Carne
Por Mariana EnrÍquez
Un ídolo, dos fans,
un disco, un suicidio, muchos más fanáticos, carne, rock, medios de
comunicación, antropofagia:
la suma de estos elementos da un cuento que se pasea por los abismos de la atracción y la locura.
la suma de estos elementos da un cuento que se pasea por los abismos de la atracción y la locura.
Un cuento
deslumbrante de la autora de la novela Cómo desaparecer completamente.
So some of him lived
but the most of him died.
Rudyard Kipling
Rudyard Kipling
Todos los programas querían hablar con ellas. Los
móviles seINSTALARON
afuera de la clínica psiquiátrica donde quedaron internadas, pero no
consiguieron nada. Cuando fueron dadas de alta, los camarógrafos las
persiguieron corriendo, algunos se enredaron en los cables y muchos cayeron
despatarrados sobre el pavimento; pero ellas no huyeron. Sólo los miraron con
una sonrisa que después fue descrita como "aterradora" y
"mística", y se fueron en el auto que manejaba el padre de Mariela,
la mayor. Los padres tampoco hablaban: las cámaras sólo pudieron registrar sus
nerviosos paseos por los pasillos de la clínica, sus miradas temerosas, y el
llanto de la madre de Julieta, la menor, cuando salía de su casa con un bolso
lleno de ropa.
El silencio provocó la mayor histeria jamás vista.
Las tapas de los diarios hablaban del caso de fanatismo adolescente más
impactante no sólo de Argentina, sino del mundo. Fueron convocados expertos
psiquiatras y psicólogos, el tema monopolizó los noticieros, los programas de
chimentos, los magazines y talk shows de la tarde; en la radio no se hablaba de
otra cosa. Julieta y Mariela, dieciséis y diecisiete años, dos chicas de
Mataderos fanáticas de Santiago Espina, la estrella de rock que en menos de un
año había dejado atrás el suburbio para llenar teatros y estadios; Santiago, a
quien la prensa especializada amaba y odiaba en partes iguales: genio,
pretencioso, artista inclasificable, artefacto comercial para hipnotizar niñas
alienadas, futuro de la música argentina, idiota caprichoso. El Espina, como lo
llamaban idólatras y detractores, dejó estupefacta a la crítica con su segundo
disco, Carne, once canciones que dividieron las aguas aún más: de un lado lo
llamaban obra maestra; del otro, anacronismo autoindulgente. Un mes después, la
ciudad empapelada con su rostro recibía la noticia de la desaparición del
Espina, días antes de la presentación de Carne en el Estadio Obras. Las fans
–porque eran sobre todo chicas, lo que aumentaba el desprecio de los
detractores– lloraban en espontáneas reuniones callejeras, organizaban marchas
y recitaban las letras de Carne en una letanía extática, arrodilladas frente a
pósters del Espina pegados con cinta scotch a monumentos y árboles en todas las
plazas de Buenos Aires, como si le rezaran a un dios moribundo.
Cuando la desesperación se contagió a las
adolescentes del interior del país, el hallazgo del cuerpo del Espina provocó
un terror desconocido en los padres desorientados. Santiago apareció en una
habitación deHOTEL
de Once, con todo el cuerpo cortajeado: había usado una gillete y un
Tramontina a conciencia para despellejarse los brazos, las piernas, el vientre.
En el brazo izquierdo, había cortado hasta el hueso. En el pecho era posible
ver el esternón. Y, posiblemente seminconsciente, se había cortado la yugular
con un tajo audaz y preciso. Uno de los policías encargado de forzar la
cerradura de la habitación abajo declaró que le había recordado a una cámara
frigorífica: era pleno invierno, y además Santiago había dejado encendido el
aire acondicionado. Hubo teorías conspirativas sobre un posible asesinato, pero
fueron desechadas cuando trascendió que la habitación estaba cerrada con llave
desde adentro, y se difundió la nota suicida casi ilegible por la letra
nerviosa y las manchas de sangre. Decía: "Carne es comida. Carne es
muerte. Ustedes saben cuál es el futuro". Delirios agónicos, dijeron los
expertos. Y las fans callaron, encerradas en habitaciones donde se mezclaban
los osos de peluche, los diarios íntimos con tapas rosas y las fotos del Espina
más hermoso que nunca, ahora que la muerte le brillaba en los ojos.
El país esperó una epidemia de suicidios
adolescentes que nunca llegó. Las chicas volvieron al colegio y a los boliches,
y apenas se registró un caso de depresión grave en Mendoza aunque todas escuchaban
"Carne" como la última voluntad y testamento de su ídolo, tratando de
descifrar las letras en foros de Internet y largas conversaciones telefónicas.
La prensa despidió a Santiago Espina con titulares y elegías, y por un tiempo
sólo se habló de suicidio, drogas y rocanrol. El entierro en la Chacarita fue
mucho menos concurrido y más triste de lo esperado, y el duelo se aplacó una
vez terminado el desfile del entorno de la estrella por los programas de
televisión. La cirugía estética de una modelo resultó desastrosa; un galán
declaró ser gay; secuestraron a un adolescente de San Fernando y renunció el
director técnico de River. Santiago Espina pasó a las efemérides, listo para
ser desenterrado cuando se cumpliera un año de su nacimiento, o de su muerte.
Nadie podía suponer que algo se estaba gestando en
Mataderos, entre dos chicas, una foto arrugada de la nota suicida y Carne en el
equipo, de principio a fin, una y otra vez.
Mariela había sido una de las primeras espinosas
(así llamaban los medios a las fans, las chicas con los ojos delineados de
negro mortuorio, baratas boas de plumas al cuello y pantalones que imitaban la
piel de los leopardos). Lo había seguido durante un año, noche tras noche; en
el baño de un local de Burzaco conoció a Julieta, la más célebre de las
espinosas porque se había tatuado el nombre del ídolo en el cuello; de lejos,
las letras parecían una cicatriz, como si la cabeza estuviera cosida al cuello.
Julieta y Mariela vivían a apenas diez cuadras de distancia y el suicidio del
Espina las unió tanto que empezaron a parecerse físicamente, como las parejas
que conviven durante décadas o los solitarios que adquieren la expresión de sus
mascotas.
Ese parecido mimético había sorprendido al cuidador
del cementerio que las encontró de madrugada, cuando trataban de saltar el
paredón. "Estaba oscuro todavía", dijo, "pero nunca pensé que
eran chorros. De lejos se notaba que eran pibitas, y cuando me acerqué vi que
además eran gemelas". Julieta y Mariela no lucharon con el cuidador.
Aparentemente atontadas, se dejaron llevar hasta la oficina; el hombre creía
que estaban drogadas, y supuso que habían pasado la noche en el cementerio para
velar al Espina. Él y sus compañeros habían encontrado chicas antes, escondidas
en los pasillos de los nichos y detrás de los árboles cerca de la hora del
cierre, pero ninguna logró acompañar al ídolo hasta el amanecer. El cuidador
creyó que Julieta y Mariela habían tenido suerte, pero mientras las retaba y
les pedía el teléfono de sus padres, observó que las chicas estaban sucias de
tierra, sangre y una película de mugre que apestaba y les cubría las manos y la
ropa y los rostros. Entonces llamó a la policía.
Por la tarde, la noticia se filtró a los medios.
Dos adolescentes habían desenterrado el cajón de Santiago Espina con una pala y
sus propias manos. La sepultura, apenas un mes después de su entierro, aún no
tenía el mármol definitivo que les hubiera dificultado la tarea. Pero la
inhumación era apenas el principio. Las chicas habían abierto el féretro para alimentarse
de los restos del Espina con devoción y asco; alrededor del hueco daban
testimonio de su esfuerzo los charcos de vómito. Uno de los policías también
vomitó. "Dejaron los huesosLIMPIOS
"
le dijo a la televisión, y el conductor, estremecido, se quedó sin palabras por
primera vez en su carrera.
Hablar con ellas, con sus familias, con sus
médicos, se convirtió en una prioridad. Pero todos callaban. La familia del
Espina decidió no demandar a Julieta y Mariela "para que no siga este
horror". La madre de la estrella, decían, vivía sobrecargada de tranquilizantes.
Las fans se sentaron malhumoradas en livings y paneles televisivos a pelear con
conductores y psicólogos. Una de ellas lloró abiertamente y gritó: "Las
envidio". "¡Ellas lo entendieron!". Y balbuceó sobre la carne y
el futuro, que Julieta y Mariela estaban más cerca que cualquiera de ellas del
Espina, lo tenían en su cuerpo, en su sangre. Hubo un programa especial sobre
los adolescentes caníbales de Liberia que creen obtener la fuerza de sus
enemigos devorados y usan collares de huesos. El canal que lo emitió fue
denostado como ejemplo de mal gusto y simplismo. Se habló de la necrofilia como
perversión nacional, y los canales de cable programaron ¡Viven! y Voraz. Hasta
Carlitos Páez Vilaró participó de una mesa redonda y se vio obligado a diferenciar
su antropofagia "por necesidad" de "esta locura".
Julieta y Mariela, mientras tanto, permanecían en
sus casas de Mataderos, separadas por diez cuadras; les habían prohibido volver
a comunicarse. Dejaron el colegio. El padre de Mariela amenazó a los camarógrafos
con un arma desde la terraza, y los medios retrocedieron hasta la esquina.
Mientras tanto, en todo el país, en cada cyber, las
espinosas se reunían frente a las pantallas de las computadoras, porque
comenzaron a llegar los mails. Ninguna podía jurar que fueran de Julieta y
Mariela, pero todas lo sabían, lo deseaban, y guardaban el secreto celosamente.
Los mails hablaban de dos chicas que cumplirían dieciocho años y se liberarían
de padres y médicos para tocar las canciones de Carne en sótanos y garages.
Hablaban de un culto subterráneo imparable, de las que tenían al Espina en el
cuerpo. Las fans esperaban con brillantina en las mejillas, las uñas pintadas
de negro y los labios manchados de vino tinto el mensaje que les diera la fecha
y el lugar de la segunda venida, el mapa de una tierra prohibida. Y escuchaban
en secreto la última canción de Carne (donde el Espina susurraba "Si tenés
hambre, comé de mi cuerpo. Si tenés sed, bebé de mis ojos") soñando con el
futuro.
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