malvado Aristeo... ¡Destruyamos sus colmenas!
—Sí. Matemos todas sus abejas. ¡Venguemos a nuestra amiga Eurídice!
Orfeo no tiene consuelo. Asiste a la ceremonia fúnebre sollozando.
Las hamadríades, emocionadas, le murmuran:
—Vamos, Orfeo, ya no puedes hacer nada. Ahora, Eurídice se encuentra a
orillas del río de los infiernos, donde se reúnen las sombras.
Al oír estas palabras, Orfeo se sobresalta y exclama:
—Tienen razón. Está allí. ¡Debo ir a buscarla!
A su alrededor, se escuchan algunas protestas asombradas. ¿El dolor
había hecho a Orfeo perder la razón? ¡El reino de las sombras es un lugar del
que nadie vuelve! Su soberano, Hades, y el horrible monstruo Cerbero, su perro
de tres cabezas, velan por que los muertos no abandonen el reino de las
tinieblas.
—Iré —insiste Orfeo—. Iré y la arrancaré de la muerte. El dios de los
infiernos consentirá en devolvérmela. ¡Sí, lo convenceré con el canto de mi
lira y con la fuerza de mi
amor!
La entrada en los infiernos es una gruta que se abre sobre el cabo
Ténaro. ¡Pero aventurarse allí sería una locura!
Orfeo se ha atrevido a apartar la enorme roca que tapa el orificio de
la caverna; se ha lanzado sin temor en la oscuridad. ¿Desde hace cuánto tiempo
que camina por este estrecho sendero? Enseguida, gemidos lejanos lo hacen
temblar. Luego, aparece un río subterráneo: el Aqueronte, famoso río de los
dolores...
Orfeo sabe que esa corriente de agua desemboca en la laguna Estigia,
cuyas orillas están pobladas por las sombras de los difuntos. Entonces, para
darse ánimo, entona un canto con su lira. ¡Y sobreviene el milagro: las almas
de los muertos dejan de gemir, los espectros acuden en muchedumbre para oír a
este audaz viajero que viene del mundo de los vivos!
De repente, Orfeo ve a un anciano encaramado sobre una embarcación.
Interrumpe su canto para llamarlo:
—¿Eres tú, Caronte? ¡Llévame hasta Hades!
Subyugado tanto por los cantos de Orfeo como por su valentía, el
barquero encargado de conducir las almas al soberano del reino subterráneo hace
subir al viajero en su barca. Poco después, lo deja en la otra orilla, frente
a dos puertas de bronce monumentales. ¡Allí están, cada uno en su trono, el
temible dios de los infiernos y su esposa Perséfone! A su lado, el repulsivo
can Cerbero abre las fauces de sus tres cabezas; sus ladridos llenan la
caverna.
Hades mira despectivo al intruso:
—¿Quién eres tú para atreverte a desafiar al dios de los infiernos?
Entonces, Orfeo canta. Acompañando el canto con su lira, alza una
súplica en tono desgarrador:
—Noble Hades, ¡mi valentía nace solamente de la fuerza de mi amor! De
mi amor hacia la bella Eurídice, que me ha sido arrebatada el día mismo de mi
boda. Ahora, ella está en tu reino. Y vengo, poderoso dios, a implorar tu
clemencia. ¡Sí, devuélveme a mi Eurídice! Déjame regresar con ella al mundo de
los vivos.
Hades vacila antes de echar a este atrevido. Vacila, pues incluso el
terrible Cerbero parece conmovido por ese ruego: el monstruo ha dejado de
ladrar. ¡Se arrastra por el suelo, gimiendo!
—¿Sabes, joven imprudente —declara Hades señalando las puertas— que
nadie sale de los infiernos? ¡No debería dejarte ir!
—¡Lo sé! —respondió Orfeo—. ¡No temo a la muerte! Puesto que he
perdido a mi Eurídice, perdí toda razón de vivir. ¡Y si te niegas a dejarme
partir con ella, permaneceré entonces aquí, a su lado, en tus infiernos!
Perséfone se inclina hacia su esposo para murmurarle algunas palabras
al oído. Hades agacha la cabeza, indeciso. Por fin, tras una larga reflexión,
le dice a Orfeo:
—Y bien, joven temerario, tu valor y tu pena me han conmovido. Que
así sea: acepto que partas con tu Eurídice. Pero quiero poner tu amor a
prueba...
Una oleada de alegría y de gratitud invade a Orfeo.
—¡Ah, poderoso Hades! ¡La más terrible de las condiciones será más
dulce que la crueldad de nuestra separación! ¿Qué debo hacer?
—No darte vuelta para mirar a tu amada hasta tanto no hayan
abandonado mis dominios. Pues serás tú mismo quien la conduzca fuera de aquí.
¿Me has comprendido bien? ¡No debes mirarla ni hablarle! Si desobedeces, Orfeo,
¡perderás a Eurídice para siempre!
Loco de alegría, el poeta se inclina ante los dioses.
—Ahora vete, Orfeo. Pero no olvides lo que he decretado.
Orfeo ve que las dos hojas de la pesada puerta de bronce se entreabren
chirriando.
—¡Camina delante de ella! ¡No tienes derecho a verla!
Rápidamente, Orfeo toma su lira y se dirige hacia la barca de Caronte.
Lo hace lentamente, para que Eurídice pueda seguirlo. ¿Pero, cómo estar seguro?
La angustia, la incertidumbre le arrancan lágrimas de los ojos. Está a punto
de exclamar: "¡Eurídice!", pero recuerda a tiempo la recomendación
del dios y se cuida de no abrir la boca. Apenas sube a la barca de Caronte,
siente que la embarcación se bambolea por segunda vez. ¡Eurídice, pues, se ha
unido a él! Refunfuñando por el sobrepeso, el viejo barquero emprende el camino
contra la corriente.
Finalmente, Orfeo desciende en tierra y se lanza hacia el camino que conduce al mundo de los vivos...
Pronto, se detiene para oír. A pesar de las corrientes de aire que soplan en la
caverna, adivina el roce de un vestido y el ruido de pasos de mujer que siguen
por el mismo sendero. ¡Eurídice! ¡Eurídice! Escala las rocas de prisa para reunirse
con ella lo antes posible. Pero, ¿y si se está adelantando demasiado? ¿Y si
ella se extravía?
Dominando su impaciencia, disminuye la velocidad de su andar, atento a
los ruidos que, a sus espaldas, indican que Eurídice lo está siguiendo. Pero
cuando vislumbra la entrada de la caverna a lo lejos, una espantosa duda lo
asalta: ¿y si no fuera Eurídice? ¿Y si Hades lo ha engañado? Orfeo conoce la
crueldad de la que son capaces los dioses, ¡sabe cómo estos pueden burlarse de
los desdichados humanos! Para darse ánimo, murmura:
—Vamos, sólo faltan algunos pasos...
Con el corazón palpitante, Orfeo da esos pasos. ¡Y de un salto, llega
al aire libre, a la gran luz del día!
—Eurídice... ¡por fin!
No aguanta más y se da vuelta.
Y ve, en efecto, a su amada.
En la penumbra.
Pues, a pesar de que sigue sus pasos, ella aún no ha franqueado los
límites del tenebroso reino. Y Orfeo comprende súbitamente su imprudencia y su
desgracia.
—Eurídice... ¡no!
Es demasiado tarde: la silueta de Eurídice ya se desdibuja, se diluye
para siempre en la oscuridad. Un eco de su voz lo alcanza:
—Orfeo... ¡adiós, mi tierno amado!
El enorme bloque se cierra sobre la entrada de la caverna. Orfeo sabe
que es inútil desandar el camino de los infiernos.
—Eurídice... ¡Por mi culpa te pierdo una segunda vez!
Orfeo está de vuelta en su país, Tracia. Ha contado sus desdichas a
todos aquellos que cruzó en su camino. La conciencia de su culpabilidad hace
que su desesperación sea ahora más intensa que antes.
—Orfeo —le dicen las hamadríades—, piensa en el porvenir, no mires
hacia atrás... Tienes que aprender a olvidar.
—¿Olvidar? ¿Cómo olvidar a Eurídice? No es mi atrevimiento lo que los
dioses han querido castigar, sino mi excesiva seguridad.
La desaparición de Eurídice no ha privado a Orfeo de su necesidad de
cantar: día y noche quiere comunicar a todos su dolor infinito... Y los
habitantes de Tracia no tardan en quejarse de ese duelo molesto y constante.
—¡De acuerdo! —declara Orfeo—. Voy a huir del mundo. Voy a retirarme
lejos del sol y de las bondades de Grecia. ¡Así, ya nadie me oirá cantar ni
gemir!
Siete meses más tarde, Orfeo llega al monte Pangeo. Allí, alegres
clamores indican que una fiesta está en su plenitud. Bajo inmensas tiendas de
tela, beben numerosos convidados. Algunos, ebrios, cortejan de cerca a mujeres
que han bebido mucho también. Cuando Orfeo está dispuesto a seguir su camino,
unas muchachas lo llaman:
—¡Ven a unirte a nosotros, bello viajero!
—¡Qué magnífica lira! ¿Así que eres músico? ¡Canta para nosotros!
—Sí. ¡Ven a beber y a bailar en honor de Baco, nuestro amo!
Orfeo reconoce a esas mujeres: son las bacantes; sus banquetes
terminan, a menudo, en bailes desenfrenados. Y Orfeo no tiene ánimo para bailar
ni para reír.
—No. Estoy de duelo. He perdido a mi novia.
—¡Una perdida, diez encontradas! —exclamó en una carcajada una de las
bacantes, señalando a su grupo de amigas—. ¡Toma a una de nosotras por
compañera!
—Imposible. Nunca podría amar a otra.
—¿Quieres decir que no nos crees lo suficientemente hermosas?
—¿Crees que ninguna de nosotras es digna de ti?
Orfeo no responde, desvía la mirada y hace ademán de partir. Pero las
bacantes no están dispuestas a permitírselo.
—¿Quién es este insolente que nos desprecia?
—¡Hermanas, debemos castigar este desdén!
Antes de que Orfeo pueda reaccionar, las bacantes se lanzan sobre él.
Orfeo no tiene ni energía ni deseos de defenderse. Desde que ha perdido a
Eurídice, el infierno no lo atemoriza, y la vida lo atrae menos que la muerte.
Alertados por el alboroto, los convidados acuden y dan fin al
infortunado viajero que se atrevió a rechazar a las bacantes. En su
ensañamiento, las mujeres furiosas desgarran el cuerpo del desdichado poeta.
Una de ellas lo decapita y se apodera de su cabeza, la toma por el cabello y la
arroja al río más cercano. Otra recoge su lira y también la tira al agua.
La noticia de la muerte de Orfeo se extiende por toda Grecia.
Cuando las musas se enteran, acuden al monte Pangeo, que las bacantes
ya habían abandonado. Piadosamente, las musas recogen los restos del músico.
—¡Vamos a enterrarlo al pie del monte Olimpo! —deciden—. Le
edificaremos a Orfeo un templo digno de su memoria.
—¿Pero, y su cabeza? ¿Y su lira?
—Ay, no las hemos encontrado.
Nadie volvió a ver jamás la cabeza
de Orfeo ni su lira.
Pero durante la noche, cuando uno pasea por las orillas del río, a
veces, sube un canto de asombrosa belleza. Parece una voz acompañada por una
lira.
Aguzando el oído, se distingue una triste queja.
Es Orfeo llamando a Eurídice.
La
dolorosa historia de Orfeo y de Eurídice es mencionada por los trágicos
griegos, entre ellos Eurípides (siglo V a. C.) en su obra Las
bacantes. Más adelante, esa historia fue tema de muchas óperas, como las de
Claudio Monteverdi (siglo xvii) y
las de Christoph Gluck (siglo xviii).
A Zeus, el más poderoso de los dioses, le gustaba bajar a la Tierra. Disfrazado
de simple viajero, se mezclaba entonces entre los humanos para observarlos,
ponerlos a prueba o seducirlos...
Aquel día, acompañado de su hijo Hermes, que también era su cómplice,
caminaba por las rutas de Frigia. Como caía la noche, las dos divinidades
entraron en un pueblo de casas de rica apariencia.
—¡Ya era hora! —exclamó Hermes señalando el cielo, donde se acumulaban
las nubes.
Zeus se encogió de hombros. La lluvia no le preocupaba, y la tormenta
aún menos: ¿acaso él no comandaba el rayo?
—¡Bueno! —exclamó—, he aquí un pueblo que me parece próspero. Veamos
si sus habitantes nos ofrecen un techo...
Justamente, el dueño de una lujosa mansión estaba por entrar en su
morada. Zeus se dirigió a él:
—Noble señor, ¿aceptarías brindar hospitalidad a estos dos viajeros
rendidos?
El hombre apenas miró a los desconocidos. Se apresuró a entrar en su
casa y cerró la puerta, cuyo pestillo de madera cayó pesadamente. Ante el
rostro desconcertado de su padre, Hermes estalló en una carcajada. Señaló sus
vestimentas y dijo:
—¡Hay que decir que con estas ropas ridículas no inspiramos demasiado
respeto! ¿Quién creería que son dioses los que se esconden detrás de estos
harapos?
Llamaron a la puerta de la segunda casa, cuya fachada era tan opulenta como la
de la primera. Transcurrió un largo rato hasta que apareció, en el hueco de la
puerta, el rostro de un hombre maduro. Bordados de plata adornaban su túnica.
—¿Qué pasa? —gruñó mirándolos de arriba abajo desconfiado—. ¿Quiénes
son ustedes?
—Extranjeros que pedimos...
—¿Extranjeros? ¡Sigan de largo!
Con estas cálidas palabras, el dueño de casa les cerró la puerta en la
cara. Ya comenzaban a caer las gotas de lluvia.
—Padre —dijo Hermes—, ¿no crees que deberíamos regresar al Olimpo? Mis
sandalias aladas...
—Llama a esta otra puerta.
Suspirando, Hermes obedeció. Esta vez, les abrió un joven esclavo; su expresión era temerosa y, sobre sus
hombros, se adivinaban marcas de latigazos.
—¡Ah, joven! —exclamó Zeus—. Mi hijo y yo estamos extenuados. ¿Tu amo
nos concedería su hospitalidad?
Los dioses vieron en la sala principal una enorme mesa bien provista
alrededor de la cual numerosos comensales celebraban un festín. Se oían cantos
y risas. El joven esclavo les susurró:
—¡Ay, las consignas son estrictas! Sólo debo dejar entrar a los
invitados. Mi amo odia a los intrusos.
—No se enterará de nada —dijo Hermes, sacando una moneda de su
bolsillo—. Seremos discretos. ¡Y un lugar en el establo nos bastará!
—Imposible... Oh, creo que ahí viene. ¡Aléjense antes de que los eche
con sus perros!
La lluvia, ahora, era intensa.
—Padre —protestó Hermes—, ¿por qué obstinarnos? ¡Vistamos, al menos,
nuestros mejores trajes! Ya que no logramos despertar compasión, inspiremos
confianza.
—De ninguna manera. Quiero saber hasta dónde llegan el egoísmo y la
arrogancia de la gente de este pueblo.
Al cabo de una hora, ya sabían a qué atenerse: ninguno de los
habitantes del pueblo los había invitado a entrar. A veces, se habían limitado
a gritarles, desde detrás de la puerta cerrada, que buscaran hospitalidad en
otro sitio; otras veces, a pesar de que luces y voces indicaban que la vivienda
se hallaba habitada, no habían obtenido respuesta a sus llamados y a sus
repetidos golpes.
Zeus se sentía herido.
—¿Cómo castigar a estos groseros?
—Nos estamos empapando. ¡Regresemos al Olimpo!
—Espera. Todavía, queda una última casa...
—¿Esa choza miserable, a un lado del camino?
—Mira: se filtra una pálida luz por la ventana.
Se acercaron y llamaron a la puerta. Les abrió una pareja de ancianos.
A juzgar por su delgadez, no debían saciar su hambre todos los días. Pero su
rostro expresaba dulzura y calma. La mujer, preocupada, les dijo enseguida:
—¡Desdichados, afuera bajo la lluvia, a esta hora! Entren rápido a
secarse.
Los dioses disfrazados se instalaron frente a la chimenea. El dueño de
casa tomó el último leño de una magra pila de madera para arrojarlo al hogar y
reavivar el fuego. Zeus hizo notar a su hijo el altar doméstico donde habían
depositado algunas ofrendas, prueba de que esos humanos honraban, a menudo, a
los dioses.
—Cuando hayan entrado en calor —dijo su anfitrión mostrando la mesa—,
compartirán nuestra comida. Desgraciadamente, será modesta: no tenemos más que
un poco de sopa y pan para ofrecerles. ¿Baucis, puedes agregar dos cuencos?
La anciana obedeció mientras su marido partía el pan en cuatro,
reservando las partes más grandes para sus invitados.
—¿Filemón? —exclamó de golpe la mujer—. Estoy pensando: nuestro
ganso...
—Tienes razón, Baucis —respondió el anciano sonriendo—. No nos
atrevíamos a matarlo, ¡pero esta es una buena ocasión!
Conmovidos por la amabilidad de su anfitrión, los dioses quisieron
impedírselo, pero este ya había salido en su busca. Al volver, sostenía por las
patas a un ganso tan delgado como sus dueños. El animal, que debía comprender
lo que le esperaba, chillaba con desesperación.
Hasta entonces, Zeus y Hermes no habían reaccionado. De común acuerdo,
decidieron revelar su identidad. Cambiaron de repente sus harapos empapados por
trajes secos y dignos de su condición. Sus anfitriones, todavía, no habían
visto nada de ese prodigio: ¡estaban demasiado ocupados corriendo detrás de su
ganso! En efecto, el ave se les acababa de escapar y corría revoloteando por
la habitación. ¡Y tenía más energía que los dos ancianos que se habían lanzado
tras él! Finalmente, terminó por refugiarse entre las piernas de los dioses,
sentados cerca del hogar. Fue recién en ese instante cuando Filemón y Baucis
notaron los lujosos ropajes de sus visitantes y la nobleza de su porte.
Estupefactos, comprendieron que no habían albergado a dos viajeros comunes y se
prosternaron a sus pies. Con voz temblorosa, Filemón balbuceó:
—¡Nobles señores, sé que esta pobre cena es indigna de ustedes! Si me
ayudaran a recuperar el ganso...
—Generoso Filemón —dijo Zeus levantándose—, me niego a que sacrifiques
a este animal. Y a ti, Baucis, te agradezco esta comida que querías compartir
con nosotros. ¡Que esté a la altura de su acogida!
En un segundo, la mesa se cubrió de carnes jugosas, de aves asadas y
de vajilla de plata que desbordaba de delicados manjares. Los dos ancianos,
que jamás habían visto nada parecido, abrieron desmesuradamente los ojos.
—Sepan, Filemón y Baucis, que se encuentran ante Zeus y Hermes. Esta
noche, compartirán la cena habitual de los dioses...
Los ancianos asistieron, sin duda, al festín más grande de sus vidas.
Pero si Zeus y Hermes habían querido recompensar la hospitalidad de la pareja,
también buscaban castigar la ingratitud de aquellos que se la habían negado.
Una vez terminada la comida, condujeron en la oscuridad a Filemón y a Baucis
fuera de la cabaña. Dóciles y temblorosos, unieron sus manos como si temieran
perderse.
La lluvia había cesado. Aunque, en realidad, sólo había dejado de caer
sobre sus cabezas y, en cambio, parecía haberse redoblado en la llanura que
acababan de abandonar. Con su índice que señalaba las nubes, Zeus hizo
resurgir los rayos; tronó el cielo; y un verdadero diluvio se abatió sobre el
pueblo. Abrazados uno a otro, Filemón y Baucis se preguntaban acerca del
destino que los dioses les reservaban.
Cuando llegó el alba, ya no quedaba nada del pueblo. Y una vez que las
aguas se retiraron, sólo emergió el techo de una choza.
—¡Nuestra cabaña! —exclamaron Filemón y Baucis.
—¡Que, de ahora en más, sea un templo! —decretó Zeus.
De inmediato, delante de los ojos pasmados de los ancianos, la pobre
casucha se transformó en un magnífico monumento de columnas de mármol.
—Ahora —les dijo Zeus—, quiero demostrarles mi agradecimiento.
¡Expresen sus deseos, y se cumplirán!
Sorprendidos, Filemón y Baucis se consultaron con la mirada.
—Dios poderoso —respondió, al fin, Filemón—, déjanos convertirnos en
los guardianes de este templo, así podremos honrarte durante mucho tiempo.
Hermes no pudo evitar una broma:
—¿Mucho tiempo? ¿Pero cuántos años más esperas vivir?
—Y bien, gran Zeus —agregó entonces la anciana Baucis—, permíteme
sumar un deseo al de mi esposo: me gustaría vivir todavía la mayor cantidad de
tiempo posible junto a él.
Zeus reflexionó. Buscaba la manera de complacer el extraño pedido de
aquellos ancianos. Sólo los dioses —y, en muy rara ocasión, los héroes— podían
aspirar a la inmortalidad.
—¿Cómo? —se asombró Hermes—. ¿No están cansados el uno del otro?
—No —respondió Baucis sonriendo—. Cuando nos conocimos y nos
enamoramos, no éramos más que niños. Desde entonces, jamás nos hemos separado.
—Y durante todos estos años —preguntó Zeus—, ¿no sintieron ganas de
separarse después de una pelea...?
—No —confesó Filemón—. La
Discordia, esa divinidad malhechora, nos ha evitado siempre.
De repente, Zeus comprendió por qué esa pareja enternecedora los había
albergado tan espontáneamente: los ancianos se amaban. Quizá, residía allí el
secreto de su hospitalidad. Quien no puede brindar amor a quien está a su lado,
¿cómo podría brindarlo a desconocidos? Al unísono, los ancianos concluyeron:
—¡Nuestro deseo más entrañable es morir al mismo tiempo!
Hermes dirigió a su padre una mirada divertida. Por una vez, simples
humanos daban a los dioses una lección de humildad. Zeus, en efecto, se peleaba
a menudo con Hera, su esposa...
—¡Que así sea! —decretó Zeus, tan conmovido como impresionado—. Me
comprometo, Filemón y Baucis, a cumplir sus deseos.
Entonces, atravesó el cielo un rayo enceguecedor.
Cuando, por fin, los dos ancianos pudieron abrir los ojos, estaban
solos en la colina.
Aún turbados por los recientes acontecimientos, dudaron largo tiempo
antes de retornar a la llanura donde se erigía el templo que sería su nueva
morada. Y al llegar, tuvieron la sorpresa de ser recibidos por un ave que
avanzaba hacia ellos contoneándose con satisfacción.
En su generosidad, Zeus había salvado al ganso.
Pasaron los años.
Tan fieles a su palabra como a su amor, Filemón y Baucis fueron hasta
el fin los guardianes del templo de Zeus. Los peregrinos que volvían año tras
año comprobaban, asombrados,
que el paso del tiempo no tenía poder alguno sobre esos ancianos
acogedores y generosos.
Pero como Filemón y Baucis eran simples mortales, fue necesario que
Zeus pusiera término a sus vidas. Un día que estaban tomados de la mano cerca
del templo, constataron que sus cuerpos se iban endureciendo como si fueran de
piedra. Al poco tiempo, eran incapaces de moverse. Este hecho no alteró la serenidad
de ambos.
—Creo que es el fin —dijo Filemón—. Baucis, te amo.
—Es el fin —respondió Baucis—. Te he amado siempre.
Fueron las últimas palabras que pronunciaron.
Poco a poco, sus cuerpos se cubrieron de corteza. Sus rostros se
transformaron en follaje. Sus manos se convirtieron en ramas y sus dedos, en
otras ramas, pero más pequeñas. Y, puesto que se encontraban muy cerca uno del
otro, sus follajes se enlazaron en el mismo tierno verdor.
Se volvieron tan altos y tan bellos que, enseguida, sus sombras
confundidas recubrieron el templo.
¿Cuántos siglos vivieron así, uno junto a otro? Nadie lo sabe. Con el
tiempo, el templo todo terminó por convertirse en ruinas. Pero aún hoy, donde
se encontraba Frigia, dicen que se puede ver un viejo tilo junto a un roble
milenario.
Viajero, si un día pasas por allí, y ves un tilo y un roble cerca de
algunas antiguas piedras, piensa que la vegetación es como la hospitalidad: se
cultiva y se renueva. Y recuerda la historia de Filemón y de Baucis.
La historia de Filemón y de Baucis la relata el poeta latino Ovidio
(siglo i) en sus Metamorfosis.
Aquella noche, Egeo, el anciano rey de Atenas, parecía tan triste y
tan preocupado que su hijo Teseo le preguntó:
—¡Qué cara tienes, padre...! ¿Acaso te aflige algún problema?
—¡Ay! Mañana es el maldito día en que debo, como cada año, enviar
siete doncellas y siete muchachos de nuestra ciudad al rey Minos, de Creta.
Esos desdichados están condenados...
—¿Condenados? ¿Para expiar qué crimen deben, pues, morir?
—¿Morir? Es bastante peor: ¡serán devorados por el Minotauro!
Teseo reprimió un escalofrío. Tras haberse ausentado durante largo
tiempo de Grecia, acababa de llegar a su patria; sin embargo, había oído hablar
del Minotauro. Ese monstruo, decían, poseía el cuerpo de un hombre y la cabeza
de un toro; ¡se alimentaba de carne humana!
—¡Padre, impide esa infamia! ¿Por qué dejas perpetuar esa odiosa
costumbre?
—Debo hacerlo —suspiró Egeo—. Mira, hijo mío, he perdido tiempo atrás
la guerra contra el rey de Creta. Y, desde entonces, le debo un tributo: cada
año, catorce jóvenes atenienses sirven de alimento a su monstruo...
Con el ardor de la juventud, Teseo exclamó:
—En tal caso, ¡déjame partir a esa isla! Acompañaré a las futuras
víctimas. Enfrentaré al Minotauro, padre. Lo venceré. ¡Y quedarás libre de esa
horrible deuda!
Con estas palabras, el viejo Egeo tembló y abrazó a su hijo.
—¡Nunca! Tendría demasiado miedo de perderte.
Una vez, el rey había estado a punto de envenenar a Teseo sin saberlo;
se trataba de una trampa de Medea, su segunda esposa, que odiaba a su hijastro.
—No. ¡No te dejaré partir! Además, el Minotauro tiene fama de
invencible. Se esconde en el centro de un extraño palacio: ¡el laberinto! Sus
pasillos son tan numerosos y están tan sabiamente entrelazados que aquellos que
se arriesgan no descubren nunca la salida. Terminan dando con el monstruo...
que los devora.
Teseo era tan obstinado como intrépido. Insistió, se enojó, y luego, gracias a sus demostraciones
de cariño y a su persuasión, logró que el viejo rey Egeo, muerto de pena,
terminara cediendo.
A la mañana, Teseo se dirigió con su padre al Pireo, el puerto de
Atenas. Estaban acompañados por jóvenes para quienes sería el último viaje. Los
habitantes miraban pasar el cortejo; algunos gemían, otros mostraban el puño a
los emisarios del rey Minos que encabezaban la siniestra fila.
Pronto, la tropa llegó a los muelles donde había una galera de velas
negras atracada.
—Llevan el duelo —explicó el rey—. Ah... hijo mío... si regresas
vencedor, no olvides cambiarlas por velas blancas. ¡Así sabré que estás vivo
antes de que atraques!
Teseo se lo prometió; luego, abrazó a su padre y se unió a los
atenienses en la nave.
Una noche, durante el viaje, Poseidón, el dios de los mares, se
apareció en sueños a Teseo. Sonreía.
—¡Valiente Teseo! —le dijo—. Tu valor es el de un dios. Es normal:
eres mi hijo con el mismo título que eres el de Egeo...
Teseo oyó por primera vez el relato de su fabuloso nacimiento.
—¡Al despertar, sumérgete en el mar! —le recomendó Poseidón—.
Encontrarás allí un anillo de oro que el rey Minos ha perdido antaño.
Teseo emergió del sueño. Ya era de día A lo lejos ya se divisaban las
riberas de Creta.
Entonces, ante sus compañeros estupefactos, Teseo se arrojó al agua.
Cuando tocó el fondo, vio una joya que brillaba entre los caracoles. Se apoderó
de ella, con el corazón palpitante. De modo que todo lo que le había revelado
Poseidón en sueños era verdad: ¡él era un semidiós!
Este descubrimiento excitó su coraje y reforzó su voluntad.
Cuando el navío tocó el puerto de Cnosos, Teseo divisó entre la
multitud al soberano, rodeado de su corte. Fue a presentarse:
—Te saludo, oh poderoso Minos. Soy Teseo, hijo de Egeo.
—Espero que no hayas recorrido todo este camino para implorar mi
clemencia —dijo el rey mientras contaba con cuidado a los catorce atenienses.
—No. Sólo tengo un anhelo: no abandonar a mis compañeros.
Un murmullo recorrió el entorno del rey. Desconfiado, este examinó al
recién llegado. Reconociendo el anillo de oro que Teseo llevaba en el dedo, se
preguntó, estupefacto, gracias a qué prodigio el hijo de Egeo había podido
encontrar esa joya. Desconfiado, refunfuñó:
—¿Te gustaría enfrentar al Minotauro? En tal caso, deberás hacerlo con
las manos vacías: deja tus armas.
Entre quienes acompañaban al rey se encontraba Ariadna, una de sus
hijas. Impresionada por la temeridad del príncipe, pensó con espanto que pronto
iba a pagarla con su vida. Teseo había observado durante un largo tiempo a
Ariadna. Ciertamente, era sensible a su belleza. Pero se sintió intrigado
sobre todo por el trabajo de punto que llevaba en la mano.
—Extraño lugar para tejer —se dijo.
Sí, Ariadna tejía a menudo, cosa que le permitía reflexionar. Y sin
sacarle los ojos de encima a Teseo, una loca idea germinaba en ella...
—Vengan a comer y a descansar —decretó el rey Minos—. Mañana serán
conducidos al laberinto.
Teseo se despertó de un sobresalto: ¡alguien había entrado en la
habitación donde estaba durmiendo! Escrutó en la oscuridad y lamentó que le
hubieran quitado su espada. Una silueta blanca se destacó en la sombra. Un
ruido familiar de agujas le indicó la identidad del visitante:
—No temas nada. Soy yo: Ariadna.
La hija del rey fue hasta la cama, donde se sentó. Tomó la mano del
muchacho.
—¡Ah, Teseo —le imploró—, no te unas a tus compañeros! Si entras en
el laberinto, jamás saldrás de él. Y no quiero que mueras...
Por los temblores de Ariadna, Teseo adivinó qué sentimientos la habían
empujado a llegar hasta él esa noche. Perturbado, murmuró:
—Sin embargo, Ariadna, es necesario. Debo vencer al Minotauro.
—Es un monstruo. Lo detesto. Y, sin embargo, es mi hermano...
—¿Cómo? ¿Qué dices?
—Ah, Teseo, déjame contarte una historia muy singular...
La muchacha se acercó al héroe para confiarle:
—Mucho antes de mi nacimiento, mi padre, el rey Minos, cometió la
imprudencia de engañar a Poseidón: le sacrificó un miserable toro flaco y
enfermo en vez de inmolarle el magnífico animal que el dios le había enviado.
Poco después, mi padre se casó con la bella Pasífae, mi madre. Pero Poseidón
rumiaba su venganza. En recuerdo de la antigua afrenta que se había cometido
contra él, le hizo perder la cabeza a Pasífae y la indujo a enamorarse... ¡de
un toro! ¡La desdichada llegó, incluso, a mandar construir una carcasa de vaca
con la cual se disfrazaba, para unirse al animal que amaba!
—¡Qué horrible estratagema!
—La continuación, Teseo, la adivinas —concluyó Ariadna temblando—. Mi
madre dio nacimiento al Minotauro. Mi padre no podía decidirse a matar a ese
monstruo; pero quiso esconderlo para siempre de la vista de todos. Convocó al
más hábil de los arquitectos, Dédalo, que concibió el famoso laberinto...
Impresionado por este relato, Teseo no sabía qué decir.
—No creas —agregó Ariadna— que quiero salvar al Minotauro. ¡Ese
devorador de hombres merece mil veces la muerte!
—Entonces, lo mataré.
—Si llegaras a hacerlo, nunca encontrarías la salida del laberinto.
Un largo silencio se produjo en la noche. De repente, la muchacha se
acercó aún más al joven y le dijo:
—¿Teseo? ¿Si te facilitara el medio de encontrar la salida del
laberinto, me llevarías de regreso contigo?
El héroe no respondió. Por cierto, Ariadna era seductora, y la hija de
un rey. Pero él había ido hasta esa isla no para encontrar allí una esposa,
sino para liberar a su país de una terrible carga.
—Conozco los hábitos del Minotauro —insistió—. Sé cuáles son sus
debilidades y cómo podrías acabar con él. Pero esa victoria tiene un precio:
¡me sacas de aquí y me desposas!
—De acuerdo. Acepto.
Ariadna se sorprendió de que Teseo aceptara tan rápidamente. ¿Estaba
enamorado de ella? ¿O se sometía a una simple transacción? ¡Qué importaba!
Le confió mil secretos que le permitirían vencer a su hermano al día
siguiente. Y el ruido de su voz se mezclaba con el obstinado choque de sus
agujas: Ariadna no había dejado de tejer.
Frente a la entrada del laberinto, Minos ordenó a los atenienses:
—¡Entren! Es la hora...
Mientras los catorce jóvenes aterrorizados penetraban uno tras otro en
el extraño edificio, Ariadna murmuró a su protegido:
—¡Teseo, toma este hilo y, sobre todo, no lo sueltes! Así, quedaremos
ligados uno con el otro.
Tenía en la mano el ovillo de la labor que no la abandonaba jamás. El
héroe tomó lo que ella le extendía: un hilo tenue, casi invisible. Si bien el
rey Minos no adivinó su maniobra, comprendió que a ese muchacho y a su hija
les costaba mucho separarse.
—¿Y bien, Teseo —se burló—, acaso tienes miedo?
Sin responder, el héroe entró a su vez en el corredor. Muy rápidamente, se
unió a sus compañeros que vacilaban ante una bifurcación.
—¡Qué importa! —les dijo—. Tomen a la derecha.
Desembocaron en un corredor sin salida, volvieron sobre sus pasos,
tomaron el otro camino que los condujo a una nueva ramificación de varios
pasillos.
—Vayamos por el del centro. Y no nos separemos.
Pronto emergieron al aire libre; a los muros del laberinto habían
seguido infranqueables bosquecillos.
—¿Quién sabe? —murmuró uno de los atenienses—. ¿Y si el destino nos
ofreciera la posibilidad de no llegar al Minotauro... sino a la salida?
Ay, Teseo sabía que no sería así: ¡Dédalo había concebido el edificio
de modo tal que se terminaba llegando siempre al centro!
Fue exactamente lo que se produjo. Hacia la noche, cuando sus
compañeros se quejaban de la fatiga y del sueño, Teseo les ordenó de pronto:
—¡Detengámonos! Escuchen. Y además... ¿no oyen nada?
Los muros les devolvían el eco de gruñidos impacientes. Y en el aire
flotaba un fuerte olor a carroña.
—Llegamos —murmuró Teseo—. ¡El antro del monstruo está cerca!
Espérenme y, sobre todo, ¡no se muevan de aquí!
Partió solo, con el hilo de Ariadna siempre en la mano.
De repente, salió a una explanada circular parecida a una arena. Allí
había un monstruo aún más espantoso que todo lo que se había imaginado: un
gigante con cabeza de toro, cuyos brazos y piernas poseían músculos nudosos
como troncos de roble. Al ver entrar a Teseo, mugió un espantoso grito de
satisfacción voraz. Bajo las narinas, su boca abierta babeaba. Debajo de su
cabeza bovina y peluda, apuntaban unos cuernos afilados hacia la presa. Luego,
se lanzó hacia su futura víctima golpeando la arena con sus pezuñas.
El
suelo estaba cubierto de osamentas. Teseo recogió la más grande y la blandió.
En el momento en que el monstruo iba a ensartarlo, se apartó para asestarle en
el morro un golpe suficiente para liquidar a un buey... ¡pero no lo bastante
violento para matar a un Minotauro!
El monstruo aulló de dolor. Sin dejarle tiempo de recuperarse, Teseo
se aferró a los dos cuernos para saltar mejor encima de los hombros peludos.
Así montado, apretó las piernas alrededor del cuello de su enemigo y, con toda
su fuerza, ¡las estrechó! Privado de respiración, el monstruo, furioso, se
debatió. ¡Ya no podía clavar los cuernos en ese adversario que hacía uno con
él! Pataleó, cayó y rodó por el suelo. A pesar de la arena que se filtraba en
sus orejas y en sus ojos, Teseo no soltaba prenda, tal como Ariadna se lo había
recomendado.
Poco a poco, las fuerzas del Minotauro declinaron. Pronto, lanzó un
espantoso mugido de rabia, tuvo un sobresalto... ¡y exhaló el último suspiro!
Entonces, Teseo se apartó de la enorme cosa inerte. Su primer reflejo fue ir a
recuperar el hilo de Ariadna.
El silencio insólito y prolongado había atraído a sus compañeros.
—Increíble... ¡Has vencido al Minotauro! ¡Estamos a salvo!
Teseo reclamó su ayuda para arrancar los cuernos del monstruo.
—Así —explicó—, Minos sabrá que ya no queda tributo por reclamar.
—¿De qué serviría? Por cierto, nos hemos salvado. Pero nos espera una
muerte lenta: no encontraremos jamás la salida.
—Sí —afirmó Teseo mostrándoles el hilo—. ¡Miren!
Febriles, se pusieron en marcha. Gracias al hilo, volvían a desandar
el largo y tortuoso trayecto que los había conducido hasta el Minotauro. A
Teseo le costaba calmar su impaciencia. Se preguntaba qué dios benévolo le
había dado esa idea genial a Ariadna. Pronto, el hilo se tensó: del otro lado,
alguien tiraba con tanta prisa como él.
Finalmente,
luego de muchas horas, emergieron al aire libre. El héroe, extenuado, tiró los
cuernos sanguinolentos del Minotauro al suelo, cerca de la entrada.
—¡Teseo... por fin! ¡Lo has logrado!
Loca de amor y de alegría, Ariadna se precipitó hacia él. Se abrazaron. La
hija de Minos echó una mirada enternecida al enorme ovillo desordenado que
Teseo, todavía, tenía entre las manos.
—A pesar de todo —le reprochó sonriendo—, hubieras podido enrollarlo
mejor...
El alba se acercaba. Acompañados por Ariadna, Teseo y sus compañeros
se escurrieron entre las calles de Cnosos y llegaron al puerto.
—¡Perforen el casco de todos los navíos cretenses! —ordenó.
—¿Por qué? —se interpuso Ariadna, asombrada.
—¿Crees que tu padre no va a reaccionar? ¿Que va a dejar escapar con
su hija al que mató al hijo de su esposa?
—Es verdad —admitió ella—. Y me pregunto qué castigo va a infligir a
Dédalo, ya que su laberinto no protegió al Minotauro como lo esperaba mi padre.
Cuando el sol se levantó, Teseo tuvo un sueño extraño: esta vez, fue
otro dios, Baco, el que se le apareció.
—Es necesario —ordenó—, que abandones a Ariadna en una isla. No se
convertirá en tu esposa. Tengo para ella otros proyectos más gloriosos.
—Sin embargo —balbuceó Teseo—, le he prometido...
—Lo sé. Pero debes obedecer. O temer la cólera de los dioses.
Cuando Teseo se despertó, aún vacilaba. Pero al día siguiente, la
galera debió enfrentar una tormenta tan violenta que el héroe vio en ella un
evidente signo divino. Gritó al vigía:
—¡Debemos detenernos lo antes posible! ¿No ves tierra a lo lejos?
—¡Sí! Una isla a la vista... Debe ser Naxos.
Atracaron allí y esperaron que los elementos se calmaran.
La tormenta se apaciguó durante la noche. A la madrugada, mientras
Ariadna seguía durmiendo sobre la arena, Teseo reunió a sus hombres. Ordenó
partir lo antes posible. Sin la muchacha.
—¡Así es! —dijo al ver la cara llena de reproches de sus compañeros.
Los dioses no actúan sin motivo. Y Baco tenía buenas razones para que
Teseo abandonara a Ariadna: seducido por su belleza, ¡quería convertirla en su
esposa! Sí, había decidido que tendría con ella cuatro hijos y que, pronto, se
instalaría con él en el Olimpo. Como señal de alianza divina se había
prometido, incluso, regalarle un diamante que daría nacimiento a una de las
constelaciones más bellas...
Claro que Teseo ignoraba las intenciones de ese dios enamorado y
celoso. Singlando de nuevo hacia Atenas, se acusaba de ingratitud. Preocupado,
olvidó la recomendación que su padre le había hecho...
Apostado a lo alto del faro que se erigía en la entrada del Pireo, el
guardia gritó, con la mano como visera encima de los ojos:
—¡Una nave a la vista! Sí... es la galera que vuelve de Creta.
¡Rápido, vamos a advertir al rey!
Menos de tres kilómetros separan a Atenas de su puerto. Loco de
esperanza y de inquietud, el viejo rey Egeo acudió a los muelles.
—¿Las velas? —preguntó alzando la cabeza hacia el guardia—. ¿Puedes
ver las velas y decirme cuál es su color?
—Ay, gran rey, son negras.
El viejo Egeo no quiso saber más. Loco de dolor, se arrojó al mar y se
ahogó.
Cuando la galera atracó, acababan de conducir el cuerpo del viejo Egeo
a la orilla. Teseo se precipitó hacia él. Adivinó enseguida lo que había
ocurrido y se maldijo por su negligencia.
—¡Padre mío! ¡No... estoy vivo! ¡Vuelve en ti, por piedad!
Pero era demasiado tarde: Egeo estaba muerto. La tristeza que invadió
a Teseo le hizo olvidar de golpe su reciente victoria sobre el monstruo. Con
amargura, el héroe pensó que acababa de perder a una esposa y a un padre.
—¡A partir de ahora, Teseo, eres rey! —dijeron los atenienses,
inclinándose.
El nuevo soberano se recogió sobre los restos de Egeo. Solemnemente,
decretó:
—¡Que este mar, a partir de ahora, lleve el nombre de mi padre
adorado!
Y a partir de ese día funesto, en que el vencedor del Minotauro
regresó de Creta, el mar que baña las costas de Grecia lleva el nombre de
Egeo.
Mientras tanto, Ariadna se había despertado en la isla desierta. En
el día naciente, vio a lo lejos las velas oscuras de la galera que se alejaba.
Incrédula, balbuceó:
—¡Teseo! ¿Es posible que me abandones?
Siguió el navío con los ojos hasta que se lo tragó el horizonte. Comprendió,
entonces, que nunca volvería a ver a Teseo. Sola en la playa de Naxos, dio
libre curso a su pena; gimió largamente sobre la ingratitud de los hombres.
Luego, Ariadna reencontró sobre la arena su labor abandonada.
Retomó las agujas. Y en espera de que se realizara el prodigioso
destino que ella ignoraba, puso nuevamente manos a la obra.
Tejía a la vez que lloraba.
El
poeta latino Catulo (siglo i) y,
más tarde, Ovidio en sus Metamorfosis relatan este mito.
El rey de Argos, Acrisio, que tenía una hija única, Dánae, emprendió
el largo viaje hacia Delfos para interrogar a la pitonisa. Esta vieja mujer,
con la ayuda de los dioses, podía, a veces, leer el futuro. El rey le hizo la
única pregunta que le interesaba:
—¿Tendré algún día un hijo varón?
La respuesta de la pitonisa fue terrible e inesperada:
—No, Acrisio, nunca. En cambio, tu nieto te matará... ¡y te
reemplazará en el trono de Argos!
—¡Cómo! ¿Qué dices?
Pero la pitonisa no repetía nunca sus profecías. El rey de Argos
estaba consternado. Regresó a su patria repitiendo:
—Dánae... ¡es necesario que Dánae no tenga hijos!
Ella lo recibió cuando volvió al palacio. Preguntó enseguida:
—¿Y bien, padre? ¿Qué ha dicho el oráculo?
El rey sintió que su corazón daba un vuelco. ¿Cómo evitar la profecía
de los dioses sin matar a Dánae?
—Guardias —ordenó—, que encierren a mi hija en una prisión sin puerta
ni ventanas. ¡De ahora en más, nadie podrá acercársele!
Dánae no comprendió por qué la llevaban a un amplio calabozo forrado
de bronce. El pesado techo que cerraron encima de ella no tenía más que algunas
ranuras angostas a través de las cuales, cada día, le bajaban la comida con
una cuerda.
Privada de aire puro, de luz y de compañía, Dánae creyó que no
tardaría en morir de pena.
Pero en el Olimpo, Zeus se apiadó de la prisionera. Conmovido por su tristeza
y, también, seducido por su belleza, resolvió acudir en su ayuda.
Una noche, a Dánae la despertó una violenta tormenta que tronaba
encima de su cabeza. Extrañas gotas de fuego caían sobre ella.
—Parece increíble, pero... ¡es oro! —exclamó levantándose.
Enseguida, la lluvia luminosa cobró forma. Dánae estuvo a punto de
desfallecer al ver que se corporizaba ante ella un hombre bello como un dios.
—¡No temas, Dánae! —dijo—. Te ofrezco la manera de huir...
Esta promesa era algo inesperado, y Dánae sucumbió rápidamente al
encanto de Zeus.
Cuando el alba la despertó, Dánae creyó que había soñado. ¡Pero
pronto comprendió que estaba embarazada! Y tiempo después, dio a luz a un bebé
de una belleza y de una fuerza excepcionales.
—¡Lo llamaré Perseo! —decidió.
Un día, al atravesar las cárceles del palacio, Acrisio creyó oír los
gritos de un niño de pecho. Ordenó que se abrieran las puertas de las
prisiones. ¡Grande fue su estupefacción al descubrir a su hija con un magnífico
recién nacido en brazos!
—Padre, ¡sálvanos! —suplicó Dánae.
El rey realizó una investigación e interrogó a los guardias.
Finalmente, debió rendirse a la evidencia: ¡sólo un dios había podido entrar en
ese calabozo!
Si eliminaba a su hija y al niño, Acrisio cometería un crimen
imperdonable. Entonces, el rey vio un gran baúl de madera en la sala del trono.
—¡Dánae, entra en ese cofre con tu hijo!
Temblando de miedo, la joven obedeció. Acrisio hizo cerrar la caja y
sellarla. Luego, llamó al capitán de su galera personal.
—Carga este cofre en tu navío. ¡Y cuando estés lejos de toda tierra
habitada, ordena a tus hombres que lo arrojen al mar!
El capitán partió; después de tres días de navegación, el cofre fue
lanzado por la borda.
De nuevo prisionera, Dánae intentaba calmar los gritos del pequeño
Perseo. Durante mucho tiempo, el cofre de madera flotó en el mar, a merced de
las olas...
Una mañana, mientras acercaba su embarcación a la arena, un pescador
sintió intriga por esa enorme caja que la marea había acercado a la playa.
Abrió el candado esperando encontrar en ella un tesoro. No podía creer lo que
veía cuando, en su interior, halló inconscientes a una mujer y a un niño.
—Son bellos como dioses... ¡Los desdichados parecen estar al límite
de sus fuerzas! ¿Desde hace cuánto tiempo andarán a la deriva?
El pescador, Dictis, era un hombre muy bueno. Condujo a Dánae y a
Perseo a su cabaña y los cuidó lo mejor que pudo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Dánae cuando se despertó.
—En una de las islas de las Cícladas: Sérifos. La gobierna mi hermano,
el tirano Polidectes. Pero no temas, estarás segura en mi casa.
Pasaron los meses y los años. Perseo se volvió un muchacho robusto y
valiente. Todos los días, acompañaba a Dictis a pescar. En cuanto a Dánae, se
ocupaba de la casa y de la cocina, bendiciendo cada día la bondad de su
salvador.
Una mañana, una soberbia comitiva se detuvo ante la cabaña de Dictis.
Era el rey Polidectes que venía a visitar a su hermano. Al ver a Dánae ante la
puerta, le impresionó la belleza y la nobleza de esta desconocida. En cuanto
apareció Dictis, el rey dijo, intrigado:
—Dime, hermano, ¿se trata de tu esposa o de una princesa?
—Oh, ni una cosa ni la otra, Polidectes. Es, simplemente, una náufraga
que he rescatado.
—¡Tienes suerte de haber pescado una perla tan bella! Esta joya es
demasiado preciosa para un pobre pescador. Ven, dime tu nombre.
—Dánae, señor, para servirlo —dijo la muchacha haciendo una
reverencia.
—¿Servirme? De acuerdo. Bien, te conduzco a mi palacio. ¡Después de
todo, lo que llega a las orillas de mi isla es de mi propiedad!
Muda de espanto, Dánae se dio vuelta hacia Dictis: no quería cambiar
su cabaña por un palacio ni a su bienhechor por un rey.
—Ay —le murmuró Dictis—, me temo que debes obedecer.
—¡Ah, señor! —suplicó Dánae—. Tengo un hijo. Al menos, permite que me
acompañe y no nos separes.
—¡De acuerdo! —dijo Polidectes—. Ve a buscar a tu hijo.
Pero cuando el rey vio a Perseo, se reprochó su bondad. Ese muchacho
semejante a un príncipe podía convertirse en su rival...
En cuanto Dánae llegó al palacio, Polidectes le destinó las más bellas
habitaciones. Enamorado de la hija de Acrisio, la cortejaba asiduamente. En
cambio, odiaba a Perseo, pero, para congraciarse con Dánae, convocó a los
mejores preceptores, quienes le enseñaron al muchacho todas las artes. Dánae no
dejaba de agradecer al rey por sus buenas acciones y, cada día, le costaba más
rechazar sus propuestas.
—Mañana —le anunció un día con tristeza a su hijo—, Polidectes
organiza un gran banquete para anunciar nuestro compromiso.
—¿Cómo? —preguntó Perseo con violencia—. ¿Te vas a casar con el rey?
—Ya no puedo oponerme por mucho más tiempo. Te lo suplico, Perseo,
intenta comportarte correctamente durante la ceremonia.
La fiesta fue suntuosa: Polidectes había hecho preparar las comidas
más exquisitas. Cada invitado había traído un regalo al amo de los dominios,
tal como lo exigía la costumbre.
—Y bien, Perseo —preguntó de golpe Polidectes—, ¿qué piensas de todos
estos regalos? ¿Te parecen dignos de nosotros?
—Señor —respondió Perseo con una mueca de despecho—, sólo veo allí
cosas muy ordinarias: copas de oro, caballos, arneses.
—¡Pretencioso! ¿Qué cosa tan original, pues, querías que me trajeran?
—No sé... ¡la cabeza de Medusa, por ejemplo!
Un murmullo de temor circuló entre los invitados: Medusa era, de las
tres gorgonas, la de mayor tamaño y la más peligrosa. Se ignoraba dónde vivían
esas tres hermanas monstruosas, ¡pero se sabía que su cabellera estaba hecha de
serpientes venenosas y, sobre todo, que su mirada petrificaba en el instante a
todo aquel que se atreviera a mirarlas!
—A propósito —dijo Polidectes—, tú, Perseo, ¿qué regalo nos has hecho?
El muchacho bajó la cabeza refunfuñando: ¿qué habría podido traer a su
anfitrión?
—¡Y bien, te tomo la palabra! —decretó Polidectes—. Te ordeno que me
traigas la cabeza de Medusa. No regreses al palacio sin ella.
A la noche, Dánae, desesperada, le suplicó que no la dejara. Pero no
contó con el orgullo de Perseo, que exclamó:
—No. Polidectes me lanzó un desafío. Y le debo lo que reclama a cambio
de su hospitalidad.
Al día siguiente, Perseo erró a lo largo de la costa de Sérifos
buscando alguna idea: abandonaría la isla, de acuerdo. ¿Pero adónde ir?
Fue entonces cuando aterrizó delante de él Hermes, el de pies alados.
Ante su estupefacción, el dios de los viajes estalló en una carcajada:
—¡Te veo en problemas, joven audaz! Ignoro dónde se esconden las
gorgonas, pero sus otras tres hermanas, las grayas, lo saben. Además, poseen
tres objetos sin los cuales no podrás realizar tu misión.
—Y... ¿cómo hallaré a las tres grayas? —preguntó Perseo.
—Eso no es problema. Sube a mis espaldas, ¡te llevo!
Perseo trepó sobre los hombros de Hermes, que se echó enseguida a
volar. El dios voló durante mucho tiempo hacia el poniente antes de detenerse
en una región árida y sombría. Le murmuró a Perseo:
—Ten cuidado. ¡Estas viejas brujas no te darán esos datos y esos objetos
por propia voluntad! ¡Deberás hacerles trampa!
Al acercarse a las tres hermanas, Perseo hizo un movimiento de rechazo: eran de
una fealdad repugnante. Sus bocas no tenían dientes, las órbitas de sus ojos
estaban vacías. Parecían agitadas y estar en medio de una gran conversación.
Una y otra vez, se pasaban entre sí... ¡un ojo y un diente! Perseo reprimió una
exclamación.
—¡Y sí! —explicó Hermes—. No tienen más que un ojo y un diente para
las tres. ¡Deben, por tanto, prestárselos sin parar!
Enseguida, Perseo tuvo una idea. Se acercó a las tres grayas; en el
momento en que la primera tendía el ojo y el diente a la segunda, ¡se apoderó
de ellos! Las viejas aullaron a ciegas:
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¡Devuélvenos nuestro ojo y nuestro diente!
—Con dos condiciones: ¡que me indiquen dónde encontraré a sus hermanas
gorgonas y que me den los tres objetos que me permitirán enfrentarlas!
Enloquecidas por tanta audacia, las tres grayas se pelearon y se
lamentaron un momento. ¡Pero ni siquiera tenían ya su único ojo para llorar!
Por último, una de ellas suspiró:
—Bien. Encontrarás a Esteno, Euríale y Medusa en los confines del
mundo, en una caverna, más allá del territorio del gigante Atlante.
—Aquí están las sandalias aladas que te permitirán llegar, una alforja
mágica y el casco de Hades.
—¡El casco de Hades! ¿Para qué me servirá?
—Aquel que lo lleva se vuelve invisible. ¡Ahora, devuélvenos nuestro
bien!
Perseo les entregó el ojo y el diente. Luego fue a reunirse con
Hermes.
—¡Mira! —le dijo alegremente—. ¡Poseo unas sandalias parecidas a las
tuyas! ¿Me acompañarás?
—De ninguna manera —contestó Hermes—. Tengo mucho que hacer. De ahora
en más, puedes arreglarte solo. Pero cuídate de no mirar nunca a Medusa ni a
sus hermanas: ¡te convertirías en piedra! Ah, toma, te confío mi hoz de oro, te
será útil.
Perseo se deshizo en agradecimientos. Se puso las sandalias y se echó a volar con una torpeza que
hizo sonreír a Hermes. El dios de los voladores le hizo una seña:
—No sacudas los pies tan rápidamente... el vuelo es una cuestión de
entrenamiento... ¡Aprenderás enseguida!
Perseo, lleno de alegría, se dirigió hacia el poniente: ¡gracias a los
dioses que velaban por él, ya no dudaba de que vencería a Medusa!
Atravesando bosques y ríos, se encontró con las ninfas, jóvenes
divinidades de las forestas y de las aguas. Encantadas por el coraje y por el
andar de ese joven héroe, le indicaron la guarida de las gorgonas.
Cuando Perseo llegó al medio de un desierto y descubrió la entrada de
la caverna, tembló de terror: alrededor, no había más que estatuas de piedra.
Allí estaban todos lo que habían enfrentado a las gorgonas y que habían sido
petrificados por su mirada. Hasta aquí, Perseo no había medido la dificultad de
su tarea: ¿cómo decapitar a Medusa sin dirigir su mirada hacia ella?
Sin embargo, se arriesgó en el antro oscuro, revoloteando. Penetró en
el corazón de la caverna donde resonaban ronquillos. Luego, vio un nudo de
serpientes que se contorsionaban levantando hacia él sus cabezas que silbaban.
Enseguida, desvió la mirada y murmuró, con el corazón palpitante:
—Las gorgonas están adormecidas... ¡Los reptiles que tienen por
cabellera van a revelarles mi presencia! No puedo de ningún modo matar a Medusa
con los ojos cerrados. ¡Ah!, Atenea —suspiró—, diosa de la inteligencia, ven
en mi ayuda, ¡inspírame!
Una luz iluminó la gruta... y apareció Atenea, vestida con su coraza,
y armada. Su mirada era de bondad.
—Estoy conmovida por tu valor, Perseo. Toma, te confío mi escudo.
¡Enfrenta a Medusa sirviéndote de su reflejo!
Perseo se dio vuelta y comprendió de inmediato. Ahora, podía avanzar
hacia los tres monstruos: extendía delante de sus ojos el escudo de la diosa,
¡tan liso y pulido como un espejo!
Las tres gorgonas ya se agitaban en su sueño. Con su cuerpo cubierto
de escamas y con sus largos colmillos puntiagudos que erizaban sus fauces, eran en verdad
horribles. Perseo ubicó rápidamente a Medusa, en el centro; era la más joven y
la más venenosa de las tres. Retrocediendo siempre y guiándose por el reflejo
del escudo, llegó hasta la gorgona en el momento en que ésta se despertaba.
¡Entonces, dando media vuelta, blandió la hoz que le había prestado Hermes y la
decapitó! La enorme cabeza comenzó a moverse y a saltar por el suelo. Durante
un instante, Perseo no supo qué hacer. Luego, tomó la alforja que le habían
dado las grayas.
—Ay, ¡es demasiado pequeña! No importa, probemos...
Conteniendo su repugnancia, recogió la cabeza. Milagrosamente, la
bolsa se agrandó lo suficiente como para que Perseo pudiera guardar en ella su
botín. Después de lo cual, la alforja recobró su tamaño.
El héroe no tuvo tiempo de saborear su victoria: un ruido insólito lo
alertó. Vio la sangre que brotaba a grandes chorros del cuerpo decapitado de
Medusa. De aquella efervescencia rojiza surgieron dos seres fabulosos. Primero,
apareció un gigante con una espada dorada en la mano. Como Perseo retrocedía,
el otro lo tranquilizó:
—Gracias por haberme hecho nacer, Perseo. ¡Mi nombre es Crisaor!
De la sangre de Medusa se desprendía, poco a poco, otra criatura, aún
más extraordinaria: un caballo alado, de una blancura resplandeciente...
—Y he aquí Pegaso —le dijo Crisaor—. ¡Ah... ten cuidado! ¡Las hermanas
de Medusa se han despertado! ¡Están bloqueando el paso! ¡No... sobre todo, no
te des vuelta!
Rápidamente, Perseo se colocó el casco de Hades. Se volvió invisible
de inmediato. Desconcertadas, las gorgonas se pusieron a buscar a su
adversario. Y Perseo, con los ojos protegidos detrás del escudo de Atenea, pudo
entonces escurrirse hasta la salida.
En cuanto se quitó el casco, las hermanas de Medusa comprendieron que
habían sido engañadas. Salieron de la caverna y se lanzaron en su búsqueda.
Perseo estaba listo para echar vuelo con sus sandalias cuando Pegaso, a su vez,
salió de la gruta relinchando.
De un salto, el héroe subió al caballo alado que voló por los aires.
Con el rostro azotado por el viento, Perseo estaba radiante de felicidad,
¡había vencido a Medusa y estaba montando el más fabuloso de los caballos! De
la bolsa que llevaba en la mano, se escapaban numerosas gotas de sangre. Cada
una de ellas, al caer al suelo, se transformaba en serpiente. Esta es la razón
por la cual hoy hay tantas en el desierto.
A la noche siguiente, Hermes se le apareció a Perseo. El héroe
agradeció al dios por sus consejos y por su ayuda; le devolvió la hoz y le
pidió que restituyera a las tres grayas el casco de Hades y las sandalias
aladas; pero, desde luego, se guardó la bolsa con lo que contenía...
Una noche, en el camino de regreso y mientras atravesaba una región
árida y escarpada, Perseo decidió hacer un alto. Poco después, llegó un
gigante. Esta vez, se trataba de un coloso tan grande como un volcán, y
mantenía curiosamente los dos brazos alzados.
—¿Qué haces aquí, extranjero? —gruñó—. ¿Sabes que estás muy cerca del
jardín de las hespérides? ¡Rápido, vete!
—¡Estoy agotado! —explicó Perseo—. Déjame dormir aquí esta noche.
—De ninguna manera. ¡Mi trabajo no soporta la presencia de nadie!
Perseo no comprendía. Quiso defenderse.
—¿Cómo te atreves a insistir? —refunfuñó el gigante adelantando un
pie amenazador—. ¡Pequeña larva, haré de ti un bocado!
Entonces, el héroe sacó de la bolsa la cabeza de la gorgona cuyo
poder, lo sabía, seguía intacto. ¡Se la extendió al gigante qué quedó...
pasmado! En un segundo, su cuerpo se había transformado en una montaña de
piedra. Perseo exclamó:
—¡Era Atlante! ¡He petrificado al que cargaba el cielo sobre sus
hombros!
Desde ese día, el gigante se vio liberado de su carga. Y el peso del
cielo es soportado por la montaña que lleva su nombre.
Cuando Perseo llegó a la isla de Sérifos, corrió hasta el palacio a
presentarse ante el rey Polidectes. Al no ver a su madre, se preocupó. El
soberano, furioso, le lanzó:
—¡Dánae se escapó! Se niega a casarse conmigo. Se ha refugiado en un
templo con mi hermano Dictis, el pescador. Esperan la protección de los dioses.
Estoy sitiando su guarida, no aguantará n mucho tiempo más. Y tú, ¿de dónde
vienes?
—Señor —respondió Perseo—, he cumplido con lo que usted me pidió: le
traigo la cabeza de Medusa.
Incrédulo, Polidectes estalló en malvadas carcajadas.
—¡Cómo! ¿Y entra en esa pequeña bolsa? ¿Pretendes haber timado a la
gorgona? ¿Cómo te atreves a burlarte así de mí?
—Esta bolsa es mágica —dijo Perseo, que disimulaba mal su cólera—.
Crece y se achica en función de lo que se mete adentro.
—¿La cabeza de Medusa allí adentro? —se burló el rey—. ¡Me gustaría
ver eso!
—A sus órdenes, señor: hela aquí.
El héroe tomó la cabeza de Medusa y la blandió frente a Polidectes.
El rey no tuvo tiempo de responder ni de asombrarse: se transformó en piedra en
su trono. Y cuando los soldados y los cortesanos reunidos iban a arrojarse
sobre él, Perseo les extendió la cabeza de la gorgona, ¡al punto, quedaron
todos petrificados, en ese mismo instante!
Perseo corrió a liberar a su madre y a Dictis, su fiel protector.
Salvados del tirano, los habitantes de la isla de Sérifos quisieron que Perseo
reinara en su lugar.
—No —les respondió—. El único trono legítimo que tengo el derecho de
reivindicar es el de Argos, mi patria. Allí regresaré.
El rumor de las hazañas del hijo de Dánae había llegado hasta Acrisio:
¡entonces su hija y su nieto habían sobrevivido! Para escapar de la profecía,
Acrisio huyó y se exilió en la ciudad de Larisa; le importaba menos su trono
que su vida.
Fue entonces cuando Perseo llegó a Argos y, en ausencia de su abuelo,
reinó. Una noche, se le apareció Atenea. El héroe se inclinó ante la diosa, le devolvió su escudo y la bolsa.
—Contiene la cabeza de Medusa. ¿Quién mejor que tú podría usarla, ya
que eres a la vez la diosa de la guerra y de la sabiduría?
—Acepto tu regalo, Perseo, y te lo agradezco.
Atenea tomó la cabellera de serpientes y la aplicó sobre el escudo que
había permitido engañar a la gorgona.
Desde entonces, la cabeza de Medusa adorna el escudo Atenea.
Mientras tanto, en Larisa, el rey de la ciudad acababa de organizar
juegos. Aun en el exilio, Acrisio, el padre de Dánae, concurrió a las arenas
para asistir a ellos. Se sentó en la primera fila. Enseguida se sintió
intrigado por un joven atleta que, antes de lanzar un disco, quería a toda
costa retroceder hasta fondo del estadio.
—¿Qué teme? —preguntó Acrisio encogiéndose de hombros.
—Teme lanzar el disco demasiado lejos —le explicó su vecino— y
lastimar así a algún espectador.
Acrisio sonrió ante la pretensión del atleta.
—¿Quién es para creerse tan fuerte?
—Es el nieto del antiguo rey de Argos. Su nombre es Perseo.
Con sorpresa y espanto, Acrisio se levantó de su grada. Pero allá, en
el otro extremo del estadio, el atleta acababa de lanzar disco... El proyectil
voló hasta las primeras filas; se abatió sobre la cabeza de Acrisio, que cayó
muerto instantáneamente.
Así el héroe Perseo mató a su abuelo, por accidente.
Sin consuelo por su acto, fue reconfortado por Dánae.
—Hijo mío —afirmó—, tú no eres responsable. Nadie escapa a su destino.
El tuyo es glorioso. ¿Y quién sabe si tus hijos no realizarán hazañas aún más
espectaculares que las tuyas?
Dánae no se equivocaba: con la bella Andrómeda, su esposa, Perseo
habría de tener una numerosa descendencia. Una de sus nietas, Alcmena, sería
incluso, como Dánae, amante de Zeus. Y de esa unión de una mortal y de un dios
habría de nacer entontes el mayor y más célebre de los héroes: Hércules.
El
mito de Dánae lo relata el escritor griego Hesíodo (siglo viii a. C). Las tragedias que tenían
como tema las hazañas de Perseo se han perdido. Su historia llegó hasta
nosotros gracias al poeta griego Píndaro (siglo VI a. C.) y a Ovidio.
Escucha...
Escucha la terrible historia de aquel que los dioses, antes de su
nacimiento, ¡habían condenado a matar a su padre y a casarse con su madre!
Así es: todo comenzó en Tebas, la ciudad que gobernaba el rey Layo. Un
día, Yocasta, su joven esposa, le comunica que espera un hijo. Entonces, Layo
se dirige al santuario de Delfos. ¿Conoces el santuario de Delfos? Imagina un
templo rodeado de extrañas fumarolas... Allí, una vieja mujer sirve de
intermediaria entre los dioses y los hombres. ¡Es la pitonisa! Sí, la pitonisa
responde a quienes la interrogan, les revela a veces su origen y más a menudo
su futuro.
—Quiero saber —le pregunta entonces Layo—, qué glorioso destino será
el de nuestro hijo.
La pitonisa levanta al cielo una mirada alucinada. Masculla:
—¡Te nacerá un hijo que matará a su padre y que se casará con su
madre!
Layo, espantado, cree haber oído mal. Quisiera gritar:
—¡No, es imposible, te equivocas!
Pero la pitonisa no puede mentir. ¿Y qué humano, así se trate del rey
de Tebas, puede oponerse a la voluntad de los dioses?
Desesperado, el rey regresa a Tebas. La verdad es demasiado horrible
para que pueda darla a conocer e incluso revelársela a su esposa. ¡En
secreto, se jura a sí mismo hacer todo lo posible para que esa predicción no se
realice!
Poco después, la reina Yocasta da a luz a su hijo. Es un lindo bebé,
alegre y lleno de vida.
—¿Cómo lo llamaremos? —pregunta a su esposo.
Sin responder, el rey se aleja con el recién nacido. ¡Qué sentido
tiene darle un nombre, si no debe vivir! Layo hace venir al capitán de su guardia.
Le ordena:
—Toma a este bebé. Llévalo lejos de aquí. Mátalo. Luego, deja que los
animales devoren su cadáver. ¡Obedece sin hacer preguntas!
El capitán se inclina con el bebé en brazos, deja el palacio. Es un
soldado rudo. ¿Matar? Es su oficio. Pero resulta que mientras su caballo
recorre la llanura al galope, el niño se pone a gemir y a llorar. ¿Tiene
hambre? ¿Tiene frío? ¿Adivina el destino que le espera? Entonces, el capitán
siente que su corazón se debilita, acelera la marcha y se dirige hacia
el monte Citerón, al que sube. Llegado a cima, se detiene. Allí, un viento frío
sopla sobre la vegetación árida
El capitán desenvaina su espada, los llantos del bebé recrudecen. Ese
soldado intrépido no retrocedería, estando solo ante un arma enemiga. Aquí se niega
a realizar ese asesinato cobarde. Suspira:
—No. Decididamente, no puedo... ¡Dejemos pues a las bestias ocuparse
de esta desagradable tarea! Nadie se enterará.
Agujerea los pies del bebé, arranca un junco, lo pasa a través de los
agujeros que sangran y le ata así los tobillos. Cuelga al niño de una rama
cabeza abajo. Luego, monta su caballo y regresa a Tebas sin darse vuelta.
Aquel día, el pastor Forbante y sus compañeros hacen pastar a sus
rebaños en las laderas del monte Citerón... Forbante está lejos de su patria,
Corinto. Si ha hecho un camino tan largo, es para encontrar, más allá del
istmo, una hierba más densa y más verde. Por supuesto, su atención es atraída
rápidamente por extraños vagidos y por los ladridos furiosos de sus perros.
Acude y descubre estupefacto, al bebé así atado y colgado.
—¡Pobre criatura! ¿Quién te ha abandonado a tan triste destino?
Invadido por la piedad, Forbante libera al niño cuyos pies, perforados,
están muy hinchados. Y como sus gritos recrudecen, el pastor va a ordeñar una
de sus ovejas para darle leche al bebé hambriento.
—¿De quién puede ser? —pregunta a sus compañeros.
—¿Qué crees, Forbante? —exclaman los demás—. ¡Es un niño abandonado!
Sus padres han querido deshacerse de él.
¡He aquí a Forbante a cargo de un huérfano! ¿Qué hacer con él? Un mes
más tarde, cuando los pastores regresan a su patria, Forbante se lleva al bebé.
Satisfecho con la leche de oveja, balbucea y sonríe.
Al acercarse a Corinto, Forbante se cruza con su reina en persona.
Ella se sorprende de ver a ese pastor con un recién nacido.
—Si mis perros no lo hubieran descubierto, habría muerto —explica
Forbante—. Pero no sé qué hacer con él...
La reina de Corinto nunca pudo tener hijos, es estéril. Si convence a
sus súbditos de que ese bebé es suyo, ¡el trono tendrá un sucesor!
—Y bien, yo lo educaré —le dijo la reina en voz muy baja— ¡Toma
Forbante, aquí tienes con qué indemnizar tu esfuerzo y pagar tu silencio!
De regreso al palacio, le entrega el bebé a su marido, Pólibo.
—¡Los dioses nos envían este bebé! —exclama el soberano, encantado—.
Has hecho bien en comprárselo a Forbante. Haremos de él un príncipe.
—¿Cómo vamos a llamarlo?
—Edipo —respondió Pólibo, ya que ese nombre significa "pies
hinchados".
En el palacio de Corinto, Edipo crecía en el bien y en la belleza. A
los dieciocho años, se convierte en un muchacho que posee todas las cualidades,
aunque a veces es impulsivo y soberbio, como suelen ser a menudo los
príncipes. Sus padres están muy orgullosos de él.
Pero un malvado rumor circula por la ciudad: ¡el futuro rey de Corinto
no sería el verdadero hijo de sus soberanos! Al principio, Edipo no presta
atención a esos cuentos. A la larga, fastidiado por su insistencia, interroga
al viejo Pólibo.
—¡Veamos, Edipo, claro que eres nuestro hijo, único y querido!
Pero la duda anida desde entonces en el alma de Edipo, como un gusano
que roe lentamente un fruto. Un día, el joven declara:
—¡Voy a interrogar a los oráculos! Quiero saber la verdad...
Delfos queda tan sólo a una semana de marcha y la distancia es
rápidamente salvada. Admitido en el santuario, Edipo se encuentra frente a la
pitonisa. Pero sin iluminar a Edipo acerca de su pasado, los dioses, por boca
de la vieja mujer, le revelan su futuro:
—Estás destinado a un porvenir del que no puedes escapar: terminarás
matando a tu padre y casándote con tu madre...
¡Edipo está espantado! ¿Cómo impedir que horrores tales tengan lugar?
—¡No regresaré nunca a Corinto! —decide—. No volveré a ver mis padres.
¡Pondré entre ellos y yo tal distancia que esas predicciones jamás podrán
realizarse!
Esa misma noche, Edipo se pone en marcha.
Pero creyendo alejarse del lugar de su nacimiento, no hace más que
acercarse a él. Y al huir de sus padres adoptivos, va al encuentro de sus
progenitores...
Al día siguiente, mientras entra en Beocia, Edipo penetra en el
estrecho desfiladero que conduce a la ciudad de Dáulide. De repente, ve ante sí
una comitiva: se trata de un carro rodeado por una escolta de soldados.
—¡A un lado! —le ordenan.
Pero resulta que Edipo es hijo de un rey. Y, por instinto, un príncipe
no obedece.
—Con calma —dice, sin apartarse—. Usted no sabe quién soy.
Irritado por ese contratiempo, el anciano que está sentado en el carro
se levanta. Increpa al desconocido que se niega a cederle el paso. Ofendido por
esa falta de educación, Edipo responde con un insulto.
—¿Te atreves a oponerte a mí? —dice el anciano, desenvainando su
espada—. No —agrega dirigiéndose a los soldados que quieren interponerse—,
hagan avanzar el carro. ¡Y déjenme darle una lección a este mequetrefe!
El convoy se pone en movimiento; y antes de que Edipo pueda hacerse a
un lado, una rueda le pasa por encima del pie. Ahora bien, los pies de Edipo
son frágiles.
—¡Viejo maldito! —grita, esquivando el golpe que le estaba destinado.
Con el canto de la mano, golpea la nuca de su atacante, que lo
derrumba en el suelo. Los soldados dan un salto, unos para socorrer a su amo,
otros para lanzarse a perseguir al agresor.
¡Pero Edipo ya está lejos! Aprovechando la confusión, se escurrió por
las laderas del desfiladero. Ya está, ha desaparecido...
—¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! —exclama uno de los
soldados—. ¡Nuestro rey ha muerto!
El anciano, en efecto, no volverá a levantarse: Edipo lo ha matado.
Ignora que ese hombre se llama Layo, que se trata del rey de Tebas y
que acaba de asesinar a su padre.
Transcurren los días y las semanas. Edipo se acerca a Tebas. En el
camino, no se cruza más que con viajeros enloquecidos. Detiene a uno de ellos
que le explica:
—Ah, joven extranjero, ¡no vayas más lejos! Tebas está inaccesible: un
monstruo llegado del monte Citerón monta guardia a las puertas de la ciudad.
Impide a cualquiera salir o entrar. Lo llaman la Esfinge.
—¿Tan temible es esa Esfinge?
—Sí: detiene a los viajeros y les propone un enigma. ¡Si no saben
responder, los mata y los devora sin piedad!
—¿Y cómo recompensa a quienes resuelven sus enigmas?
—¡Ay!, hasta ahora, ¡nadie consiguió hacerlo! Creonte, el nuevo rey
de Tebas, ha prometido la mano de su hermana Yocasta al que libre a Tebas de
semejante flagelo.
—¿Creonte? Creía que Tebas estaba gobernada por Layo.
—Nuestro rey acaba de ser asesinado. El hermano de la reina Yocasta
gobierna provisoriamente. Está esperando que la soberana vuelva a casarse para
ceder el trono a su nuevo esposo.
En un relámpago, Edipo vislumbra un porvenir inesperado: el pobre
viajero que es puede convertirse en rey mañana mismo.
—Enfrentaré a la
Esfinge —dijo a su interlocutor—. Entraré en Tebas vencedor.
O moriré... ¿qué importa?
Morir, piensa, ¡sería una buena manera de engañar a los dioses!
He aquí que Edipo se acerca a las puertas de la ciudad. No ve a ningún
monstruo. ¿La Esfinge
quiere acaso salvarlo?
—¡Detente, joven imprudente!
La voz es imperativa, extraña y ronca. Edipo levanta la cabeza.
¡Allí, trepado sobre una roca, se alza un animal fabuloso! Es una fiera
provista de alas. Posee el busto, la cabeza y el rostro de una mujer. Una mujer
de belleza ponzoñosa. Los brazos y las piernas tienen garras. Su cola es la de
un dragón.
—¿Ignoras que, para pasar, debes resolver un enigma?
—Lo sé. Estoy listo. Te escucho.
Edipo observa que la
Esfinge hace equilibrio al borde de un barranco. ¿Quién sabe
si, precipitándose hacia ella, no podría hacerla caer?
—Esta es mi pregunta —dice el monstruo mirando de arriba a abajo al
extranjero con una burla altanera—. ¿Cuál es el animal que camina en cuatro
patas a la mañana, en dos patas al medio día y en tres a la noche?
Edipo reflexiona. Adivina que las palabras de este enigma tienen un
sentido oculto: se trata de una metáfora. Dirige a lo dioses un ruego mudo y
exclama de repente:
—¡Ese animal es el hombre! El hombre que, en la infancia, anda en
cuatro patas; el hombre que, adulto, camina sobre sus dos piernas, y el hombre
que, ya viejo, se ayuda con un bastón.
El rostro de la
Esfinge expresa el asombro más profundo. De pronto, el
monstruo cae al vacío, y su interminable caída va acompañada de un rayo de
fuego.
De lo alto de los muros de Tebas, los habitantes no se han perdido
nada de este espectáculo. Increíble: ¡un desconocido resolvió el enigma de la Esfinge y liberó a la
ciudad de ese flagelo!
Una inmensa ovación sube de la ciudad. Abren las puertas y conducen
triunfalmente al vencedor de la
Esfinge al palacio.
Así es como Edipo se convierte en rey.
La boda de Edipo y de Yocasta es celebrada con grandes festividades.
La reina le parece a Edipo muy seductora y bella. Por cierto, ella es mayor que
él, pero es todavía lo bastante joven como para darle cuatro hijos: dos
mujeres, Antígona e Ismene, y dos varones, Eteocles y Polinices. Durante más de
diez años, el reino de los soberanos transcurre sin nubes. Una mañana, el adivino
Tiresias pide una audiencia en el palacio.
—Mi rey —le dice a Edipo—, ¡se ha declarado la peste en Tebas! Los
presagios son funestos... Temo el porvenir.
Tiresias es un sabio. Como la pitonisa, sabe leer el futuro.
—¡Cállate, pájaro de mal agüero! —le responde Yocasta.
Pero Tiresias ha dicho la verdad: pasan los meses, los años y la peste
causa estragos. En los campos ya no crece cereal alguno. La hambruna se
instala. El pueblo gime su infortunio y les pide a los soberanos que actúen.
—¡La cólera de los dioses se cierne sobre nosotros! —declara un día
Tiresias.
—¿De veras? —responde Edipo al adivino—. ¡Y bien, ve a Delfos a
interrogar los oráculos! Y regresa lo antes posible.
En cuanto regresa, el adivino, muy pálido, anuncia:
—He aquí, según la pitonisa, la causa de nuestros males: el asesino de
Layo jamás ha sido encontrado. ¡Hay que identificarlo y castigarlo!
—Que así sea. Hagamos lo necesario para encontrar al culpable. ¡Su
castigo será terrible! Quiero que se presenten aquí los testigos de aquel
drama.
Convocados, los soldados no reconocen a Edipo. Han pasado demasiados
años. A sus ojos, el asesino de Layo era un simple extranjero que venía de
Corinto. ¡Muy rápidamente, la fecha y el lugar del crimen hacen comprender a
Edipo que podría ser él mismo ese asesino! Aterrorizado, recuerda entonces el
oráculo: "Matarás a tu padre...". ¡Pero Layo no era su padre!
"Te casarás con tu madre..." Pero Yocasta no puede... De golpe, los
rumores que corrían en Corinto sobre el origen de su nacimiento le vuelven a la
memoria. Es imposible, pero quiere cerciorarse. Y si Yocasta fuera su madre,
habría tenido un hijo veinte años antes. La interroga.
—¡No! —responde tan espantada como él—. No, jamás tuve otros hijos que
los que hemos concebido, salvo...
Edipo contiene la respiración. Es necesario que Yocasta diga la verdad.
—Salvo un bebé que Layo mandó degollar al nacer. ¡No podíamos dejarlo
vivir! Un oráculo había predicho...
—¿Quién lo degolló? ¿Lo mató realmente? ¡Quiero saber!
Yocasta convoca al capitán a quien el rey Layo había encargado la
siniestra tarea. El viejo soldado baja los ojos y confiesa:
—No pude matar al bebé. Le perforé los pies, lo colgué de un árbol y
lo abandoné en el monte Citerón...
—¡No! —grita Edipo—. ¡No!
Edipo quiere reconstruir toda la verdad, sea cual fuere. El mismo día,
convoca a Tiresias y le ordena:
—Ve a Corinto. Pide una audiencia con mi padre Pólibo...
—Pólibo —responde el adivino— no es tu padre. Ya lo has comprendido.
Sin embargo, Tiresias obedece. De regreso, confirma:
—No eres el hijo natural de los soberanos de Corinto, sino un niño
encontrado en el Citerón por un tal Forbante...
El viejo pastor aún vive y es convocado al palacio.
—¡Sí! —confiesa—. Yo encontré un bebé que la reina adoptó...
Allí, en un rincón de la sala del trono, Tiresias agacha la cabeza.
Edipo lo acusa con voz aterrorizada:
—Tú sabías... ¡Tú, el adivino, lo sabías todo y no me habías dicho
nada!
—¿Qué sentido tiene revelar lo que no se quiere oír? Era necesario,
Edipo, que tú desearas la verdad. Y que la descubrieras tú mismo.
Yocasta se levanta. Mira a Edipo, espantada.
—Así que has matado a tu padre. Y yo, tu mujer, soy tu madre...
Deja el palacio gritando a la vez su vergüenza y su dolor.
—Sí —murmura Edipo aterrado—. Soy dos veces culpable.
¡Pobre Edipo! Se acusa de asesinato y de incesto. ¿Pero cómo habría
podido escapar al designio que los dioses le tenían reservado? ¿Es responsable
de esos crímenes inscriptos en su destino?
Poco después, una joven envuelta en llantos entra en la sala del
trono. Es Antígona. Antígona: ¡su hija... y su hermana! Murmura, sollozando:
—Yocasta acaba de ahorcarse, está muerta.
Lleva en la mano el cinturón que debió haber utilizado la reina.
Entonces, Edipo agarra la hebilla y, con la punta, traspasa sus ojos y se los
arranca.
—¡Padre! —grita Antígona—. ¿Qué has hecho? ¡Ahora estás ciego! ¿Por
qué?
—¡Estaba ciego cuando tenía dos ojos, Antígona! ¿Qué me importa ver
ahora? Cuando creemos que decidimos nuestros pasos, son siempre los dioses los
que nos están guiando...
—Y bien, desde ahora —murmura—, soy yo quien te guiará.
Con los ojos ensangrentados, Edipo se aferra al brazo de Antígona,
quien jura que ya no lo abandonará. Y mientras se alejan del palacio, los
habitantes de Tebas se reúnen en las calles para ver pasar a su soberano
destituido. Allí están Polinices, Eteocles, Ismene. Y el hermano de la reina
muerta.
—Creonte —murmura Edipo—. Te confío el trono y a mis tres hijos.
—¿Adónde irás, adónde irán? —pregunta Creonte.
—A Colono... si su rey tiene a bien recibirnos. Adiós. ¡Que mi
alejamiento disipe las desgracias de Tebas!
Y bien, no: el anhelo de Edipo no será realizado. No tardarán en
llegar nuevos dramas que enlutarán a Tebas: los dos hijos de Edipo se matarán
entre sí por el poder, y Antígona tendrá un fin atroz...
¡Ya conoces la trágica historia de Edipo!
Aunque
la figura de Edipo es mencionada por primera vez en la Odisea, de Homero, llega a su celebridad con las
tragedias del dramaturgo Sófocles (siglo V a. C).
Al acercarme a Tebas, me sorprendió la cantidad de soldados
extranjeros que bullían alrededor de la ciudad. Cuando me dirigía hacia una de
las siete puertas de la ciudad, noté que estaban todas cerradas. Un capitán me
increpó, burlándose:
—¿Quién eres, joven extranjera? ¿No ves que estamos sitiando Tebas? ¡Si entras, ya no podrás
volver a salir!
—Me llamo Antígona. Soy la hija de Edipo, que fue rey de esta ciudad.
Regreso a mi patria, que es gobernada por Creonte, mi tío.
—¿Antígona? —dijo el otro inclinándose con respeto.
Entonces, de una de las tiendas que rodeaban la ciudad, una muchacha
envuelta en llantos salió, me vio y se lanzó hacia mí. La abracé.
—¡Ismene! Ismene, mi hermana querida... ¿Por qué lloras así?
—Ay, Antígona —me dijo sollozando—, ¡estoy tan contenta de que hayas
regresado! ¿Cómo está nuestro padre Edipo?
—Ha muerto. Las euménides finalmente se apiadaron de él.
Esta triste noticia hizo recrudecer el llanto de mi hermana.
—¡La desdicha nos persigue, Antígona! —me confesó—. La muerte de
nuestros padres no ha calmado la ira de los dioses... Desde el exilio de Edipo,
¡nuestros hermanos no han dejado de tratar de destruirse entre sí!
¡Eteocles y Polinices! Los quería tanto como Ismene. Mi hermana
contuvo sus lágrimas para explicarme:
—Después de tu partida, fue Creonte, nuestro tío, quien asumió el
trono. Muy rápidamente, Eteocles y Polinices exigieron el poder: los
hijos de Edipo no hacían más que reclamar su derecho.
—¡Que así sea! —les respondió Creonte—. ¿Pero cuál de ustedes dos será
rey?
Me imaginaba sin dificultad la continuación de los hechos que Ismene
me confirmó:
—Ninguno quiso renunciar. Sabes, Antígona, ¡qué orgullosos e
intransigentes son! Hicieron un trato: gobernaría uno cada año. El azar designó
primero a Eteocles...
—La solución no era mala —murmuré.
—Ay, aquel que conoce el poder no tiene sino un deseo: ¡conservarlo!
Polinices se había instalado lejos del palacio. Cuando regresó, Eteocles nunca
quiso entregarle el trono.
—¡Qué perjurio! ¿Por qué cometió esa traición?
—Eteocles argumentaba que, en un año, había aprendido a gobernar.
¡Oh, todos los pretextos fueron buenos! Eteocles no cedió.
—¿Y Polinices? ¿Cómo reaccionó?
—¡Muy mal! —respondió una voz familiar detrás de mí.
Polinices estaba allí, feliz, orgulloso, rutilante, armado. Me abrazó.
—¡Fui a pedir ayuda para hacer valer mi derecho! —refunfuñó, señalando
el ejército que rodeaba a la ciudad—. El rey de Argos tuvo a bien ofrecerme
estos refuerzos: me ha confiado miles de hombres. ¡En este momento, siete
capitanes y sus guarniciones vigilan las siete puertas de Tebas! La ciudad se
rendirá pronto.
No pude impedir responderle, como quien reta a un niño caprichoso:
—Polinices... ¿sabes bien lo que haces? ¡Estás desafiando a ti propio
hermano, estás reclutando a un ejército extranjero!
—¿Apoyarías a Eteocles? ¡Faltó a su palabra!
—Ambos se equivocan, incluso si fue él quien ha comenzado...
Polinices bajó los ojos. Apenas de regreso en mi patria, me obligaban
a volver a ser la hermana mayor, encargada de apaciguar las peleas y de
arbitrar en los conflictos. Yo ya estaba pensando en la desazón de los tebanos
hambrientos.
—¡Cuántos muertos va a provocar este sitio! —murmuré espantada.
—Antígona —me respondió mi hermano—, sabes cuánto te queremos. Tu
dedicación a nuestro padre en el exilio ha suscitado el respeto y la
admiración general. Pero si apoyas la actitud de Eteocles...
—¡La condeno tanto como a la tuya! ¿Has pensado, Polinices, en las víctimas que esta guerra fratricida
acarreará? No sólo entre los nuestros, sino también entre los soldados de
Argos, que van a morir en un conflicto que no concierne más que a tu hermano y
a ti.
—Lo sé —masculló él—. Por eso, Antígona, te pido que vayas a convencer
a Eteocles. Si me niega el trono, somételo a un trato: que acepte enfrentarme
en un combate singular. Si
pierde, ¡obtendré para siempre el trono! Si gana, se lo quedará.
—¡No! Me niego a que se maten entre ustedes...
—En ese caso —exclamó señalando el ejército de Argos—, no evitaremos
la matanza. Que gane el más fuerte.
Estaba consternada. Necesitaba ganar tiempo, además de intentar hacer
entrar en razón a Eteocles. Muy rápidamente, respondí:
—¡De acuerdo, Polinices! Voy a plantearle tu propuesta.
Lo abracé durante un largo rato.
—Te quiero, hermanita, ¿sabes? —me murmuró Polinices.
Yo también te quería, Polinices. Pero no había nacido sino para ver
morir a todos aquellos que más amaba.
Una vez dentro de Tebas, las puertas se cerraron detrás de mí. Fui
inmediatamente admitida en el palacio. Creonte me recibió sin alegría. Me
condujo ante el trono donde se encontraba mi hermano. Grité:
—Nuestro padre ha muerto. Regreso. ¡Y me entero de esta odiosa pelea
entre hermanos! Eteocles, mantén tu palabra: cede el trono por un año a
Polinices.
—¿¡Qué!? —se indignó él—. ¿Capitular ahora ante ese traidor que ha ido
a buscar refuerzos entre nuestros antiguos enemigos?!
Durante un largo tiempo lo confronté con distintos argumentos para
convencerlo. Mi hermano no se engañaba a propósito de su propia mala fe. Pero
su orgullo haría que no se aviniera a ceder en su posición. Creonte, atento,
escuchaba. Murmuré:
—Si existiera una manera cruel de desempatar...
Expliqué el trato que proponía Polinices; Creonte reaccionó:
—¡La solución es honesta, Eteocles! Escucha: la población de Tebas
está hambrienta. Cuando Argos nos asalte, estaremos demasiado débiles para
combatir, deberemos capitular, ¡lo sabes! ¿Cómo... dudas? ¿Temes enfrentar a tu
hermano?
—De acuerdo. Salvemos vidas. ¡Antígona, dile a Polinices que acepto!
Al día siguiente, al alba, asistí al combate desde los muros de la
ciudad. Con el corazón estrujado, esperaba que uno de mis hermanos fuera
ligeramente herido, admitiera su derrota y abandonara el trono. No ocurrió nada
de eso. La llanura donde los dos adversarios se enfrentaban resonaba ante el
choque violento de sus espadas. Las estocadas eran a matar. La sangre brotaba
de un lado y de otro. Y como sus voces agresivas se entremezclaban, yo no
sabía cuál lanzaba gruñidos de cólera y cuál gritos de dolor.
Por fin, tras una hora de enfrentamiento sin piedad, los vi
tambalearse y caer al mismo tiempo, uno encima del otro. Grité:
—¡Eteocles! ¡Polinices! ¡Rápido, vayan a socorrerlos!
Creonte hizo abrir las puertas y llegó a la planicie con una pequeña
guarnición. Cuando regresó, su escolta transportaba un cadáver ensangrentado.
Fuera quien fuese, estaría desconsolada.
Reconocí el cuerpo de Eteocles; me precipité sobre él, lo inundé con
mi llanto. Antes de exhalar su último suspiro, me reconoció, sonrió y murmuró:
—Te quiero, hermanita, ¿sabes?
En la llanura, los soldados de Argos se replegaban. Ya no entendía nada:
Polinices había ganado, ¿por qué sus aliados no entraban vencedores a Tebas?
—¡Polinices también ha muerto! —me anunció Ismene viniendo por mí—. Su
cuerpo yace en la planicie. Sin más motivos para combatir, la gente de Argos regresa a su
patria.
Así los dioses continuaban ensañándose con nuestra familia: la estúpida rivalidad de mis hermanos
los había perdido. Mientras me
lanzaba hacia los despojos de Polinices, abandonados en la arena, oí lo que
Creonte decretaba para los tebanos reunidos:
—¡Que se hagan al soberano Eteocles funerales dignos del gran rey que era!
Rápidamente, di media vuelta hacia mi tío:
—¿Y Polinices? —le dije, señalando, a lo lejos, su cuerpo muerto.
—Ese traidor no merece sepultura alguna. ¡Que su cadáver sirva de alimento a los buitres!
Quienquiera que se aproxime a él e intente infringir mis órdenes será condenado
a muerte. ¡Que se haga como he dicho!
—¡Es imposible! Tío...
Creonte me fulminó con la mirada, pues lo estaba desafiando en
público.
—¡Te imploro clemencia! —grité arrojándome a sus pies.
—No daré un paso atrás con la orden dada, Antígona. No olvides que de
nuevo soy el rey.
En efecto, una vez desaparecidos mis hermanos, ¡Creonte volvía a subir
al trono!
Esperé encontrarme sola con él dentro del palacio. Sabía que mi tío
era obstinado, pero no cruel.
—Si dejas el cuerpo de Polinices sin sepultura, su alma errará para
siempre, ¡no podrá llegar al reino de los muertos!
—Es cierto. Pero ignoras, Antígona, lo que es la razón de Estado. El
pueblo exige que haya buenos y malos, vencedores y vencidos. No comprendería
que tus hermanos fueran tratados de la misma manera. Eteocles era el rey en
ejercicio.
—¡Había violado su acuerdo y usurpado el trono!
—No importa: era el rey de Tebas y Polinices estaba del lado
equivocado de los muros. Además, es demasiado tarde para que yo modifique mi
decreto.
—¡Pero es una injusticia!
—Más vale una injusticia que un desorden. En mi lugar, harías lo
mismo. Castigarías con la muerte a aquel que infringe la ley.
—Existen otras leyes, tío, no escritas: leyes dictadas por amor, el
respeto de los hombres y el temor de los dioses, ley más justas y más fuertes
que tus pequeños decretos.
—Cuidado, Antígona, no me desafíes. Si te atrevieras a desobedecer, me
vería obligado a condenarte.
Éramos iguales a mis hermanos que se habían matado entre sí: ninguno
de los dos quería ni podía retroceder. Pero si Creonte no hacía más que cumplir
con su trabajo, a mí me incumbía cumplir con mi deber.
Aquella misma noche estaba con Ismene en su habitación. Su tristeza
parecía infinita. Le acaricié el cabello y le murmuré:
—Ismene, debes saber que perderás también a tu hermana.
—¿Cómo? —preguntó levantando rápidamente la cabeza—. ¿No me digas que
tienes la intención de ir a dar sepultura a Polinices?
—Debo hacerlo. Luego, Creonte hará de mí lo que quiera.
—¡Antígona —me suplicó— no me abandones! ¡En vez ocuparte de los
muertos, cuida más bien de los vivos!
—No soy más que una sombra, Ismene. Tengo prisa por reunirme con
quienes nos han dejado.
Alguien entró en la habitación: por su andar encorvado, reconocí a
Tiresias, el adivino. ¿Qué venía a hacer a esa hora?
—Vas a cometer lo irreparable, Antígona...
—¡Creonte te condenará! —exclamó Ismene—. Sí: leo tu muerte en la
mirada del adivino, Antígona... ¿por qué obstinarte? ¿Nuestro interés no es
ponernos del lado del más fuerte?
—Lo más fuerte no es la ley de Creonte. Lo más fuerte es deber. Luego,
una vez cumplido el deber, se cumple el destino.
Es de noche. Ismene está durmiendo. Me inclino sobre ella para
besarla. Luego, con los pies descalzos, dejo la habitación y me deslizo fuera
del palacio. Las calles de Tebas están desiertas. Y las siete puertas de Tebas
están abiertas. Ya no nos acecha enemigo alguno. A pesar de todo, hay soldados
montando guardia y, cuando paso, me interpelan:
—¡Antígona! ¿Tú, aquí, a esta hora? ¡Espera, no te alejes!
—¡Creonte ha prohibido que salgamos de la ciudad!
Los soldados van bien armados, pero soy mucho más ágil que ellos. Me
escapo sin dificultad y me lanzo hacia la planicie.
—¡Antígona, regresa! —me gritan—, ¡Oh, no, por favor, no lo hagas!
Dudan en perseguirme. Soy yo quien les grita de lejos:
—Sólo voy a cumplir con mi deber. ¡Ustedes, soldados, cumplan con el
suyo!
La noche es bella, y la arena está caliente bajo mis pasos. Corro
hasta esa forma humana que, sangrienta y despedazada, yace bajo la luna.
Asustadas, algunas aves rapaces se echan a volar con pesadez ante mí.
Polinices... por fin, mi hermano está aquí. No me tomo tiempo para honrar su
memoria. Junto tierra y arena con mis pies y arrojo todo sobre el cuerpo
difunto. Oh, es inútil cubrirlo completamente para los dioses, que sólo juzgan
la intención, algunos puñados bastan.
—Ve, Polinices, ¡descansa en paz ahora!
Por la bocanada de felicidad que me invade, sé que el alma de mi
hermano deja finalmente su cuerpo muerto. En ese momento, Polinices ha llegado
a la laguna Estigia, y Caronte lo ha admitido en su barca.
Oigo ya detrás de mí los pasos de los soldados que acuden. La alerta
fue dada. Suena una trompeta. Tebas se despierta.
El alba se levanta sobre el cuerpo de Polinices. Ya nadie puede ignorar
mi acto de rebeldía y de amor.
Frente al trono de Creonte, ante el cual los soldados me han conducido,
debo confesar mi delito. Mi tío se inclina hacia mí, me susurra:
—Todavía puedo indultarte. Confiesa que lamentas ese acto insensato.
—¡Sí, Creonte! —digo lo bastante fuerte como para que todos me
escuchen—. Sí, confieso: ¡si tuviera que hacerlo de nuevo, lo repetiría!
Tiresias trata en vano de tomar mi defensa. Creonte suspira:
—¿Qué clase de obstinada eres como para haberte atrevido a infringir
mi ley?
—¿Y tú, Creonte, qué clase de rey eres para ponerte en el lugar de los
dioses y negarle la sepultura a aquel cuyo único crimen era reclamar lo que se
le debía?
Como a todos los reyes, a Creonte no le gusta que lo desafíen.
—¡Joven terca! Me veo obligado a condenarte a muerte...
—Prefiero morir en paz antes que vivir sin haber cumplido con mi
deber. Cuídate, tío: ¡has violado otras leyes, teme la cólera de quienes las
han dictado!
Cuando atravieso las calles de Tebas, encadenada, sorprendo a mi
alrededor murmullos de admiración y de piedad. Para mi gran asombro, soy más
una heroína que una condenada.
Mi prisión se encuentra un poco apartada de la ciudad; es una gruta en
el acantilado. Antes de entrar, abrazo a Ismene.
—Antígona —me afirma—, no voy a sobrevivir a tu muerte.
Por orden de Creonte, los soldados hacen rodar ante la entrada de la
caverna una enorme roca que la obstruye. Estoy sumergida en la oscuridad. Así
es, aquí voy a morir.
No esperaré que la sed y el hambre vengan a torturarme. Pondré fin a
mis días como lo hizo mi madre. Hades tendrá piedad de mí, lo sé. Mi sacrificio
servirá tal vez de ejemplo...
Espero que en el futuro haya otros como yo que sepan desafiar a los
reyes y comprender que su deber, a veces, es infringir la ley de los hombres.
Sófocles
es quien recoge este mito y lo hace tema de su tragedia homónima. También
Eurípides toma como asunto de algunas de sus tragedias la descendencia del
infortunado Edipo.
La guerra de Troya
La boda de Tetis, la diosa marina, y de Peleo, rey de Tesalia, iba a
ser celebrada pronto en el Olimpo.
—¡Organicemos un banquete suntuoso! —declaró Zeus.
—¡Invitemos a todos los dioses! —agregó Hera, su esposa.
—¿A todos? Ah, no. No hay que invitar a la Discordia.
La Discordia,
también llamada Éride, no era una divinidad amable: allí donde estaba presente,
no sabía más que sembrar peleas, perturbaciones y conflictos. Zeus y Hera pocas
veces se ponían de acuerdo. Pero en esta oportunidad, compartieron la opinión:
¡Discordia no sería invitada a la boda!
La fiesta fue alegre: todo un éxito. Afrodita, Atenea y todas las
divinidades del Olimpo conversaban alegremente mientras el bello Apolo
cantaba, acompañado por el coro de las musas.
Ahora bien, la
Discordia rondaba cerca del palacio. Ofendida por haber sido
dejada aparte, pensaba en la manera de vengarse. Aprovechando un momento de
distracción de los convidados, se deslizó hacia la sala del banquete y dejó
sobre la mesa una magnífica manzana de oro en la que había escrito: PARA LA MÁS BELLA.
En cuanto hubo desaparecido, Hera vio la manzana.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. ¿Quién me ha traído este regalo?
—¿Me permites? —dijo Afrodita apoderándose de la fruta—. Es claro que
me está destinada: ¿acaso no soy la diosa de la belleza?
—Despacio —se interpuso Atenea—. Pretendo que me corresponde con todo
derecho. ¿Tú no has afirmado siempre, padre, que yo era la más bella? —concluyó
volviéndose hacia Zeus.
El rey de los dioses se encontró en un aprieto: por cierto, Atenea era
su hija preferida. Pero, al elegirla, tenía miedo de irritar su esposa. Y no
quería que se enojara Afrodita.
—Bueno, ¿qué piensan nuestros invitados?
¡Era la pregunta que no debía hacerse! Se expresaron las opiniones más
diversas. Cada uno eligió, para halagarla, a la diosa cuya protección o amistad
deseaba obtener. Nadie estaba de acuerdo. Escondida no lejos de allí, la Discordia se frotaba las
manos.
—¡Dejen de pelear! —tronó Zeus reclamando silencio—. Aquí nadie puede
ser juez con objetividad. Irán, por tanto, las tres al monte Ida. Hermes las
acompañará con la manzana. Se la confiará a un pastor que se la dará a quien
juzgue más bella. ¡Y su opinión será ley!
Había hablado Zeus. Su decisión, además, convenía a las tres diosas:
¡cada una estaba muy segura de que ganaría!
Aquel día, en el monte Ida, el que estaba haciendo pastar a su rebaño
era el joven y seductor Paris. Ahora bien, Paris no era un pastor como los
demás... Justo antes de dar a luz, su madre, Hécuba, soñó que paría una roca
incendiada que destruía la ciudad de Troya, de la cual su esposo, Príamo, era
el rey.
—¡Ay, este presagio es claro! —exclamó este—. Nuestro hijo provocará
la destrucción de nuestro reino. ¡En cuanto nazca, lo mataremos!
La futura madre simuló aceptar. Pero le encargó a un sirviente la
triste tarea de abandonar al bebé en el monte Ida, y traer consigo el cadáver
de otro niño. Príamo no se enteró de nada: creyó que su orden había sido
ejecutada. Hécuba, por su parte, rogaba a los dioses para que su hijo fuera
descubierto y salvado.
Y eso ocurrió: el bebé fue hallado por una osa que, en vez de
devorarlo, lo amamantó. Más tarde, un buen pastor lo encontró, lo adoptó y lo
llamó Paris.
Un día, ya adulto, Paris se dirigió a Troya para participar en unos
juegos a los cuales asistieron Príamo, su esposa Hécuba y si hija, la joven
Casandra. El valor de ese muchacho los deslumbró.
—¡Ese desconocido saca ventaja a todos sus adversarios! -exclamó
Príamo—. ¿Es posible que sea el hijo de un simple pastor?
Ahora bien, Casandra poseía el don de la adivinación. En cuanto vio al
joven, supo enseguida de quién se trataba:
—No —afirmó palideciendo—. ¡Es tu hijo... y mi hermano!
Príamo llamó a Paris y convocó al que lo había educado. Su
investigación fue rápida, ¡la verdad se manifestó! Y el rey estaba tan contento
de haber encontrado a su hijo que se olvidó de la profecía del sueño de su
esposa.
Una vez convertido de nuevo en príncipe, Paris eligió pasar la mayor
parte de su tiempo cuidando los rebaños de su padre en los alrededores de la ciudad de Troya...
Hermes, con la manzana en la mano, ubicó rápidamente a Paris en las
laderas del monte Ida. Surgió ante él, con sus sandalias aladas; como el pastor
sintió miedo, el dios lo tranquilizó:
—¡No temas, Paris! Soy enviado por Zeus para que hagas desempatar a
tres diosas. Debes elegir a la más bella. He aquí una manzana. Entrégala a la
que sea de tu preferencia.
Estupefacto, Paris dejó que le diera la magnífica manzana de oro y
cuando alzó la cabeza, vio ante sí a tres mujeres cuya belleza lo deslumbró...
¡tres diosas! Su mirada iba de una a otra y, por supuesto, era incapaz de
decidirse. Atenea se adelantó, tomó la mano del pastor y le murmuró al oído:
—Si me eliges, Paris, ¡te convertirás en un rey poderoso! Yo, diosa de
la guerra, te enseñaré el arte de los combates y haré de ti un soberano
invencible.
—¡Espera! —interrumpió Hera, acercándose a su vez—. ¿Me has
reconocido, Paris? ¡Soy la esposa de Zeus! ¿Combatir? ¡Con mi protección, no
necesitarás hacerlo! Y te prometo que reinarás sobre Asia Menor.
Durante ese tiempo, Afrodita se había desabrochado la túnica para
aparecer en todo su esplendor.
—Yo —dijo—, te ofrezco aún más. Si tu elección recae sobre mí, obtendrás el
amor de aquella cuya belleza es igual a la mía... hija que la humana Leda tuvo
con Zeus: Helena.
Helena era cortejada por todos los soberanos de Grecia. Era tan bella
que Teseo la había secuestrado para intentar desposarla cuando ella tenía
apenas doce años. Paris no vaciló: para gran pesar de Hera y de Atenea, se
inclinó ante Afrodita y le dio manzana. Nadie vio, escondida en los
bosquecillos cerca de allí, a una diosa encantada por el giro que daba la
historia. Claro, era la
Discordia; su manzana seguía surtiendo efecto.
En el momento en que transcurría esta escena en el monte Ida, la
famosa Helena se encontraba en Esparta. Rodeada de sus pretendientes, estaba
confrontada a una elección difícil:
—Esta vez —le decía su padre adoptivo, Tíndaro—, ¡debes decidirte!
Todos los reyes de las ciudades de Grecia están aquí, ¿a cuál eliges?
—Ah, padre, sea cual fuere mi decisión, sé que acarreará catástrofes.
Tantas amigas mías se quejan de su fealdad... Yo las envidio, pues mi belleza me resulta un peso...
Era cierto que Helena ya había desencadenado numerosos conflictos:
varios soberanos se habían peleado por ella.
—¡Al tomar un marido —dijo— suscitaré nuevas pasiones ¡Aquellos que
hayan quedado descartados querrán matar a mi esposo o secuestrarme!
—Entonces —exclamó Ulises,
que era rey de Ítaca—, aquellos que no seamos elegidos deberemos unirnos en
torno a una promesa: juremos perseguir al que intente separar a Helena de su
esposo...
El rey de Esparta, Menelao, lo aprobó. Se volvió hacia Agamenón, su
hermano, rey de Argos, y hacia los demás pretendiente allí reunidos.
—Esta solución me parece razonable. ¿Qué dicen?
Los griegos aceptaron.
—Sí —dijeron en una sola voz—, juramos combatir al que atreva a
secuestrar a Helena hasta que sea devuelta a su marido.
—Y ahora, Helena —la apuró Tíndaro—, ¡decídete!
—Elijo a Menelao, rey de Esparta —dijo, después de vacilar.
Que Helena se hubiera convertido en la esposa de Menelao no impidió a
Afrodita cumplir con su promesa: hizo nacer en el corazón de Paris tal pasión
por Helena, que este, aunque nunca había visto hasta el momento a la mujer de
la que estaba enamorado, fue enseguida en busca de su padre Príamo.
—Justamente, ¡quería verte! —le dijo—. Tienes que casarte y garantizar
tu descendencia. Tengo una muchacha para presentarte: se llama Enone.
Enone dejó a Paris indiferente; como su padre insistía, se casó. Pero
cesó de prestarle atención rápidamente, pues no pensaba más que en Helena.
Una mañana, Príamo convocó a su hijo al palacio:
—Paris —le dijo—, tengo una misión para confiarte: debo enviar un
embajador al rey Menelao, de Esparta. He pensado que...
¡Esparta! La ciudad donde se encontraba la bella Helena. Paris
exclamó:
—Ah, padre, ¡parto ya mismo!
Paris ni siquiera se despidió de Enone. Aquella misma noche dejó la
ciudad de Troya para zarpar hacia Grecia. Cuando se presentó en el palacio de
la ciudad, los guardias le dijeron:
—¡Qué lástima! El rey Menelao acaba justamente de partir hacia Creta.
Debe asistir allí a un importante funeral.
—¡No importa! —exclamó una voz femenina detrás de ellos—. En su
ausencia, recibo yo a los embajadores. Entra, extranjero ¿Quién eres?
En cuanto la esposa de Menelao vio a Paris, su corazón dio un vuelco.
Por su parte, el enviado de Troya creyó desfallecer de pasión. Con la voz
alterada por la emoción, contestó:
—Soy Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, y descendiente del gran
Zeus...
Helena no tenía dudas: ¡Paris era bello como un dios!
En cuanto los guardias dejaron a los jóvenes a solas, se precipitaron
uno en brazos del otro.
—¡Ah, Helena, huyamos! —murmuró Paris—. Aprovechemos la ausencia de tu
marido. Vayamos juntos a la buena ciudad de Troya.
—Iré adonde tú vayas. Pero no quiero partir con las manos vacías.
Helena hizo acumular en cofres las riquezas del palacio y, durante la
noche, se dirigió a escondidas a la nave de Paris. Cuando amaneció, los
guardias tuvieron que entregarse a la evidencia: la reina no sólo había saqueado los bienes de su esposo, ¡sino
que lo dejaba para partir con un extranjero!
En el navío que regresaba a Troya, Paris y Helena disfrutaron de las
alegrías de un amor recíproco. Y arriba, en el Olimpo, Afrodita, satisfecha,
observaba sonriendo a los amantes que ella había reunido.
Cuando Menelao volvió de Creta, dejó estallar su cólera:
—¡Traidores! ¡Incapaces! —les gritó a los guardias de su palacio—. Rápido,
convoquen a los reyes de todas las ciudades de Grecia.
Acudieron. Menelao les anunció la noticia:
—¡Paris ha secuestrado a Helena, mi esposa! ¡En este momento está
navegando con ella hacia Troya! ¿Recuerdan su promesa?
—Sí, hermano —respondió Agamenón con voz tenebrosa—. Y la respetaremos.
Juntaremos nuestros ejércitos. Partiremos hacia Troya. Si es necesario,
sitiaremos la ciudad y pelearemos. ¡Pero traeremos de regreso a Helena!
Se había declarado la guerra de Troya...
En el Olimpo, Afrodita comprendió que la situación empezaba a
superarla. Fastidiada por la vana agitación de los hombres, regresó a su
palacio y decidió poner un poco de orden. Tenía demasiadas cosas y decidió
deshacerse de algunos objetos inútiles.
—Acumulo... acumulo... —farfullaba—. ¿Eh, quién pudo haberme hecho un
regalo tan vulgar?
Dio vuelta una y otra vez el objeto brillante entre sus manos antes de
estallar de risa.
—¡Ya está, me acuerdo! Qué tonta... Y qué objeto de mal gusto
Lo tiró. Era una fruta. Una fruta de oro: la manzana de Discordia.
Los
cuatro relatos que integran esta sección han sido tomados de las epopeyas de Homero,
La Ilíada y
La Odisea.
La cólera de Aquiles
Diez años... ¡Pronto se cumplirán diez años desde que los griegos,
bajo el mando de Agamenón, iniciaron el sitio a la ciudad de Troya! De todos
los combatientes, Aquiles es el más valiente. Nada más normal: ¡su padre
desciende de Zeus en persona y su madre, la diosa Tetis, tiene por antepasado
al dios del océano!
Pero esa noche, el valiente Aquiles regresa extenuado y desanimado:
Troya parece imposible de tomar y, para colmo, la peste, que se ha declarado
hace poco, ataca sin perdón a los griegos.
Cuando entra en su tienda, ve a su mejor amigo, Patroclo, que lo está
esperando.
—¡Ah, fiel Patroclo! —exclama abriendo sus brazos—. Ni siquiera te vi
en el fuego de la batalla... Espera: voy a saludar a Briseida y soy todo tuyo.
Briseida es una esclava troyana de la que Aquiles se apoderó, después
del asalto de la semana anterior, tras el reparto habitual del botín. La joven
prisionera le había lanzado una mirada suplicante, y Aquiles sucumbió ante su
encanto. Briseida misma no parecía indiferente a su nuevo amo.
Aquiles aparta la cortina, pero la habitación de Briseida está vacía.
¿Acaso la bella esclava huyó? Imposible: Briseida lo ama, Aquiles pondría las
manos en el fuego. ¡Y, además, los griegos están rodeando los muros de la
ciudad! Confuso, Patroclo da un paso hacia su amigo:
—¡Y sí, Briseida ha partido, Aquiles! Venía a avisarte. Agamenón,
nuestro rey, ha ordenado que la tomaran...
—¿Cómo? ¿Se ha atrevido?
Empalidece y aprieta los puños. Aquiles tiene grandes cualidades: es,
lejos, el guerrero más peleador y más rápido. ¿No lo han apodado Aquiles de
pies ligeros? ¡Sin su presencia, los griegos tendrían que haber abandonado el
sitio cien veces y deberían haber regresado a su patria! Por otra parte, un
oráculo predijo que la guerra de Troya no podría ser ganada sin él... Pero
tiene también algunos defectos: es impulsivo, colérico, muy, muy susceptible.
—Déjame explicarte —dijo Patroclo en tono conciliador—, ¿Te acuerdas
de Criseida?
—¿Quieres hablar de la esclava con que Agamenón se quedó cuando
distribuimos el botín?
—Ella misma. El padre de Criseida, un sacerdote, quiso recuperar a su
hija. A pesar del enorme rescate que ofreció, Agamenón se ha negado.
—¡Ha hecho bien!
—El problema —prosiguió Patroclo suspirando—, es que ese sacerdote,
para vengarse, ha suscitado sobre nosotros la cólera Apolo. ¡Esa es la razón de
la peste que diezma a nuestras filas! Va a cesar, pues Agamenón entregó a
Criseida a su padre esta mañana. Pero el rey quiso reemplazar a su esclava
perdida. Y ordenó que vinieran a buscar a Briseida.
Lejos de calmar a Aquiles, esta explicación aumenta su cólera.
Apartando a su amigo Patroclo, se precipita fuera de la tienda, en unos pocos pasos,
alcanza el campamento del rey. Se encuentran allí todos los reyes de las islas
y de las ciudades de Grecia. Aquiles empuja a Menelao, a Ulises y a tres
soldados que no se apartan lo bastante rápido.
—¡Agamenón! —clama plantándose ante él con las piernas separadas—.
¡Esta vez es demasiado! ¿Con qué derecho me quitas esclava que he elegido para
mí? ¿Olvidas que tú lo has hecho antes que yo? ¿Y que, además de Criseida, te
has atribuido un botín diez veces mayor del que dejaste a tus más prestigiosos
guerreros?
Un anciano de larga barba blanca se interpone. Es Calcante, el
adivino.
—Aquiles —murmura—, yo recomendé al rey devolver a Criseida. Los
oráculos son implacables: ¡era la única manera de calmar n Apolo y de terminar
con la peste que nos diezma!
—No pongo en duda tu oráculo, Calcante —masculla Aquiles—. ¿Pero por
qué Agamenón me ha sacado a Briseida? Después de cada combate, siempre sucede
lo mismo: ¡el rey se sirve primero, y a sus anchas! ¡No deja más que cosas sin
valor a los que combaten en la primera línea!
Agamenón empalidece. Dominando su irritación, saca pecho y lanza a su
mejor soldado:
—¿Olvidas, Aquiles, que le estás hablando a tu rey?
—¡Un rey! ¿Eres digno de eso, Agamenón, que no sabes más que dar
órdenes y apartarte de los combates? Es sobre todo después de la batalla
cuando te vemos, ¡para el reparto del botín!
—¡Me estás insultando, Aquiles!
—No. ¡Tú me has ofendido robándome a Briseida! ¡Exijo que me devuelvas
a esa esclava, me corresponde por derecho!
—¡De ninguna manera! ¿Te atreverías a desafiar a tu rey, Aquiles?
Agamenón no tiene tiempo de terminar la frase: Aquiles saca su
espada... cuando se le aparece la diosa Atenea.
—¡Cálmate, ardiente Aquiles! —le murmura en tono conciliador—. Tienes
otros medios para vengarte del rey sin matarlo, créeme.
La visión se desvanece. Aquiles, que es el único que ha visto a la
diosa, guarda su espada.
—¡Bien! —decide con voz firme—. Quédate con Briseida. Pero sabe que, a
partir de ahora, no me involucraré más en los combates. Después de todo, ¿qué
me importa esa famosa Helena que Paris ha secuestrado a tu hermano? ¡Los
troyanos nunca me han hecho nada a mí!
Y delante de Menelao, esposo de Helena, que le arroja una mirada
estupefacta a Agamenón, Aquiles gira los talones y se va.
Una vez en su tienda, no puede contener las lágrimas. Sí: Aquiles
llora, tanto de despecho como de rabia. Pues a la pérdida de Briseida se suma
la humillación de haber sido desposeído de ella delante de todos sus
compañeros. ¡Eso no puede perdonárselo al rey!
Al día siguiente, por la noche, Patroclo se dirige a visitar Aquiles
que, en todo el día, no se movió de su tienda: tiene mala cara.
—Estoy extenuado —suspira el amigo de Aquiles desplomándose sobre una
silla—. Hoy perdimos muchos hombres. ¡Tu valor nos ha hecho mucha falta! Cuando
los troyanos constataron que tú no participabas en el combate, su ardor
recrudeció.
Aquiles no responde. Para que la ciudad de Troya sea tomada todos
saben que su presencia o su acción son indispensables. Espera que Agamenón,
privado de su mejor guerrero, termine por devolverle a Briseida. ¿Y quién sabe
si hasta viene a suplicarle que se reintegre en el combate?
Pero Aquiles se acuerda también de una predicción funesta: el adivino
Calcante le ha revelado a su madre que, si se dirigía a Troya, ¡moriría allí
poco tiempo después que Héctor, hijo de Príamo y el más célebre de los
guerreros troyanos! Para desviar el destino, Tetis, la madre de Aquiles, usó
miles de artimañas: para volverle inmortal, hundió a su hijo en la laguna
Estigia. Pero no pudo sumergirlo totalmente y el talón por el cual lo sostenía
quedó como el único punto vulnerable de su cuerpo. Luego, Tetis disfrazó a su
hijo de mujer y lo envió a la isla de Esciro para protegerlo. Pero Ulises logró
encontrar a Aquiles y conducirlo hasta Troya.
—¡Ah, Patroclo! —suspira Aquiles—. ¿Qué vine a hacer aquí? ¡Cómo me
arrepiento de no haberme quedado en Tesalia! En mi patria habría podido llevar
la vida tranquila de un boyero...
A la semana siguiente, Patroclo entra lleno de alegría en tienda de
Aquiles para anunciarle:
—¡Listo! ¡Se aproxima el fin de la guerra! ¡Paris y Menelao van a
enfrentarse mañana en un combate singular! ¡El que gane quedará con
Helena y el campamento del perdedor deberá someterse a las leyes del vencedor!
—¿Por qué no? —gruñe Aquiles, tan sorprendido como decepcionado.
En efecto, su chantaje queda así malogrado. Si el oráculo ha dicho la
verdad, ¡la derrota de los griegos es segura! Sin embargo, a la noche
siguiente, clamores, gritos y el ruido de las espadas empujan a Aquiles a
dejar su tienda: ante los muros de Troya, los ejércitos enemigos se enfrentan
con ensañamiento.
—El duelo fue postergado —explica Patroclo—. ¡Esos troyanos traidores
rompieron la tregua y la guerra ha recomenzado!
En ese instante llega otro guerrero griego. Al reconocer a Ulises,
Aquiles se levanta para saludarlo.
—Entra, amigo mío —le dice—. Me disponía a cenar. ¡Antes de revelarme
qué te trae aquí, ven a compartir un poco de carne y vino!
Aquiles admira a Ulises, pero aprendió a desconfiar de él, pues ese
héroe, célebre por sus engaños, no vino con toda seguridad a hacerle una visita
de cortesía. Una vez terminada la cena, Ulises declara:
—El rey me envía ante ti para invitarte a retomar el combate...
—¡De ninguna manera! —responde Aquiles, bostezando mientras se tira
en su cama.
—No seas obstinado. Agamenón por fin pide perdón: acepta devolverte a
Briseida. A eso le suma diez talentos de oro, doce caballos, siete esclavos y
se compromete, si Troya es tomada, a dejarte cargar de oro todas tus naves.
¿Qué dices?
—Demasiado tarde, Ulises, es inútil: ya no quiero pelear.
Uniendo el gesto a la palabra, Aquiles da la espalda a su visita.
—Sí —explica Patroclo, suspirando—, su cólera no se ha calmado.
Aquiles ha decidido poner mala cara.
Algunos días más tarde, Patroclo tiene una cara tan triste que, al
entrar en la tienda de Aquiles, éste le pregunta:
—¿Tan malas son acaso las noticias?
—¡Sí! ¿No oyes los estertores de nuestros guerreros agonizando a algunos
pasos de aquí? Ay, vamos a perder la guerra. Oh, Aquiles —agrega Patroclo
señalando, en un rincón de la tienda, la armadura y el casco de su amigo—, ¿me
autorizarías a combatir hoy portando tus armas?
—¡Por supuesto! Lo que es mío te pertenece. ¿Pero por qué?
—Así vestido, sembraré el terror entre los troyanos: al ver tu
armadura, creerán que has retomado el combate.
—Ve... ¡pero te ruego que seas prudente! —responde Aquiles mientras
abraza a su amigo.
Durante la tarde, la larga siesta del héroe es interrumpida: un
guerrero griego entra en su tienda. Está exhausto y anegado en lágrimas.
—¡Aquiles! —gime—. ¡La desgracia se abatió sobre nosotros! ¡Patroclo ha muerto! ¡Héctor, el más
intrépido de los troyanos, lo atravesó con su lanza! Incluso, lo ha despojado
de tu armadura. Nuestros enemigos se disputan su cuerpo.
Con estas palabras, Aquiles se levanta para gritar a los dioses su
dolor. Se mesa los cabellos, rueda por el suelo y se cubre el rostro con
tierra. Solloza a la vez que gime:
—¡Patroclo, mi hermano, mi único amigo de verdad!
Muerto. Patroclo ha muerto. El sufrimiento que experimenta Aquiles
duplica su cólera; desvía entonces su furor:
—¡Maldito Héctor! ¿Dónde está? Ah, Patroclo, ¡Juro vengarme. No
asistiré a tus funerales sin antes haber matado a Héctor con mis propias manos!
Loco
de dolor, Aquiles se arma de prisa y se precipita fuera de su tienda. Marcha
hacia los muros de la ciudad sitiada y lanza tres veces un grito tan furioso
que los troyanos, estupefactos, tiemblan de espanto en las murallas. Los
caballos mismos relinchan de terror. Muy rápidamente, los griegos aprovechan
esta confusión: alcanzan a tomar el cuerpo de Patroclo mientras Aquiles arroja
sobre una docena de enemigos a los que ensarta. Cuando sucumbe el número trece,
oye, cerca de sí, una voz que gime:
—Polidoro... ¡Acabas de matar a mi hermano Polidoro!
Aquiles se da vuelta hacia el troyano que se lamenta: ¡es Héctor en
persona! Por un segundo, los dos campeones se enfrentan con la mirada. Y la
predicción, una última vez, aflora en la cabeza de Aquiles: "Morirás poco
después que Héctor". Así, vengando a Patroclo, Aquiles apurará su propio
fin. ¡No importa! ¡Con un grito de furor, ataca al asesino de su amigo, que
huye!
Tres veces los adversarios dan la vuelta a la ciudad, sin detenerse
más que para intercambiar terribles estocadas. Agotado, Héctor se detiene en
seco. Arroja su lanza, que Aquiles evita. ¡Entonces divisa la yugular en la
armadura de su enemigo, ajusta si estocada y hunde allí su espada! Héctor, con
la garganta atravesada, se derrumba y expira.
Desoyendo los gritos de desesperación de los troyanos que siguieron el
combate desde las murallas de la ciudad, Aquiles despoja al cadáver de su
armadura. Ata a Héctor por los pies un carro, da un latigazo a los caballos y,
tres veces, da la vuelta a la ciudad arrastrando el cuerpo por el polvo. Luego
lo abandona en el suelo, cerca de su tienda.
—¡Que sea presa de los buitres y de los chacales! —ordena.
Abandonado el cadáver sin sepultura, el alma del difunto no tendrá
nunca reposo. El héroe se vuelve entonces hacia el cuerpo de Patroclo que los
griegos, mientras tanto, han colocado en una pira fúnebre.
—¡Ahora, vete, Patroclo! —murmura, conteniendo un sollozo ¡Alcanza en
paz el reino de Hades!
He aquí Troya privada de su mejor combatiente. Pero la venganza de
Aquiles es amarga, pues tiene el gusto de su propia muerte.
Durante la noche, un ruido sospechoso hace saltar a Aquiles de su
cama. No tiene tiempo de tomar su espada: unas manos temblorosas ya están
rodeando sus rodillas. ¡A la luz de la luna, el héroe, estupefacto, reconoce a
Príamo, padre de Héctor! ¿Cómo logró este anciano dejar la sitiada Troya e
infiltrarse hasta aquí?
—¡Aquiles! —gime Príamo—. Vengo a implorarte. Tenía cincuenta hijos.
Casi todos han perecido en esta guerra interminable. ¡Y has matado a Héctor, mi
hijo preferido! Te lo suplico, devuélveme su cuerpo.
Frente a la desesperación y al coraje de ese anciano que se atreve a
arrojarse a los pies de su peor enemigo, Aquiles se encuentra desconcertado.
—Te he traído regalos costosísimos —agrega Príamo, sollozando.
—Levántate —responde el héroe, emocionado hasta las lágrimas.
Entonces, dejando su tienda, va a recoger el cadáver de Héctor para
devolvérselo él mismo a su padre, y agrega:
—Estás agotado, Príamo. Ven, pues, a beber y a comer. Quédate aquí y
duerme sin temor. Te prometo que regresarás a Troya cuando el alba, con el
cuerpo de tu hijo, sin ser molestado.
La pira funeraria de Patroclo no llegará a ser encendida: al día siguiente,
después de la partida de Príamo, y mientras Aquiles lanza un terrible asalto
contra los muros de Troya, el raptor de Helena, Paris en persona, se desliza
fuera de la ciudad, sin duda gracias a los consejos de Apolo, su dios
protector. Ve a Aquiles que está corriendo y, con su arco, despide una flecha
que va a clavarse... ¡exactamente en el pie del guerrero!
Aquiles, cuyo talón está perforado, cae. Arranca la flecha, ve que la
sangre sigue fluyendo y comprende que su vida se va con ella. El oráculo ha
dicho la verdad.
—¡Patroclo, me reuniré contigo! —grita antes de exhalar un último
suspiro.
Aquiles muere. Ahora que su destino se ha cumplido, Troya podrá caer,
tal como el oráculo lo predijo. ¿Pero cómo? ¿Por medio de qué artimaña? Pues
Aquiles ha muerto, y Troya sigue en pie...
Los griegos disputaron a los troyanos el cadáver del gran Aquiles y lo
condujeron a su tienda. La bella Briseida inundó de lágrimas el cuerpo de un
amo que no tuvo tiempo de querer. Ella misma encendió la pira sobre la que
yacían los cadáveres de los dos fieles amigos. Como lo requería la costumbre,
cortó las largas trenzas de su cabello para arrojarlas entre las llamas.
Una vez que las cenizas de Aquiles, mezcladas con las de Patroclo,
fueron recogidas, los griegos las encerraron en una misma urna, que enterraron
en la cima de una colina.
Hoy, los pasajeros de los navíos que atraviesan el antiguo Helesponto
pueden, todavía, ver esta colina. La
urna ya no existe y las cenizas, desde hace mucho tiempo, se han mezclado con
ruinas de Troya... Una ciudad que el poeta Homero llamaba Ilión, y que Ulises
habría de tomar por medio de una asombrosa artimaña.
Este
es el tema principal de La Ilíada. Siglos
después, Aquiles y Ulises reaparecerán en la célebre obra de Dante Alighieri La
Divina Comedia.
De espaldas a los muros de la inaccesible ciudad de Troya, Ulises
pensaba, con la mirada perdida en el mar cercano...
Pensaba en Ítaca, la isla ahora lejana de la que era rey; pensaba en
Penélope, su esposa, que había dejado allá, y en su hijo, Telémaco, que debía
haber crecido mucho.
—¡Diez años! —murmuró dominando su tristeza—. Hace diez años que
partí. Diez años perdidos sitiando una ciudad. Y todo esto para hacer honor a
una promesa y para obligar a Paris a devolver a la bella Helena a su esposo
Menelao...
¡Cuántas víctimas durante esa interminable guerra que seguía
enfrentando a los troyanos con los griegos! Los mejores habían perecido:
Héctor, el campeón de Troya, y el héroe griego, Aquiles. El mismo Paris había
sucumbido a una flecha envenenada. Pero Helena quedó prisionera. Y la ciudad
aún no se rendía.
—Sin embargo —declaró una voz cerca de Ulises—, la guerra va a
terminar pronto, y Troya será destruida. Sí: los oráculos son precisos.
Ulises reconoció a Calcante, el viejo adivino. Y cuando iba a
replicarle con una ironía, una idea loca le pasó por la cabeza.
—¿Estás rumiando alguna astucia, verdad, Ulises? —preguntó el anciano.
El rey de Ítaca asintió, antes de agregar con fastidio:
—¿Cómo adivinas mis pensamientos antes de que los exprese?
—Olvidas —respondió Calcante— que ese es mi trabajo. Y todos sabemos
que, de nosotros, tú eres el más astuto. ¡Habla!
—No. Primero debo reflexionar; luego, presentaré mi proyecto a
nuestros aliados.
Aquella misma noche, el rey Agamenón reunió a todos los jefes de
Grecia que estaban sitiando Troya. Ulises, entonces, les declaró:
—Esta es mi idea: vamos a construir un inmenso caballo de madera...
—¿Un caballo? —exclamó Agamenón, que esperaba un plan de batalla menos
extravagante.
—Sí. Un caballo tan grande que nos permitirá meter en sus entrañas, en
secreto, a un centenar de nuestros guerreros más valientes. Mientras tanto,
desmontaremos nuestras tiendas y nos dirigiremos a nuestras naves. Es necesario
que los troyanos vean nuestros navíos alejarse de la costa.
Uno de los compañeros de Ulises, que se llamaba Sinón, exclamó,
escandalizado:
—¡Estás loco! Entonces, ¿quieres levantar el sitio?
—Espera Sinón: ¡olvidas el centenar de griegos disimulados dentro del
caballo! Por otra parte, uno de nosotros permanecerá cerca de la estatua.
Después de nuestra partida, será capturado por los troyanos. Esto es lo que el
espía les dirá: hartos del sitio, los griegos regresaron a sus patrias. Para
que Atenea les sea favorable, le han construido este caballo...
—¿Atenea? —se sorprendió Agamenón—. ¡Pero Atenea es la protectora de
nuestros enemigos! ¡Tiene su estatua en Troya, el Paladión!
—Justamente: ¡nuestros enemigos creerán que queremos congraciarnos!
—explicó Ulises. Estoy seguro de que, para no ofender a Atenea, los troyanos
harán entrar en la ciudad ese caballo que le está dedicado a ella.
—¡Ya veo! —admitió Agamenón—. ¿Quieres, pues, arrojar nuestros mejores
hombres en la boca del lobo?
—No. Quiero, por el contrario, que nos abran el corral. Pues este
caballo será tan gigantesco que no podrá pasar por ninguna de las puertas de la
ciudad: ¡los troyanos deberán derribar los muros para hacerlo entrar!
—¿Crees que se arriesgarán a eso? —preguntó el rey.
—Sí, si están convencidos de que hemos levantado campamento, ¡y si ven
desaparecer nuestras naves en el horizonte! En realidad, éstas llegarán hasta
la isla de Tenes, que está cerca de aquí. Una vez que el caballo haya entrado
en la ciudad, nuestro espía, a la noche, en el momento en que lo crea propicio,
encenderá un fuego sobre las murallas. Nuestros ejércitos desembarcarán antes
del alba y penetrarán en la ciudad.
Epeo, el carpintero que había construido las barracas, se levantó para
clamar:
—¡Esta estratagema me gusta! Construir un caballo así me parece posible:
el monte Ida, que está cerca de aquí, abunda en robles centenarios.
—En cuanto a mí —agregó el valiente Sinón—, ¡me gustaría ser el que se
queda cerca del caballo! Engañaré a los troyanos: una vez que la estatua
gigante esté instalada en la ciudad, ¡haré salir de sus entrañas a los que
estarán escondidos!
—Es arriesgado —murmuró Agamenón, acariciando su barba—. Los troyanos
pueden matarte, Sinón. También es posible que nunca hagan entrar ese caballo, o
que descubran muy rápidamente a los que se encuentran en su interior.
—¡Por supuesto! ¿Pero no están cansados de esta guerra? ¿Y no tienen
prisa por regresar a sus casas?
Le respondieron gritos unánimes: ese sitio había durado demasiado. A
los ojos de los griegos, todos los riesgos valían más que prolongar la espera.
Desde lo alto de las murallas de su ciudad, el rey Príamo, estupefacto,
observaba a sus enemigos: estaban quemando las barracas de sus campamentos,
plegando sus tiendas y dirigiéndose a sus naves.
—¡Los griegos se van! —se asombró—. ¡Levantan el sitio!
—Padre, no te fíes. Es una artimaña, te llevará a la derrota...
Casandra, la profetisa de la ciudad, estaba lejos de compartir el
optimismo de su padre. ¡Ay! Nadie tenía fe en sus predicciones.
Casandra era tan bella que había seducido al mismo Apolo. Le había
dicho: "Te pertenecería con gusto, pero concédeme antes el don de la
profecía". Apolo había consentido. Una vez obtenido el don, Casandra
rechazó al dios burlándose de él. Como pensaba que era indigno quitarle lo que
le había dado, Apolo declaró:
—De acuerdo... Sabrás leer el futuro, Casandra, ¡pero nadie jamás
creerá en tus predicciones!
—Es una artimaña, padre, lo sé, lo siento...
—Vamos, Casandra, no digas tonterías: si los griegos quisieran
regresar, ¡no estarían destruyendo esas barracas que les llevó tanto tiempo
construir! Mira, varias naves ya están en el mar.
—Padre, ¿recuerdas lo que predije cuando Paris regresó aquí con la
bella Helena, hace ya diez años?
—¡Sí! Recuerdo que rompiste el velo de oro de tu tocado... Te
arrancaste los cabellos y lloraste profetizando la pérdida de nuestra ciudad.
Te equivocaste: ¡hemos aguantado el sitio y ganamos! Casandra —agregó Príamo—,
mis ojos están demasiado gastados para ver lo que los griegos están
construyendo en la costa. ¿Qué es?
—Parece una estatua —dijo Casandra—. Una gran estatua de madera.
Tres días más tarde, los troyanos debieron rendirse a la evidencia:
¡los griegos habían partido! Desde lo alto de las murallas, no se distinguía
sino la llanura desierta donde tantos hombres habían caído y, allá, en el mar,
las últimas velas de los navíos enemigos. En la playa, el extraño monumento que
los griegos habían abandonado intrigaba al rey Príamo, que declaró:
—¡Vamos a ver qué es!
Por primera vez en diez años, fueron abiertas las puertas de la
ciudad.
Cuando los troyanos descubrieron en la orilla del mar un suntuoso
caballo de madera más alto que un templo, no pudieron contener su sorpresa y su
admiración.
—¡Príamo! —gritó un troyano que se había aventurado debajo del animal.
¡Acabamos de encontrar a un guerrero griego atado a una de las patas!
Corrieron a desatar al desconocido y lo presionaron con preguntas.
Pero el hombre se negaba a responder.
—¡Que le corten la nariz y las orejas!
Torturado, el desafortunado griego terminó confesando.
—Me llamo Sinón. ¡Sí, nuestras naves han partido! Gracias a los
consejos del adivino Calcante, los griegos han construido esta ofrenda a
Atenea para que la diosa les perdone la ofensa hecha a su ciudad. Para obtener
un mar favorable, Ulises quiso ahogarme e inmolarme a Poseidón. Pero me escapé
y me refugié bajo la estatua. Para no disgustar a Atenea, a quien le pedía
protección, Ulises se conformó con atarme allí.
—¡Una ofrenda a Atenea! —exclamó Príamo, maravillado.
—¿La dejaremos en la playa, expuesta al viento y a la lluvia? —preguntaron
varios troyanos.
—¡Sí! —dijo Casandra, estremecida—. Aún más: quemaremos esta ofrenda
impía. Es un regalo envenenado que nos han dejado nuestros enemigos.
—¡Cállate! —respondió el rey a su hija—. ¡Que se construya una
plataforma! ¡Que traigan rodillos! ¡Que conduzcan este caballo a nuestra
ciudad, cerca del templo edificado en honor de la diosa!
Fue un trabajo más largo y difícil de lo previsto. Pero una noche, el
caballo fue por fin conducido triunfalmente a la ciudad, ante los troyanos
reunidos sobre las murallas. Ay, las puertas eran demasiado estrechas para que
pasara. Después de echar una mirada a la llanura desierta, Príamo ordenó:
—¡Que se derribe uno de los muros de la ciudad!
—¡Padre —predijo su hija temblando—, veo a nuestra ciudad en llamas, veo
miles de cadáveres cubriendo sus calles!
Nadie escuchaba a Casandra: los troyanos estaban subyugados por ese
caballo espléndido y monstruoso a la vez, con las orejas levantadas y los ojos
incrustados de piedras preciosas.
El animal fue empujado hasta el templo de Atenea, donde se inició una
gran fiesta que reunió a todos los troyanos sobrevivientes: la guerra había
terminado, los griegos habían partido, ¡y ese caballo llegaba justo para
celebrar una victoria que ya ninguno esperaba!
Nadie se preocupaba por Sinón, que había sido perdonado.
Deslizándose entre los festejantes, el espía griego llegó a las murallas
desiertas; construyó una gran pira y, antes de encenderla, esperó que los
troyanos cayeran, ebrios de danzas y de vino.
¡Con el correr de las horas, en el interior del caballo, Ulises y sus
compañeros comprendían que su estratagema se convertía en éxito! Habían oído el
ruido de las murallas abatidas, los gritos de alegría y de victoria de los
troyanos y, luego, el clamor de la fiesta que, ahora, se había callado. De
repente, una voz de mujer surgió bajo los pies de los guerreros silenciosos:
—Ah, queridos compatriotas, ¿por qué me han abandonado? Esposo mío,
ahora, ¿dónde estás? ¿Sabes que, después de la muerte de Paris, Deífobo, su
propio hermano, me forzó a compartir su lecho? Y tú, valiente Ulises, ¿también
te has ido?
Era la bella Helena. Menelao se disponía a responderle, pero Ulises le
tapó la boca con la mano. Durante un tiempo, Helena gimió debajo del caballo.
Luego, su voz se alejó. Pero apareció otra:
—¿Ulises? ¿Diómedes? ¿Ayax? ¿Neoptólemo? ¿Menelao? ¡Soy Sinón! ¡Los
troyanos están descansando! Hace varias horas encendí la señal. Se acerca el
alba... Rápido, ¡salgan!
De inmediato, en el interior de la estatua, Epeo sacó las trabas que
soportaban el pecho. La pared vaciló. Ulises hizo caer unas cuerdas. Y cien
guerreros armados salieron uno a uno desde las entrañas del caballo. Al mismo
tiempo, las naves griegas, eran empujadas por un viento favorable,
desembarcaron en la playa. Los ejércitos de Agamenón se lanzaron hacia la Troya abierta. Mientras los
griegos que surgieron del caballo invadían la ciudad dormida, Ulises lanzaba
gritos de victoria.
Los troyanos apenas tuvieron tiempo para comprender pasaba: la mayoría
murió en cuanto se despertó. Los más valientes, todavía no repuestos de la
fiesta nocturna, no opusieron más que una resistencia irrisoria. Los menos
temerarios se salvaron sólo porque huyeron.
Mientras
por las calles, como por un arroyo, corría la sangre los troyanos degollados,
Neoptólemo, hijo de Aquiles, descubrió a Príamo arrodillado frente al altar de
Zeus. Sin piedad, degolló al rey. Más lejos, Menelao encontró a Helena en la
habitación de Deífobo, hermano de Paris. Lo mató de una estocada antes de
arrojarse hacia su esposa, al fin reencontrada. Áyax, al entrar en el templo,
encontró a la bella Casandra al pie de la estatua de Atenea.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Hace tanto tiempo que te quería para mí!
Mientras la hija de Príamo era privada de su honra, la diosa de
piedra, según cuentan, desvió la cabeza.
Cuando se levantó el día, no quedaba de Troya más que las ruinas; lo
que no había sido destruido, terminaba de quemarse. Los griegos ya cargaban sus
naves con el botín de la ciudad devastada. Ulises, frente al asombroso caballo
que había traído la victoria, debió apartarse de repente: una mujer de una
inmensa belleza pasaba indiferente a la matanza que indirectamente había
provocado. Era Helena. Los guerreros, mudos de admiración, se detenían para
contemplarla.
Ulises sintió una extraña amargura.
—¡Vamos! —dijo de pronto a sus hombres, que estaban subiendo a la
nave—. ¡Esta vez, la guerra ha terminado, regresemos a nuestra buena isla de Ítaca!
Agregó para sí: "¡Y junto a Penélope, mi querida esposa, que hace
diez años que me está esperando".
¡Ay, Ulises ignoraba que estaba lejos de regresar a su patria! Los
dioses decidieron otra cosa: habrían de pasar otros diez años antes de que
regresara. El tiempo de una larga odisea.
'
La
caída de Troya es tema de una hermosa tragedia de Eurípides llamada Las
troyanas.
Dando la espalda a la multitud que formaban sus pretendientes
reunidos, Penélope tejía, con la mirada perdida en el mar. A veces, un largo
suspiro se escapaba de su pecho. Pensaba en Ulises, su esposo, que había
partido veinte años atrás, y se sorprendía a veces diciendo:
—Dime, ¿cuándo volverás...?
A menudo, se dirigía así al que seguía amando, prolongando
indefinidamente el eco de su presencia.
—¡Penélope —le dijo de pronto Eurímaco—, debes elegir a uno de
nosotros! A esta altura, Ulises debe estar muerto, lo sabes perfectamente.
Penélope no creía ni una palabra. Diez años antes, se había enterado
de que, gracias a la astucia de su marido, la ciudad de Troya, por fin, había
sido tomada y devastada.
Pero a sus ojos, no habría verdadera victoria hasta el regreso de su
marido.
—¡Ítaca precisa un rey! ¿Cuándo te decidirás a volver a casarte?
—¿Debo repetírtelo, Eurímaco? —respondió suavemente—. Me casaré recién
cuando haya terminado mi labor.
—¡Hace tres años que estás tejiendo esa mortaja! —refunfuñó Antínoo,
otro príncipe de la isla—. ¡Me parece que tejes de manera muy lenta!
Tejer una mortaja era un trabajo sagrado. Además, ésta estaba
destinada a Laertes, padre de Ulises, que era muy anciano.
Pérfido, Eurímaco agregó:
—Sí, tu labor avanza mal, Penélope. Según mi parecer, deberías
apurarte, pues los días de Laertes están contados.
Penélope se estremeció sin atreverse a replicar. Día a día, los
pretendientes al trono se inquietaban. En cuanto a su hijo Telémaco, había
partido en busca de su padre. Sola, Penélope tenía cada vez mayor dificultad en
contener la impaciencia de todos esos nobles que querían desposarla para tomar
el poder. Fiel a Ulises, la reina había perdido la juventud, pero no las esperanzas.
Se retiró a sus aposentos sin dirigir siquiera una mirada hacia esos hombres
codiciosos.
El alba estaba aún lejos cuando Penélope se levantó. Dejó su
dormitorio con pasos sigilosos y llegó a la gran sala del palacio. Acercándose
a la mortaja, tiró del hilo que sobresalía y comenzó a destejer lo que había
hecho el día anterior. Esta es la razón por la cual su labor no avanzaba:
¡desde hacía muchos meses, Penélope deshacía cada noche el trabajo de todo el
día!
De repente oyó un ruido, se dio vuelta y reconoció a una sirvienta
que, asombrada, observaba la maniobra de su ama.
—¡Espera! —exclamó Penélope—. ¡No te vayas, voy a explicarte!;
Pero la muchacha había desaparecido. Y cuando Penélope, a la mañana,
entró en la sala del palacio, fue recibida por cien miradas severas o burlonas.
Furioso, Eurímaco exclamó:
—Penélope, ¡has estado burlándote de nosotros! ¡Tu sirvienta nos
explicó la estratagema! —agregó, señalando la mortaja—. Esta vez, ya no te
escaparás por medio de una traición. ¡Hoy te casarás con uno de nosotros!
En un rincón de la habitación, varios pretendientes se hallaban
cómodamente sentados. Otros habían traído toneles y habían comenzado a beber el
vino del rey. Los más atrevidos ya daban órdenes a los domésticos como si el
palacio les perteneciera. Penélope comprendió que estaba perdida: si no elegía
un marido, esos nobles iban a enfrentarse y a vaciar el palacio. Entre ellos,
Eurímaco, el más rico y poderoso, tenía la arrogancia del que está seguro de
ser elegido.
—Ah, Ulises —murmuró Penélope desesperada—, ¿cuándo volverás?
—Pronto —le susurró al oído una voz familiar.
El muchacho que acababa de unirse a la reina no era Ulises... ¡sino
Telémaco! Su hijo único estaba por fin ahí. Penélope se arrojó a sus brazos.
Los pretendientes permanecieron un momento desconcertados por esa irrupción
inesperada. El hijo de Ulises había crecido en fuerza y en belleza; su regreso
contrariaba los proyectos de cien pretendientes. Pero Eurímaco, lleno de
altanería, dijo:
—Y bien, Telémaco, ¿has encontrado a tu padre?
—No. Pero estoy seguro de que está vivo. Y sé que estará aquí dentro
de poco.
—Vaya —agregó Antínoo observando a Telémaco—, tienes pelo en el
mentón, ahora... ¿Qué dices, Penélope?
La madre de Telémaco aprobó temblando. Todos sabían que antes de
partir, Ulises había dicho a su mujer: "Si no vuelvo, espera para casarte
otra vez a que nuestro hijo tenga barba".
Esta vez, Penélope no tenía más razones para retroceder. Pero elegir
un protector le resultaba odioso. Y entre esos hombres que detestaba, ninguno
era mejor que otro. Cuando estaba por contestar, un sirviente y un mendigo se
presentaron:
—¡Eumeo! —exclamó Penélope sonriendo—. Entra, ¡eres bienvenido!
Eumeo era el porquerizo del palacio. Se inclinó y señaló al hombre que
lo acompañaba. Era un mendigo harapiento, mayor y aún más sucio que él.
—Gran reina —dijo Eumeo—, este viajero pide hospitalidad.
—Ven, buen hombre —dijo Penélope extendiéndole la mano al
desconocido—. Come, bebe y descansa: en mi palacio estás en tu casa.
—Este palacio —interrumpió Eurímaco— pertenecerá a partir de ahora al
hombre con el que te cases. ¡Ahora te instamos a elegirlo!
Los cien pretendientes reunidos aprobaron, amenazadores. Y mientras se
retomaba la conversación, a Penélope le intrigaba el comportamiento del viejo
perro de su esposo: el animal, que hoy estaba ciego y casi inválido, había
dejado a rastras su rincón, cercano al trono vacío del rey; cuando llegó a los
pies del mendigo, alzó la cabeza, gimió con debilidad y lamió las manos del
viajero, que lo estaba acariciando. Después de eso, el perro, que parecía
sonreír, exhaló su último suspiro, acurrucado en los brazos de aquel.
—¡Maldito pulgoso, sal de aquí! —le espetó Eurímaco.
—No —ordenó Penélope, asaltada por un presentimiento—. Euriclea, trae
una vasija con agua tibia y lávale los pies a nuestro huésped.
Euriclea era la sirvienta más anciana del palacio. Había sido la
nodriza de Ulises. Se apresuró a obedecer a su ama, que no hacía más que
respetar las tradiciones de la hospitalidad.
Antes de ir a sentarse, el mendigo se inclinó al oído de Penélope
para susurrarle:
—¡Di que te casarás con aquel que sepa tensar el arco de tu esposo!
Estupefacta, Penélope miró al desconocido junto al que Euriclea se
afanaba. No, era demasiado viejo y demasiado feo para ser su marido disfrazado.
Sin embargo, ese era su estilo, introducirse de incógnito para confundir a sus
enemigos.
Alzando nuevamente la cabeza, Penélope, perturbada, repitió palabra
por palabra:
—De acuerdo: me casaré... ¡con el que sepa tensar el arco de mi
esposo!
Sorprendidos, los pretendientes se consultaron con la mirada. El
primero, Eurímaco, reaccionó:
—¿Nos lanzas un desafío? ¿Y si veinte de nosotros lo lograran?
—En tal caso —replicó Telémaco—, mi madre organizaría un concurso de
tiro y se casaría con el vencedor.
Penélope miró a su hijo. No estaba en su carácter tomar iniciativas
tales. La ausencia y la experiencia, sin duda, lo habían hecho madurar. En ese
instante, la vieja nodriza de Ulises dio un grito; acababa de descubrir una
cicatriz en la rodilla del mendigo.
—Oh, es una vieja herida —dijo este—, ya no me duele.
Telémaco ya estaba regresando con el enorme arco de su padre y varias
aljabas llenas de flechas. Iba acompañado por Filecio, un fiel servidor que
cargaba una docena de hachas.
—¡Seré el primero en probarlo! —decretó Eurímaco.
Tomó la cuerda y la tensó tan fuerte, que su rostro enrojeció.
—No insistas —se burló Antínoo—. ¡La madera ni siquiera se ha doblado!
Tomó a su vez el arco y trató de tensarlo. Sin éxito.
—Dámelo —dijo otro pretendiente empujando a sus compañeros.
Fracasó como los dos primeros. Pasaron las horas. Y cuando cayó la
noche, ninguno había podido lanzar una flecha. Fue entonces cuando se alzó la
voz del viejo mendigo:
—¿Tal vez hay que ablandar ese arco? ¿Me permiten?
Antes de que alguno pensara en interponerse, Telémaco extendió el
arma al desconocido y empujó a Penélope hacia la puerta.
—Madre —le murmuró—, será mejor que partas.
Quiso protestar. Pero con una señal de su hijo, Filecio la obligó a
dejar la sala; una vez afuera, Penélope oyó que trababan la puerta. Pensativa,
regresó a sus aposentos. De repente, vio en la habitación de su hijo decenas de
espadas y de lanzas apiladas.
—Pero... ¡son las armas de mis pretendientes! ¿Quién ha ordenado que
las junten aquí? ¿Y por qué?
Provenientes de la sala del palacio, un inmenso clamor y gritos de
espanto le respondieron. Entonces, una loca esperanza invadió su corazón...
¡Delante de los pretendientes anonadados, el viejo mendigo acababa de
tensar, sin esfuerzo, el gran arco de Ulises! Aprovechando su sorpresa,
Telémaco, por su parte, había fijado en forma de estrella las doce hachas en el
muro, superponiendo los agujeros que perforaban el extremo de cada mango. El
orificio único que ofrecían se había vuelto así el centro de un pequeño
blanco.
Telémaco exclamó:
—¡Recuerden! ¡Sólo mi padre podía tensar su arco! ¡Y nadie más que él
pudo nunca alcanzar un objetivo tan pequeño!
Sin turbarse, el mendigo apuntó... y tiró. La flecha atravesó la
estancia y fue a clavarse en el centro del blanco. Surgió un grito, que se
multiplicó, en el que se adivinaban el estupor y el temor:
—¡Es Ulises!
—No puede sino ser él. Sin embargo, ¡es imposible!
Entonces, el mendigo se arrancó los harapos de una vez.
—¡Sí! —tronó—. Soy yo, Ulises, ¡el amo de esta isla y de este palacio!
Esta mañana, los feacios me han dejado en la playa de Ítaca. Y gracias a
Atenea, que supo envejecerme y disfrazarme, helos aquí a ustedes engañados.
¿Codiciaban a mi esposa? ¿Buscaban suplantarme?
—¿Quién te contó esas mentiras? —dijo Eurímaco, haciendo muecas.
—¡Eumeo, mi fiel porquerizo! Sin reconocerme, me ha recibido. Gracias
a él, supe del engaño que tramaban. Con su ayuda y la de mi hijo, ninguno de
ustedes se me escapará.
Eurímaco hizo un gesto para huir. Pero el bravo Filecio cuidaba la
puerta, que estaba trabada. Antínoo, por su parte, quiso tomar su espada. Pero
al igual que los otros pretendientes, comprendió que estaba desarmado.
Entonces, se lanzó hacia las hachas. Una flecha le atravesó la garganta y lo
detuvo en su impulso. Ulises ya estaba apuntando a otro, mientras gritaba:
—¡Telémaco, Filecio, Eumeo... apártense!
A la noche, Penélope se sobresaltó: había un desconocido en el umbral
de su habitación. Se levantó, se acercó al hombre e intentó identificarlo a la
luz de la luna.
—Bien, Penélope —murmuró—, ¿no me reconoces?
Temblando de pies a cabeza, no se animaba a comprender. El viajero iba
acompañado por Telémaco y Euriclea.
—¡Es él, ama! —le aseguró la nodriza en un sollozo.
—Es él —le confirmó Telémaco—. ¿Madre, aún dudas?
Dudaba. No quería creer en esa felicidad demasiado grande que barría
de golpe tantas tristezas acumuladas.
—Vaya —susurró Ulises, con un nudo en la garganta—, sólo dos seres me
han reconocido: mi perro, que me esperó para morir; y mi nodriza, que
identificó la herida de la rodilla que antaño me hizo un jabalí. ¿Pero tú,
Penélope, mi propia esposa, no me reconoces?
No. Ese Ulises que había surgido hoy le parecía más extraño que el
fantasma familiar con el cual conversaba y cuyo recuerdo había cultivado.
—¡Atenea, ilumíname! —imploró.
La diosa lo oyó: de un golpe, Ulises fue vestido con un rico manto, y
su rostro cobró el brillo y la belleza de los héroes.
—Para probarte que no se trata de un engaño de los dioses —agregó él—,
voy a darte la prueba de que soy tu esposo: ¿ves nuestro lecho? ¿Qué otra
persona sino yo podría describirlo con precisión?
Lo hizo, y con tales detalles que Penélope, enseguida, se arrojó entre
sus brazos.
—Ulises —balbuceaba entre lágrimas, sin dejar de palpar el rostro
amado—. ¡Ulises, por fin, eres tú! Sí, has regresado...
—Veinte años más tarde —concluyó él—. Y después de cuántos viajes...
—Yo —le respondió ella—, no he salido de la isla de Ítaca. ¡Sin
embargo, tengo la impresión de ser una náufraga que está errando desde hace
veinte años y da por fin con tierra firme!
Se abrazaron. Telémaco y Euriclea dejaron el dormitorio en puntas de
pie. Y Atenea, en su bondad, prolongó indefinidamente la noche del reencuentro
de los esposos.
A la mañana, cuando volvieron a la sala del trono, ya no quedaban
rastros de la masacre de la víspera. Penélope vio entonces, abandonada en un
rincón, su labor inconclusa. Se acordó de los años pasados en la espera de su
esposo y suspiró.
—¿Qué es? —preguntó el rey de Ítaca palpando el tejido.
—Una tela que estaba hilando... para pasar el tiempo.
Tiró del hilo. Y era como si Penélope volviera atrás, como si se
borraran, acelerados, la impaciencia, la espera y los años. Pronto no quedó
nada de la labor tantas veces recomenzada. Sólo un recuerdo agudo y doloroso.
—¿Qué importa ahora? —dijo suspirando.
Sí: la mortaja del viejo Laertes podía esperar. Ulises, Penélope y él
vivirían aún mucho, mucho tiempo más.
1.
El castellano contiene muchísimas palabras del idioma griego, así como gran
cantidad de prefijos. Busquen el significado de los que aparecen a continuación
y escriban, por lo menos, cuatro palabras castellanas que los contengan:
crono,
hidro, hiper, tele.
2. La Medicina tiene un variado
vocabulario del mismo origen. Indiquen con una flecha a qué parte del cuerpo
humano afecta cada una de las enfermedades que siguen:
cefalea
hemofilia
neumonía
hepatitis
osteoporosis
nefritis
neuralgia
3.
Para señalar semejanzas y diferencias entre dos objetos de estudio, las
comparaciones son muy útiles. Un modo de presentarlas es el cuadro comparativo:
un esquema en el que se consignan, por un lado, los objetos y, por otro, las
categorías según las cuales se los compara. Relean en Puertas de acceso el
apartado Mitos y leyendas, y realicen en sus carpetas un cuadro
comparativo entre ambos términos.
4. Averigüen
si existen leyendas propias de la región donde viven. Cuéntenles a sus
compañeros la que les haya parecido más atractiva.
5.
Lean el siguiente mito. Después, dramatícenlo.
Cierta vez, Zeus se encontraba tomando un descanso en un verde
bosquecillo rodeado de ninfas con las cuales conversaba divertido. De repente
apareció la celosa Hera, su esposa, y las ninfas, que conocían su carácter
vengativo, se preguntaban cómo escapar sin que ella las reconociera. Entonces,
la ninfa Eco, que era una gran conversadora, se interpuso en el camino de Hera
y comenzó a hablarle y a hablarle sin parar, mientras las otras ninfas
aprovechaban para huir. Enojadísima la diosa, cuando se dio cuenta de la
estratagema, le dijo a la atrevida:
—¡Desde hoy, tú sólo hablarás última! Y así fue. Desde entonces,
Eco sólo puede repetir lo que los demás dicen.
6.
Así explicaban los griegos el fenómeno del eco. Inventen un mito para explicar
uno de estos hechos naturales:
• ¿Por
qué los mosquitos tienen un zumbido tan desagradable?
• ¿Por
qué los caracoles salen con las lluvias?
• ¿Por
qué las moscas vuelven y vuelven, aunque uno las espante?
• ¿Por
qué las tortugas son tan lentas?
7.
El Partenón es uno de los monumentos más importantes de Grecia. Contesten,
primero, a las preguntas que siguen y, luego, elaboren un texto expositivo con
las respuestas. No olviden ordenar los datos y utilizar conectores.
• ¿Dónde
queda?
• ¿A
qué divinidad estaba consagrado?
• ¿Por
qué se lo llamó así?
• ¿Qué
había en su interior?
• ¿Qué
arquitecto lo diseñó?¿Cuándo?
• ¿Cuáles
son sus medidas?
8.
Busquen información sobre estos monstruos de la mitología griega y realicen un
dibujo de cada uno:
la
sirena, el centauro, la hidra, el fénix.
9.
En la actualidad, los héroes del cine siguen enfrentándose con monstruos, que abarcan desde
gigantescos tiburones hasta seres del
espacio o productos de la manipulación genética. Recorten de diarios y revistas partes de diferentes personas,
objetos, animales y vegetales. Seleccionen algunos recortes y, combinándolos
en un colage, compongan un
monstruo. ¿Cómo se llamará? Escriban un texto
con la descripción del personaje y una historia inventada sobre su origen.
10. Según
se expuso en Puertas de acceso, los
héroes se destacan por tener una marca, una característica física o de
personalidad (a veces ambas). Señalen cuál es la marca de los siguientes
héroes:
Edipo,
Orfeo, Aquiles, Penélope.
11. Los
héroes, generalmente, tienen una misión que cumplir. Para llevarla a cabo, se
enfrentan con adversarios u oponentes y, con frecuencia, reciben ayuda de
dioses o personajes que les son favorables. Una vez realizada la hazaña, los
héroes reciben un premio.
11.1.
Completen el siguiente cuadro según los mitos leídos.
Héroe
|
Misión
|
Ayudante/s
|
Oponente/s
|
Perseo
|
|
|
Policdetes
|
Teseo
|
|
Ariadna
|
|
Antígona
|
Sepultar
a su hermano.
|
|
|
Ulises
|
Conquistar
la ciudad de Troya.
|
|
|
11.2.
Conversen entre ustedes acerca de cuáles fueron las consecuencias, positivas o
negativas, de los hechos realizados por cada héroe para cumplir su misión.
11.3.
Señalen qué otra misión de Ulises conocen.
12. Del modo más completo posible, inventen al héroe
del barrio, del pueblo o de la ciudad donde viven. ¿Cuál será su marca? ¿A qué
monstruo se enfrentará?
12.
1. Escriban un mito que relate
la aventura del héroe frente al monstruo.
12.
2. Como es un héroe de nuestra época, seguramente, su hazaña habrá aparecido en
los periódicos. ¿Cuál habrá sido el titular que publicaron los diarios?
Redacten la noticia periodística del suceso.
13. Todo
relato se sustenta en una estructura narrativa, una especie de esqueleto
formado por sus acciones principales. Relean, en Puertas de acceso, el
mito de Aracné. El siguiente esquema constituye su estructura narrativa:
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Atenea y
Aracné se enfrentan en una competencia de tejido.
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
Atenea
destruye el paño de Aracné, porque no le encuentra ningún defecto
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
Para
vengarse, la diosa convierte a Aracné en una araña
|
|
13.
1. Reunidos en equipos, elijan uno de los relatos que siguen y confeccionen su
estructura narrativa.
• Orfeo y Eurídice
• Ulises y Penélope
• Filemón y Baucis
13.
2. A
continuación, en hojas de dibujo, ilustren cada parte y agréguenle globos de
historietas con diálogo. Peguen las historietas en una pared para que los
chicos de otros cursos las vean.
14. En
el mapa de Grecia que encontrarán en Cuarto de herramientas, ubiquen
las ciudades que se mencionan en los relatos de Teseo, Paris y Edipo. Indiquen
con flechas de diferentes colores el recorrido de cada héroe.
15- Vean la película The Matrix (Wachowski,
1999) y señalen semejanzas y diferencias entre las dos Pitias. Tengan en
cuenta el apartado Los oráculos de Puertas de acceso.
16. Lean la letra de la siguiente canción de Joan
Manuel Serrat para compararla con el mito de Ulises y Penélope.
16.
1. Estas preguntas pueden ayudarlos a realizar la comparación:
• Ulises
era un viajero, ¿cómo aparece en la canción?
• Penélope
conserva el nombre, pero ¿qué teje?
• ¿Cuántos
años estuvieron separados Ulises y Penélope?
• ¿Reconoce
a su esposo la Penélope
del mito? ¿Qué ocurre con la de la canción? ¿Por qué?
Penélope
Penélope...
con su bolso de piel marrón
y
sus zapatitos de tacón
y
su vestido de domingo.
Penélope
se sienta en un banco en el andén
y
espera que llegue el primer tren
meneando
el abanico.
Dicen
en el pueblo que un caminante paró su reloj
una
tarde de primavera.
"Adiós,
amor mío, no me llores, volveré
antes
que de los sauces caigan las hojas.
Y
piensa en mí, volveré yo por ti".
¡Pobre infeliz!
Se
paró tu reloj infantil
una
tarde plomiza de abril,
cuando
se fue tu amante...
Se
marchitó en tu huerto hasta la última flor.
No
hay un sauce en la calle mayor
para
Penélope.
Penélope...
tristes a fuerza de esperar,
sus
ojos parecen brillar
si
un tren silba a los lejos.
Penélope
uno tras otro los ve pasar
mira
sus caras les oye hablar,
para
ella son muñecos.
Dicen
en el pueblo que el caminante volvió.
La
encontró en su banco de pino verde
y
la llamó "Penélope, mi amante fiel, mi paz,
¡deja
ya de tejer sueños en tu mente!
¡Mírame,
soy tu amor, regresé!"
Le
sonrió con los ojos llenitos de ayer.
No
era así su cara ni su piel:
"Tú
no eres quien yo espero..."
Y
se quedó con su bolso de piel marrón
y
los zapatitos de tacón,
sentada
en la estación.
17. Sin releer los textos, deben determinar a qué
mito corresponde cada imagen. Divídanse en equipos y elijan, por turnos, una de
las imágenes. Obtendrán un punto por cada respuesta correcta:
17.
1. ¿A cuál de los relatos
pertenece?
17.
2. ¿Cuál es el nombre del o de los personajes representados?
17.
3. Gana tres puntos más el equipo que pueda recordar los hechos principales del
mito.
2
3
4
6
18.
Quienes disfrutaron del juego anterior pueden ejercitar su capacidad
detectivesca para averiguar a qué otros mitos o leyendas corresponden estas
imágenes.
Afrodita (Venus). Diosa
del amor y de la belleza, representa la fuerza del deseo amoroso. Nace de
Urano cuando su hijo Cronos lo mutila y arroja sus órganos sexuales al mar (ver
Puertas
de acceso). Por eso,
su nombre deriva de aphros: "la espuma". Se dice que era tan
bella, que a su paso nacían las flores. Ha mantenido relaciones amorosas con
muchos dioses y con mortales, aunque el esposo que le asignó Zeus fue Hefesto,
el dios del fuego. De sus amores con Ares, dios de la guerra, nació Eros, el
dios del amor.
Apolo (Febo). Una de
las divinidades más importantes del panteón homérico, es el dios del fuego
solar y de la belleza, de las artes plásticas, de la música y de la poesía, así
como de los oráculos y de las profecías. Es hijo de Zeus y de Leto, y tiene una
hermana gemela, Artemisa, como el sol tiene por hermana a la Luna. Representa
los poderes intelectuales y artísticos del hombre. Nietzsche, el filósofo
alemán, lo opone a Dionisos, que representa los instintos.
Aqueronte. Hijo
de Helios, el Sol, y de Gea, la
Tierra, fue transformado por Zeus en un río subterráneo como
castigo por haber proporcionado agua a los titanes, que se habían rebelado
contra los dioses olímpicos. Constituye la frontera entre el reino de los vivos
y de los muertos, a quienes transporta en un viaje sin retorno.
Ares (Marte). Hijo de
Zeus y de Hera, es el dios de la guerra en su versión más cruel y combativa.
Se lo opone a Atenea, que protege la guerra estratégica y reflexiva. En tanto
representante del vigor masculino, se lo une a Afrodita, diosa de la belleza
femenina.
Artemisa
(Diana). Hija de Zeus y de Leto, es la hermana gemela de Apolo. Diosa de la
caza y de los bosques, vive en soledad y alejada de los hombres. Representa la
timidez femenina anterior a la adolescencia. También se la llama Selene y se la
asocia con la Luna.
Atenea (Minerva). Hija
de Zeus y de Metis, su primera esposa, diosa de la sabiduría. Para evitar el
cumplimiento de un oráculo, Zeus se traga a su esposa al saber que está embarazada.
Llegado el momento del parto, Zeus le pide a Hefesto que le abra su cabeza de
un hachazo. En ese momento, nace Atenea, ya adulta y vestida para el combate.
Es la diosa de la guerra inteligente, guiada por la razón y por el afán de
justicia. Mantiene con los héroes, como Aquiles y Telémaco, una relación de
amistad y de compañerismo. Se la conoce también como Palas Atenea o Atenea
Pártenos (Pártenos significa "virgen"). Es protectora de la ciudad
de Atenas ya que, durante su fundación, regala el primer olivo a sus
habitantes. En su honor, fue erigido el Partenón, después de las Guerras
Médicas. Son sus símbolos la lechuza y el olivo.
Atlante o Atlas. Es
un gigante y pertenece a la primera generación de los dioses (ver Puertas de acceso). Por haber luchado
contra Zeus, fue condenado a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste
durante toda la eternidad.
Bacantes. Mujeres que, en
honor de Baco, realizaban banquetes y danzas desenfrenadas, llamadas
"bacanales". En estas ocasiones, se liberaban de los lazos sociales
y, sintiéndose en armonía con la naturaleza, daban rienda suelta a sus
impulsos.
Baco o Dionisos. Dios
del vino, se lo asocia a Dionisos, padre de las vendimias. Representa el reino
de lo natural e instintivo. Del culto dionisíaco, nace la tragedia griega. Fue
venerado por varias sectas religiosas que creían en la reencarnación.
Calíope. Su nombre
significa "bello discurso", y es la musa de la Elocuencia.
Caronte. Es el barquero
de los Infiernos. Recibe a las almas de los muertos y les exige, para llevarlos
en su barca, el pago de una moneda, que los familiares del difunto le colocan
bajo la lengua.
Cerbero. Es el perro que
protege la entrada en los infiernos. Posee una doble misión: por un lado,
impedir que salgan los muertos y, por otro, que penetren los vivos. Tiene tres
cabezas, cola de serpiente y el lomo erizado de cabezas de víboras.
Eros (Cupido). Dios
del amor, representa el deseo sensual que lleva a la prolongación de la especie
humana. Según Hesíodo, es una de las fuerzas primordiales que nace del Caos.
Según otras versiones, es hijo de Ares y de Afrodita. En imágenes tardías, se
lo representa como a un niño travieso, muchas veces con los ojos vendados,
provisto de un arco y de flechas con que atraviesa los corazones.
Euménides o Erinias. Son
los espíritus femeninos de la justicia y de la venganza. Eran tres hermanas que
protegían el orden del cosmos. Perseguían, en especial, a los asesinos.
Hades o Plutón. Hermano
de Zeus. Al Hades le corresponde gobernar el mundo de los Infiernos. Enamorado
de Perséfone, la fuerza a compartir su tenebroso dominio. Su madre Démeter, diosa de la
naturaleza, al conocer su rapto, se niega a dar frutos hasta que su hija le sea
restituida. Zeus interviene, pero ya es demasiado tarde: en el Averno,
Perséfone ha comido una granada, símbolo del matrimonio. La decisión final del
padre de los dioses es que la joven pase seis meses en la Tierra y otros seis, en el
Tártaro. La naturaleza, entonces, festeja su regreso (la primavera y el
verano) y llora su ausencia (el otoño y el invierno).
Hamadríades
(ver Ninfas).
Hera (Juno). Diosa
hermana y esposa de Zeus, representa la fidelidad conyugal y protege el
matrimonio. Es la madre de Hefestos y persigue incansablemente a los hijos
ilegítimos de Zeus, así como a sus amantes. Le están consagrados la vaca y el
pavo real.
Hermes (Mercurio). Hijo
de Zeus y de Maya, es el dios de la inteligencia astuta y de la movilidad.
Inventó la lira (que regala a su hermano Apolo) y la siringa (flauta que se
asocia con el dios Pan). Se le atribuye el caduceo, la vara con serpientes
entrelazadas que distinguía a los heraldos y a los embajadores. Es también el
dios mensajero entre dioses y hombres, el único que puede penetrar libremente
en el reino de los muertos. Como incansable viajero, protege a quienes
transitan por los caminos: peregrinos, mercaderes y también, ladrones. Asimismo,
su culto es importante para las ciencias relacionadas con la magia, como la Alquimia.
Musas.
Son nueve diosas hijas de Zeus y de Mnemosine, diosa de la memoria. Sus cantos
y danzas alegran los banquetes de los dioses y brindan inspiración a los poetas
y a los músicos. Las musas son: Calíope (la elocuencia), Clío (la historia),
Erato (la poesía amorosa), Euterpe (la música), Melpómene (la tragedia), Polimnia (la
poesía lírica), Talía (la comedia), Terpsícore (la danza) y Urania (la
astronomía).
Náyades
(ver Ninfas).
Ninfas. Hijas de Zeus o
de Gea, personifican la vitalidad y la fecundidad de la naturaleza. Viven en
los parajes naturales y, muchas veces, integran el cortejo de diosas, como
Artemisa. Había varios tipos, entre ellos, las Náyades (ninfas de los ríos),
las Nereidas (ninfas del mar), las Dríades (ninfas de los robles) y las
Hamadríades (ninfas de los bosques).
Paladión. Estatua
misteriosa, construida por Atenea, dotada de virtudes mágicas, que cayó de los
cielos en el momento de la fundación de Troya. Desde entonces, los troyanos la
adoraron como una especie de talismán protector.
Perséfone
(ver Hades).
Poseidón (Neptuno). Hijo
de Cronos y de Rea, y hermano de Zeus. Poseidón es el dios del mar y del
elemento líquido. En su guerra contra los titanes, los cíclopes le regalan el
tridente. Luego de una revuelta contra Zeus, es condenado por este, junto con
Apolo, a construir las murallas de Troya. Como la ciudad no les paga el salario
convenido, Poseidón favorecerá a los griegos durante el sitio. El mismo
carácter vengativo lo demuestra cuando Minos no le ofrece el toro prometido.
Vista
aérea del Palacio de Cnosos, en Creta.
Sala del trono.
Galería
interior.
La Acrópolis de Atenas
Vista
aérea de la Acrópolis.
El
Partenón.
Altar
del teatro de Dionisos. Estatua
de Atenea Pártenos, siglo II.
Templo
de las Cariátides.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX, la ciudad de Troya era
considerada una invención literaria del poeta Homero, porque los arqueólogos no
habían encontrado ninguna prueba que pudiera demostrar su existencia. Sin
embargo, Heinrich Schliemann, quien desde niño había leído los mitos de La Ilíada con
pasión y creía en la historia del poeta griego, logró descubrirla.
La biografía de Schliemann tiene tintes novelescos: de origen alemán,
pertenecía a una familia modesta y tuvo que trabajar desde los catorce años. Como
tenía una gran visión para los negocios, logró convertirse en un acaudalado
comerciante, pero nunca dejó de pensar en Homero y en la ciudad de Troya.
Entonces, cuando tuvo los recursos suficientes, viajó al Asia a buscar la
ciudad con la que había soñado en su niñez.
Dejando atrás la atalaya y la higuera silvestre azotada por los
vientos, corriendo por el camino de carros, a alguna distancia de la muralla
llegaron a los dos cristalinos manantiales donde nace el voraginoso
Escamandro. De uno mana el agua caliente, y lo cubre un vapor semejante al humo
que despide una hoguera; pero en el otro, incluso el agua que brota en el
verano, es tan fría como el granizo, la nieve o el hielo...
La Ilíada, Libro
XXII.
Estos dos "cristalinos manantiales" que, con tanto detalle,
describe Homero desconcertaron e intrigaron a los numerosos investigadores que
habían buscado la legendaria ciudad antes que Schliemann. Desde el siglo XVIII,
los habitantes de la región estaban acostumbrados al espectáculo de los sabios
europeos que sumergían termómetros en los manantiales que había en las laderas
de la colina, con la esperanza de encontrar los que describe Homero. El único
lugar en el que se encontraron dos manantiales con diferente temperatura fue la
aldea de Bounarbashi, e incluso, en estos, la diferencia era sólo de unos
grados. No obstante, durante algún tiempo, esta aldea y la rocosa colina de
Bali Dagh, que existe detrás de ella, fueron consideradas como el lugar de la Ilión de Homero. Bounarbashi
se sitúa en el extremo meridional de la llanura de Troya, y las rocosas
alturas que se encuentran atrás sugieren, a primera vista, el sitio apropiado
para una ciudadela.
Pero había otro lugar posible, la colina de Hissarlik, mucho más
cercana al mar y, desde 1820, varios investigadores apoyaron esta hipótesis,
aunque el lugar era mucho menos espectacular que el elevado Bali Dagh y no
contaba con los manantiales "frío y caliente".
Schliemann, que estuvo allí mismo en 1868, Ilíada en mano, se
había declarado en contra de Bounarbashi y en favor de Hissarlik, ya que Homero
había descrito a Aquiles persiguiendo a Héctor tres veces alrededor de la
muralla de Troya, hazaña irrealizable de haber estado la ciudad encaramada en
el borde del Bali Dagh.
En cuanto a los manantiales, caliente uno y frío el otro, había encontrado
en Bounarbashi, no dos, sino treinta y cuatro, todos a una temperatura
uniforme.
Definitivamente, el lugar tenía que ser Hissarlik. Allí cerca, en
tiempos históricos, se había alzado la ciudad helénica, más tarde romana, de Novum
Ilium, "Nueva Troya", de la que todavía quedaban ruinas. La
habían construido los antiguos donde creían que se encontraba la "sagrada
Ilión" de Príamo. El mismo Alejandro Magno, antes de partir a conquistar
el Oriente, había hecho ofrendas en su templo.
La tradición histórica, la geografía y, sobre todo, el testimonio de
los poemas habían convencido al alemán de que la Troya de Homero se encontraba
debajo de Hissarlik.
Allí, en un misterioso montículo que se alzaba cincuenta metros sobre
las escasas ruinas de la ciudad clásica, Heinrich Schliemann iba a emprender su
excavación.
De septiembre a noviembre de 1871, ochenta trabajadores, bajo la dirección
de Schliemann, abrieron una profunda trinchera frente al escarpado declive
septentrional, cavando hasta una profundidad de diez metros bajo la superficie
de la colina. El invierno lo obligó a suspender el trabajo, pero en marzo
estaba allí de nuevo con Sofía, su esposa y, esta vez, aumentó el personal
hasta ciento cincuenta hombres. Además, llevó "las mejores carretillas,
picos y palas inglesas" junto con "tres superintendentes y un
ingeniero para confeccionar mapas y planos". También construyó, en lo
alto de Hissarlik, una casa de madera con tres habitaciones y con una cocina.
Cuando Schliemann empezó este trabajo monumental, carecía de toda
experiencia, porque nunca se había intentado nada en semejante escala. En
aquel tiempo, no existía ninguna técnica especial de excavación. Su enorme
trinchera atravesó los sucesivos estratos del montículo y, cuando tropezaba con
un edificio de fecha relativamente moderna que impedía el acceso a los niveles
más bajos —los cuales eran los únicos que le interesaban— no se detenía a tomar
fotografías y anotaciones, sino que lo demolía sin dilación.
Más adelante, orientado por Dörpfeld, su joven e inteligente ayudante,
aprendió a ser más paciente y metódico. Sin embargo, aunque sus métodos fueran
al principio burdos, no cabe duda de que su instinto era acertado pues, a
medida que se excavaba en el montículo, fue descubriéndose que no había sólo
una, sino muchas Troyas: unas murallas se levantaban sobre murallas anteriores
y, bajo estas, aparecían otras aún más antiguas.
Así descubrió Heinrich Schliemann la ciudad de Troya, hasta entonces,
considerada ficticia. Había once ciudades construidas una encima de la otra.
Schliemann pensó que la primera, la más antigua, debía ser la de Homero, pero
se equivocó, pues la ciudad del poeta griego era la séptima.
Máscara
de oro de Agamenón, encontrada por Schliemann en Micenas.
Fuente:
Cotrell, Leonard. El toro de Minos. México, Fondo de Cultura
Económica, 1979.
1. Cabeza
de Medusa, escultura de G. Bernini (siglo XVII). (En: Dánae y Perseo).
2. El
juicio de Paris, cuadro de P. P. Rubens (siglo XVII). {Paris y Helena).
3. Orfeo,
diseño para la ópera de Monteverdi. (Orfeo y Eurídice).
4. Discóbolo,
del escultor griego Mirón. (En el mito de Dánae y Perseo, este mata
a su abuelo accidentalmente al lanzar el disco).
5. Estudio
para Guernica, de P. Piccasso (siglo XX). (Teseo y Ariadna).
6. Aquiles
y Héctor, vasija griega del siglo VI a. C. {La cólera de Aquiles). La
imagen también podría ilustrar el combate singular entre Eteócles y Polinices,
en Antígona.
Soluciones
para Extra bonus
7. Loba
capitolina, escultura etrusca. (Leyenda de Rómulo y Remo).
8. La
caída de Ícaro, cuadro de J. P. Gowy.
9. Apolo
y Dafne, escultura de G. Bernini.
•
Las fuentes principales de los relatos que integran esta antología son:
Grenier, Christian. Contes et Légendes des Héros de la Mythologie. Paris,
Nathan,
1998. (Traducción de Valeria Joubert).
Graves, Robert. Los mitos griegos. Buenos Aires, Alianza, 1993.
• Si
están interesados en leer mitos, tanto de Grecia como de otras civilizaciones,
pueden consultar:
Ambrosetti, Juan B. Supersticiones y leyendas. Buenos Aires,
Cinco, 1994.
Mitos y leyendas. España, Gaisa, 1959.
Spence, Lewis. Incas, mayas y aztecas. Mitología. España,
Edimat Libros, 2000.
• En
Internet, encuentran:
La página de mitos y leyendas: http://pubpages.unb.edu/-cbsiren/myth.html
• Para
profundizar en la religión griega, es aconsejable leer:
Flaceliére, Robert. Adivinos y oráculos griegos. Buenos Aires,
Eudeba, 1993.
Jaeger, Werner. Paideia.
México, Fondo de Cultura Económica, 1978.
Otto, Walter F. Los dioses de Grecia. La imagen de lo divino a la
luz del espíritu griego. Buenos Aires, Eudeba, 1976.
• Para
saber más sobre mitos contemporáneos, consulten:
Gómez Pérez, Rafael. Los nuevos dioses. España, Rialp, 1986.
********
Se consignaron entre
paréntesis las denominaciones latinas de los dioses.